Suiza

El monstruo bajo control

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 27 de agosto de 2019
Riccardo Chailly © Gert Mothes Riccardo Chailly © Gert Mothes
Lucerna, sábado, 24 de agosto de 2019. KKL Konzertsaal. Lucerne Festival Orchestra. Riccardo Chailly, director. Gustav Mahler: Sinfonía nº 6 en La menor. Ocupación: 100%. Festival de Lucerna en Verano 2019
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En sus acostumbradamente buenas notas al programa de mano, Thomas May menciona que el psiquiatra neoyorkino Stuart Feder -también biógrafo de Gustav Mahler- al recordar la primera audición vienesa de la Sexta Sinfonía en 1907 -tan desastrosa como el estreno absoluto en Essen el año anterior- compara la obra con el personaje creado por el doctor Frankenstein: “ahora el monstruo tendrá vida propia, fuera del control de su autor”. Ejemplos hay sobrados del acierto del diagnóstico de Feder que han convertido a esta pieza en una auténtica pesadilla. Pero no el de esta noche. 

Riccardo Chailly no enfatiza el psicodrama que Alma Mahler se ocupó de propagar. Todo lo contrario, si alguien hubiera escuchado esta obra hoy por primera vez en las manos del maestro milanés habría salido con la impresión de que se trata de una sinfonía extraña (así cabría deducirlo de los signos de nerviosismo entre movimientos de un respetable que guardó un silencio sepulcral durante toda la función); pero no una sesión de diván a calzón mental quitado. Tanto es así que el único momento terrorífico lo reserva Chailly para la ultimísima explosión de la obra: sólo ahí hubo verdadera tragedia. 

Porque todo lo anterior -todos sus noventa minutos menos ese último- fue un gran ejemplo de lo que Chailly es capaz de hacer con una orquesta a la que ya empieza a dominar a su estilo (y con la que acaba de prorrogar contrato hasta 2023), y en mi opinión con excelentes resultados: claridad, intensidad (que no es sinónimo de decibelios), mimo de las texturas sonoras, y pulso. Mucho pulso. A Chailly no se le cae ninguna obra encima, ni siquiera ésta. Y la prueba está, por una parte, en que la Orquesta del Festival de Lucerna ha ganado en empaste de conjunto; y por otra parte en que, tras dejar unos cuantos segundos de silencio al finalizarla, el público se levantó como un solo hombre y aplaudió a rabiar.  

El arranque fue decidido más que arrastrado -qué contrabajos tan poderosos para ese cometido- y los contrastes nunca sonaron exagerados ( el timbalero -ahí sigue el veteranísimo Raymond Curfs, solista en la Radio de Baviera- no fue el verdugo que algunos quieren ver en él), sino que más bien Chailly se preocupó de solazarse en los momentos de respiro. De ahí que el Andante saliera con un lirismo bellísimo, estupendamente cantado en los violines y en la madera (sí, Chailly lo dio como segundo movimiento; yo lo prefiero como tercero porque el Scherzo para mí es una coda del primer tiempo, y porque de ese modo el Finale queda más contrastado; pero no hago de ello un casus belli). 

Tampoco quiso Chailly exagerar lo que de grotesco tiene ese Scherzo, terminado -como el Andante- con gran delicadeza. Ni mucho menos ahondar en las supuestas heridas del tremendo último movimiento (con sólo los dos primeros martillazos, más tremebundos por el tamaño del instrumento que por el sonido resultante). Hay poco de fatal destino en su versión, y apenas efectos alucinógenos; más bien un examen de vida sereno (de nuevo la madera en estado de gloria, con el también experimentadísimo Jacques Zoon a la flauta, solista en el Concertgebouw); salvo ese último golpe, que a todos pilló por sorpresa. 

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