Suiza

El Parsifal que no fue

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 28 de agosto de 2019
Nelsons en Lucerna © Manuela Jens/Lucernefestival, 2019 Nelsons en Lucerna © Manuela Jens/Lucernefestival, 2019
Lucerna, domingo, 25 de agosto de 2019. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Gewandhausorchester Leipzig. Andris Nelsons, director. Anton Bruckner: Sinfonía nº 8 en Do menor (versión de 1890, ed. Nowak). Ocupación: 95% 
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“Siento un respeto enorme por Thielemann, y mantenemos una muy buena relación entre colegas. Incluso estamos planeando que él venga a dirigir a Leipzig y que yo vaya a Dresde.” Así se manifestaba Andris Nelsons en una entrevista publicada en el Neue Zürcher Zeitung (el principal rotativo suizo) el pasado 20 de julio. Naturalmente, el periodista quería saber su estado de ánimo tras las desavenencias habidas entre ambos (por decirlo suavemente) que dieron al traste con el Parsifal que Nelsons iba a dirigir en Bayreuth en 2016. 

Pues bien, para su presentación en Lucerna como “Kapellmeister” de la Gewandhaus, Nelsons se desquitó y tres años después hizo su Parsifal esta noche. Ésa fue la idea que me invadió durante toda su interpretación de la Octava Sinfonía de Anton Bruckner. Junto al felicísimo reencuentro con la orquesta de Leipzig, a quienes no escuchaba desde los primeros tiempos de Chailly: qué maravillosa orquesta, qué empaste perfecto de conjunto, qué equilibrio en todas las dinámicas, qué sonido tan genuinamente centroeuropeo, y qué seriedad en el concepto y en la ejecución. 

Pero mi felicidad se detuvo en ese punto, porque lo del “Parsifal sinfónico” no me convenció en absoluto. Desde luego, me quito el sombrero ante el poder de convicción -y el meticuloso trabajo de ensayo- de Nelsons para hacer un Bruckner tan diferente al que la Gewandhaus está acostumbrada en su muy ilustre tradición. Y tengo que admitir que el concepto de Nelsons fue de una coherencia absoluta de principio a fin. Aunque igualmente debo decir que ese concepto me pareció erróneo; y, lo que es peor, aburrido. 

Nelsons es un director que no puede evitar cierta -o mucha- somatización de lo que interpreta, y en esta ocasión tuve la impresión de que, en lugar de la espiritualidad bruckneriana, el maestro letón se convirtió en un Amfortas a quien la idea del perdón final le hacía olvidar cualquier sufrimiento. Por eso su interpretación fue invariablemente contemplativa, sin atisbo de tensión ni de nervio, regodeada en la belleza de la música y basada en la certeza de la indulgencia. 

Y por esa misma razón su interpretación fue inmóvil, sin ningún tipo de impulso. Por ejemplo, el clímax del primer movimiento -para mí uno de los poquísimos ejemplos de drama en todo el corpus sinfónico bruckneriano- salió sin la menor desesperación. O el Scherzo, casi paralizado sin ninguna sensación de avance. Nelsons tocó el glorioso Adagio -que si algo tiene de wagneriano lo es mucho más de Tristán que de Parsifal- con un cuidado aséptico (todo se escuchaba claramente, incluso en unos pianisimos casi irreales, incluídas las tres arpas –tres- que había en escena), pero la emoción brilló por su ausencia en una versión que no fue especialmente lenta, y sin embargo sonaba premiosa. Y el gran Finale ya estaba escrito desde el principio: ni tensión al comienzo ni esfuerzo para alcanzar la conclusión. 

Soy admirador de Nelsons, de la Gewandhaus, de Bruckner, y de Parsifal. De este último siempre me ha maravillado sobre todo el tercer acto y la idea de la nobleza en el perdón, por la sencilla razón de que un servidor carece de esa virtud. Sin embargo, tengo la suerte de olvidar pronto las ofensas, y estoy seguro de que mañana aplaudiré fuerte a Nelsons, porque hoy no pude. Por más que el público -que al final es quien tiene razón- se desgañitó en gritos de ¡bravo! 

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