España - Castilla y León

Prometeo, ese canalla

Samuel González Casado
jueves, 5 de diciembre de 2019
Alfredo Noval © 2019 by Centro Cultural Miguel Delibes Alfredo Noval © 2019 by Centro Cultural Miguel Delibes
Valladolid, sábado, 30 de noviembre de 2019. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Carlos Martín Sañudo, dramaturgo. Alfredo Noval, actor. Roberto González-Monjas, director. Beethoven: Las criaturas de Prometeo, op. 43. Ocupación: 95 %.
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El concierto de abono n.º 5 de la OSCyL fue especial por un par de razones muy potentes: la interpretación la música original de Beethoven para un ballet al que históricamente no se ha hecho mucho caso, y sin embargo fundamental en la historia de este género; y su dramatización a través de textos de Esquilo, Calderón, tradición hebrea, etc., convenientemente adaptados por el dramaturgo abulense Carlos Martín Sañudo. Se trataba de una propuesta arriesgada en la que era fundamental la calidad de cada parte más que una posible casación estilística, cuya coherencia hubiera resultado forzada.

La miseria del desencanto

Solo una vez la declamación se superpuso a la música (en el n.º 5, con resultados discutibles), así que en el resto del concierto el público pudo fijar toda su atención en lo que estaba sucediendo; excepto quizá en la parte final, donde la acción —silenciosa— coincidía con la última intervención orquestal. La dramaturgia tuvo varias virtudes: desde esa elección (y modificación) por parte de Carlos Martín Sañudo de textos referentes a Prometeo, variados y extendidos a una suerte de historia de la humanidad en la que podemos reconocer nuestro propio tiempo, hasta la narración por el propio protagonista, que a su vez se benefició de la matizada composición de Alfredo Noval, naturalista y un punto macarra.

Prometeo es un desheredado más, un marginado que cuenta su historia entre un sillón hecho polvo y un monitor que conecta en un momento dado para entretenerse y entretener a sus figuras de barro. Esa permanente amargura irónica del personaje, castigado (como es inevitable) por infringir el orden natural, se siente cercana gracias a la composición del actor, en la que podríamos reconocer a cualquier integrante de la sociedad actual desencantado con todo lo que una vez le dio impulso para trascender su entorno/destino y cuyo único fruto ha sido la desdicha de poder contarnos su fracaso: las terribles consecuencias que puede llegar a provocar una acción necesaria y que consiguieron que él haya sido inscrito en la historia como un canalla causante de infinitos males. Conserva, sin embargo, la capacidad de dar un sentido a su pasado, y de esa manera poder transmitirlo desde su vida actual, evasiva y vacía, en la que no se excluye la clarividencia que otorga el recuerdo como reelaboración consciente.

Todo ello fue exquisitamente expresado por Alfredo Noval, gracias a una interpretación presidida por ese carácter definido del personaje, que bien podemos identificar con cualquiera que hoy habite un piso destartalado, con un trabajo poco satisfactorio y cuyo tiempo libre se dedique a la más tópica superficialidad. De esta manera, el contenido narrativo se enriquece con una reflexión sobre el propio pasado de alguien inmerso en una sociedad que no perdona, y así Prometeo en realidad somos todos: comunes denominadores de interior devorado por el adocenamiento.

Las intervenciones fueron las justas, nunca demasiado extensas; los mensajes, directos y perfectamente inteligibles para quienes conozcan el mito, alejados pero a la vez sutilmente conectados con el argumento del ballet. Todo ello, con un actor que careciera de la precisión de Noval para colorear el monólogo sin perder de vista una caracterización muy concreta, podría haberse convertido en una exposición de interés relativo, limitada a una inteligente utilización de los textos; pero el hecho teatral creado por Sañudo y que Noval apuntaló con su fantástica variedad expresiva, milimétricamente regulada y siempre desde una suerte de desengaño castizo, enriqueció el discurso hasta convertirlo en algo perfectamente vital y autónomo, interesante en todos sus niveles. Quizá la parte final, en el que el actor se desnuda parcialmente y se embadurna con la misma arcilla con la que ha esculpido sus figuras, tenga algo de cliché efectista connatural a ciertas tendencias; aunque también debe reconocerse que el hecho está justificado en la identificación de Prometeo-paria con esas criaturas, terrenas y actuales, que escaparon de la propia voluntad del titán.

Conseguir algo excepcional de lo excepcional

Si hablamos de ese hecho teatral enriquecido como fundamental en la representación, debemos mencionarlo también como la base de la que partió Roberto González-Monjas para regalarnos una interpretación memorable del ballet. El sonido que extrae de la orquesta tiene personalidad, como ya ha demostrado anteriormente, y en este caso resulta del todo admirable la redondez y la potencia que consiguió de un grupo reducido, sin renunciar a la flexibilidad dirigida en muchas ocasiones hacia el efecto, algo que se correspondía muy bien con un tipo de música escénica que bebe de diversas fuentes y utiliza recursos que la retrotraen a otros autores y maneras.

Un ejemplo de esto es que, sin renunciar a un armazón que todos identificamos con el sonido beethoveniano, González-Monjas fue capaz de imbricar acentos utilizados por las conocidas como escuelas históricamente informadas sin que pudieran resultar “meramente estilísticos”, sino que siempre se dejaban notar encaminados hacia un fin dentro de lo que se estaba contando y del ambiente de la obra, mayoritariamente agitado. También cabe mencionar ese color mozartiano que el director puso de manifiesto en varios pasajes, especialmente los que constaban de marchas (con perfume a Flauta mágica) u otros extensos en los que las maderas —estupendos Héctor Abella y Sebastián Gimeno— dialogaban. La percusión se erigió en una especie de personaje más —destacable labor de Juan Antonio Martín—, y toda la zona grave adquirió mucha presencia, ya que estructuralmente gran parte de la interpretación estaba montada sobre ella.

Hubo otros aspectos interesantes, como el efecto ondulante en la introducción, las sorpresas dinámicas que eran capaces de mantener nuestra atención sin el menor esfuerzo y en general lo puntilloso a la hora de resultar preciso no solo técnicamente, sino para otorgar su justo carácter a cada número. Eché de menos algo más de delicadeza en alguna danza, demasiado contundente, y relacionado con ello mayor protagonismo de la cuerda, no porque fuera escasa sino por su presencia en relación a los metales y la percusión, dado que en determinadas ocasiones el brío rítmico dejó en segundo plano la información melódica.

De todas formas, la personalidad de esta interpretación fue tanta, los recursos musicales utilizados tan ortodoxos y pulidos, y la planificación tan intencionada que es innegable que el director consiguió algo realmente interesante y, por qué no decirlo, divertido, de una pieza muy poco conocida y que siempre merecerá un paseo por los atriles si verdaderamente se cree en ella: su calidad resplandece cuando se viste así. Y, dada la carencia de registros comerciales de una obra que puede llegar a resultar tan agradecida, sería un buen tanto grabar la versión de este director, ya que además la OSCyL cuenta con sello propio.

Fue, en resumen, un concierto distinto, en la línea de una temporada en la que se quiere poner de manifiesto el maridaje entre música y artes escénicas, y que en este caso ha salido bien. Las notas al programa de Xoán M. Carreira sobre Las criaturas de Prometeo, simplemente fascinantes (toda esa parte sobre la recepción de la obra y la utilización de las fuentes deja con ganas de un estudio más extenso), y las charlas previas al concierto de director, actor y dramaturgo arroparon convenientemente una colaboración entre música y teatro, viejos amigos, respecto a la que solo cabe desear veladas semejantes.

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