Alemania

Una mártir del amor, la fe y el arte

J.G. Messerschmidt
jueves, 5 de diciembre de 2019
Tosca según Poda © 2019 by Christian Pogo Zach Tosca según Poda © 2019 by Christian Pogo Zach
Múnich, jueves, 14 de noviembre de 2019. Teatro Gärtnerplatz. Tosca, ópera con música de Giacomo Puccini y libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica según el drama homónimo de Victorien Sardou. Dirección escénica, escenografía, vestuario e iluminación: Stefano Poda. Intérpretes: Oksana Sekerina (Tosca), Artem Golubev (Cavaradossi), Noel Bouley (Scarpia), Timos Sirlantzis (Angelotti), Levente Pall (Sacristan), Juan Carlos Falcon (Spoletta), Holger Ohlmann (Sciarrone), Martin Hausberg (Carcelero), Néstor Erofeev (Pastorcillo). Coro, Coro Infantil, Compañía de Figurantes y Orquesta del Teatro Gärtnerplatz. Dirección del coro: Pietro Numico. Dirección musical: Anthony Bramall.
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Pocas óperas hay tan compactas como Tosca, una obra en la que cada palabra y cada nota tienen una función concreta. Ni en la acción hay momentos muertos, ni en la música elementos sin sentido dramático. La opulencia orquestal y melódica no es un puro recurso sensorial, sino un medio para dar hondura a una trama que, en sí misma, no es la más sustanciosa y que podría acercarse a la banalidad. 

En este sentido, la dirección orquestal de Anthony Bramall evita todo efectismo fácil, cuida todos los detalles tímbricos de la partitura, mantiene una limpia diferenciación de planos sonoros y, al mismo tiempo, delinea muy eficazmente tanto la psicología de los personajes como el desarrollo dramático de la acción en todos sus aspectos. La orquesta alcanza un nivel técnico irreprochable, sus músicos tocan con vigor, precisión y total entrega. Así pues, la parte orquestal no deja nada que desear. También del coro puede decirse lo mismo: su intervención en el Tedeum es realmente excelente.

Entre los solistas quien sobresale claramente es Oksana Sekerina. Su voz posee un bello timbre, es ancha, potente y amplia en el registro. El fiato es más que suficiente, el vibrato mínimo y bien controlado y el dramatismo absolutamente convincente. Configura el personaje dándole las tonalidades psicológicas que le corresponden (pasión, sensibilidad, celos, arrojo, vulnerabilidad, decisión) por medios puramente musicales (fraseo, dinámica, tiempos). El único punto débil son algunos piani, que resultan demasiado débiles y no lo bastante audibles. Pero se trata de un déficit irrelevante en una soprano de muy alta categoría.

El papel de Cavaradosi es, desde luego, menos lucido, no porque le falte buena música, sino por su menor riqueza psicológica. Artem Golubev es un buen cantante, en todo momento muy correcto, si bien su timbre es un poco impersonal. En todo caso, saca adelante su parte con toda dignidad y entusiasmo, sin fallos técnicos ni artísticos. Su interpretación puede calificarse de plenamente satisfactoria.

Menos convence el Scarpia de Noel Bouley, y no por falta de voz, sino por no ser esta la más indicada para el personaje, ni su versión la más acertada. Es muy posible que la forma dada a esta figura por la dirección escénica haya influido (como sucede más a menudo de lo que se quiere reconocer) en la concepción musical del intérprete. Estamos ante un Scarpia poco matizado, siempre vigoroso (muchas veces en exceso) y demasiado wagneriano en su maldad: Scarpia es más pariente de Jago que de Hunding y, por muy verista que sea Puccini, Tosca es una ópera italiana en la que hasta los peores villanos, y no sólo los héroes, tienen su atisbo de bel canto. Es una pena, pues Scarpia es el personaje psicológicamente más complejo e interesante de la pieza y Bouley no es mal cantante.

El resto del reparto está a muy buen nivel y cumple a consciencia su cometido. No hay nada que objetar. 

La dirección escénica sitúa la acción en un medio bastante abstracto, fuera de un ámbito histórico concreto. Si un rasgo define el concepto dramático de Stefano Poda es el tenebrismo. La escenografía, igual a lo largo de toda la función (salvo por la presencia de unos pocos elementos, como una cruz monumental en la iglesia o una mesa en el aposento de Scarpia), es toda de un gris casi negro, opresiva, cerrada, sin punto de fuga, sin salida ni esperanza, a pesar de su amplitud. Las ropas de los personajes son igualmente oscuras, a excepción de un manto rojo que lleva Tosca y de otro blanco, que viste después de su muerte, ambos claramente simbólicos. Los esbirros de Scarpia aparecen vestidos con un extraño uniforme semipolicial, semiclerical: sotanas (abiertas a partir de la cintura), pantalones y zapatos negros y pistolas ceñidas a los cinturones que les cruzan el pecho. Este atavío, en principio absurdo, y el comportamiento "paramilitar" de estos sujetos consiguen transmitir una sensación de rara inquietud. No sabemos si se trata de falsos sacerdotes, de clérigos sacrílegos o de que clase de personajes malvados. En todo caso, lo contradictorio de su atavío delata peligro y perversión: es gente dispuesta a lo peor.

Esta sensación de peligrosidad se extiende, en exceso, a Scarpia. Ahora bien, la suya es una peligrosidad bárbara, bestial, grosera. Y allí está el mayor error de la puesta en escena: Scarpia resulta mas explicitamente brutal que sus esbirros. Doblez, cinismo, hipocresía, sadismo y, en todo ello, un cierto refinamiento, faltan completamente. Lo que resta es la otra mitad de Scarpia, la más violenta, colérica e impaciente. El personaje ha sido simplificado y psicologicamente mutilado.

Tosca, en cambio, está bien configurada, siguiendo el canon clásico del personaje y sin cargar las tintas en su impetuosidad. Cavaradosi resulta algo pálido, pero es aceptable. Excesivo relieve y demasiada malicia, en cambio, se le otorga al Sacristán. Tampoco es una buena idea mostrar las torturas a las que se somete a Cavaradosi: lo visto es menos terrible que lo imaginado, especialmente en este caso, en el que los tormentos resultan bastante incomprensibles y, sobre todo, inverosimilmente inocuos.

Ahora bien, al margen de detalles poco satisfactorios, como que los protagonistas se pasen media ópera tirados por el suelo (fenómeno cuyo sentido todavía ignoro, a pesar de haber visto docenas de escenificaciones en las que los pobres cantantes se revuelcan continuamente a falta de una mala silla donde sentarse), los méritos de esta puesta en escena superan con creces sus defectos. Stefano Poda sabe contar una historia, captar y mantener la atención del público en una obra harto conocida, lograr que la tensión dramática no decaiga ni un instante e integrar lo escénico en el marco musical siguiendo las pautas que éste marca. Precisamente en esto consiste la tarea fundamental de un director de escena y su razón de ser. Stefano Poda domina su oficio y no cae en la tentación de dejarse llevar por extravagancias o de introducir elementos superfluos, sin una verdadera función dramática. En estos aspectos la Tosca de Poda es, en nuestros días, una muy grata excepción. 

Por si esto no fuera bastante, tampoco faltan la sorpresa y un clímax verdaderamente brillante. Curiosamente, Stefano Poda sitúa el punto culminante de su versión no en 'Visi d'arte' o en 'E lucevan le stelle', sino en el 'Tedeum'. Desde luego, aquí ayuda la impresionante interpretación musical del coro y la orquesta, así como la grandiosa partitura. Pero ello no quita mérito al estupendo logro visual que es esta escena. Un tedeum es, en principio, una pieza solemne que expresa gratitud. En la versión de Poda, y sin violentar la partitura, este episodio se convierte en una fantasmagórica procesión de terroríficos obispos con monstruosos atavíos de luto, una visión tenebrista y macabra, una pesadilla digna de Soler Leal o del Goya más negro. 

En abierto contraste con esta escena está el momento final. Después de suicidarse, Tosca resucita, envuelta en un manto blanco. Los esbirros huyen. La escena, y el temor de los esbirros tienen precedentes en la iconografía de la Resurrección de Cristo. También, todo hay que decirlo, en una Traviata que se hizo, creo, hace casi dos décadas: en el instante de su muerte Violetta revivía, se ponía de pie y todos los demás caían muertos. Pero lo que en aquella puesta en escena resultaba simplemente una extravagancia, aquí tiene un sentido religioso bastante más coherente. No en vano Tosca se muestra especialmente devota, Cavaradosi es un pintor de santos y la acción transcurre en Roma, en parte dentro de una iglesia. Al final esta Tosca se convierte en la hagiografía de una mártir del amor, la fe y el arte.

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