España - Andalucía

Winterreise, el viaje infinito II

José-Luis López López
miércoles, 18 de diciembre de 2019
Sevilla, viernes, 8 de noviembre de 2019. Espacio Turina. Dramma per Musica (D x M): Winterreise, D 911, Op. 89, de Franz Schubert. Liederzyklus sobre 24 poemas de Wilhelm Müller. Xabier Sabata, contratenor. Francisco Poyato, piano. Mise en espace, Rafael Rodríguez Villalobos.
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Las 20:30 h. (ya noche cerrada). Estamos en la Sala grande (conocida ahora como “Sala Silvio”) del Espacio Turina. Con los antecedentes publicados en la primera parte de este artículo, nos disponemos a presenciar el muy esperado acontecimiento.

 Se nos proporciona una fotocopia bilingüe, (alemán-español, sin indicación del traductor, no muy fino: ya en el propio título se vierte Winterreise como El viaje de invierno, con el artículo que está en Müller, pero Schubert lo suprime; pero, en la Sala, de poco sirve, porque la representación se desarrolla a oscuras. Actúan Poyato y, sobre todo, Sabata. Por descontado, el canto y el piano siguen la misma pauta que en Barcelona y Girona (así como el hecho de que los intérpretes estuvieron descalzos). Sabata, que ha publicado recientemente una grabación de este Ciclo, está bien preparado para cantarlo, aunque sigue habiendo pareceres contrapuestos acerca del timbre de contratenor para esta obra, que suponemos será aceptado cada día más, tras la necesaria maduración de ejecutantes y receptores: no olvidemos que Winterreise es una obra “poliédrica”, con una ilimitada pluralidad de sentidos y significados, que admite interminables ampliaciones de su riqueza expresiva (como ha visto Bostridge* con su comprensión omniabarcativa, o casi: nunca hay que cerrar la puerta al plus ultra).

El sombrío escenario, lleno de humo y provisto de un escueto atrezzo (un ramo de flores secas -clara alusión a lo efímero- que en algún momento son, en parte, arrojadas al público; una botella de vino que Sabata se vierte encima y, más tarde, rompe violentamente; un par de viejas butacas de cine que sirven de asiento antes de ser estrelladas contra el suelo). El resto de la dramatización corre a cargo del cantante: gesticulaciones espasmódicas, despojamiento de la chaqueta y luego de la camisa manchadas de vino (más tarde vestidas de nuevo), el protagonista retorciéndose, arrastrándose por el suelo, empuñando una navaja, haciendo todo tipo de aspavientos… y la guinda: el susurro, justo al comienzo del último Lied, Der Leiermann -“el zanfonista”, no “El Organillero”, y menos con mayúscula en castellano- de una retahíla de imprecaciones psicopatológicas (ah, la insania mental…): “miedo”, “ansiedad”, “bullying” ˗qué moderno˗, “pánico social”… Aunque, aparte de compartir pies descalzos, el contratenor recibe alguna ayuda del pianista, como cuando Poyato lo acompaña con voz cabaretera en Frühlingstraum. La iluminación, un tanto arbitraria, tampoco ayudó especialmente al intento. Claro está que no es la primera vez, ni la última, que se teatraliza este Ciclo; pero ¿en qué quedó la supuesta inspiración beckettiana? Seamos serios…

Lo primero que hay que preguntarse es ¿qué pudo entender el espectador que no sabe alemán y que no se ha preparado previamente con una lectura de las 24 canciones? Está claro que R. Villalobos, que se sirve de las técnicas más avanzadas cuando le parece oportuno, consideró que los sobretítulos -pan nuestro de cada día en la ópera- estorbaban, más que ayudaban, para la comprensión de su propuesta. Esto, creemos, es una equivocación, “externa” si se quiere, pero muy importante.

Sin embargo, este y otros fallos “circunstanciales” se quedan en nada, al lado de la gran objeción: la unilateralidad que lastró aquello en lo que, esencialmente, consiste Winterreise. Nada más y nada menos que su inmensa (por eso hemos titulado esta reflexión “el viaje infinito”) riqueza de significados, su milagrosa multiplicidad de interpretaciones -en la que ninguna excluye a ninguna: todas coexisten y se refuerzan mutuamente-, suplantada por una ingenua visión unilateral, intrínsecamente reduccionista.

Naturalmente que Beckett fue un gran admirador de Schubert, y de Winterreise en particular. Y así lo reconoce Bostridge, pero añade también a David Shields, Djuna Barnes, Albert Camus, el Hans Castorp de La montaña mágica de Thomas Mann, las magdalenas de Proust mojadas en tilleul, tila (la infusión de flores de Der Lindenbaum, el más famoso Lied de Schubert), Kafka, Mr. Tambourine Man de Bob Dylan, lord Byron, Caspar David Friedrich (pero también el autorretrato de Lucien Freud, y Le vielleur -el zanfonista ciego- de Georges de la Tour).

Y más y más: Goethe (a propósito de Der Erlkönig, -“El rey de los elfos”- y Gretchen am Spinnrade –“Margarita en la rueca”- dos de los Lieder schubertianos fundamentales), Schopenhauer, Heine (poeta del escalofriante Der Doppelgänger -“El doble”-, que, junto con Der Leiermann, configura, ahora sí, el simbólico emparejamiento de la locura y la muerte), e e cummings (como deseaba ver escrito su nombre), Clemens Brentano y Achim von Arnim, recopiladores de la colección de cantos populares alemanes Des Knaben Wunderhorn, que inspiró a tantos músicos (sobre todo, a Mahler). O Joseph Conrad, J. M. Coetzee... Interminable lista de autores y obras: el mismo Schubert, contemporáneos, anteriores y posteriores.

No en vano Bostridge señala: “Este libro es el resultado de un par de años de escritura e investigación, pero también de tres décadas de estar obsesionado con Viaje de invierno, de interpretarlo (probablemente más que ninguna otra obra de mi repertorio) y de tratar de encontrar nuevas maneras de cantarlo, de presentarlo y de comprenderlo”. Libro para leerlo, más aún, para estudiarlo en muchas de sus facetas: p. ej., el orden que, finalmente, eligió el músico para los 24 Lieder de Müller; o el carácter, simultáneamente culto y popular, Kunstlied y Volkslied, de los poemas müllerianos; el enlace del primer Lied, Gute Nacht, con el último de Die schöne Müllerin; las “estaciones” intermedias, como el mítico tilo (Der Lindenbaum), el cuervo o la corneja (Die Krähe), o la posada, que es el cementerio (Das Wirthaus); la incontestable afirmación de que Der Leiermann, ese “anciano misterioso” o “extraño viejo” (wunderlicher Alter) es la Muerte (“Der Tod”, masculino en alemán), justo el momento en que ya no existe ninguna cordura ni locura (¿a qué viene mencionarla entonces?).

La Fortuna, que dispensa Fama y Gloria, es una diosa exigente y caprichosa. Creatividad, innovación, búsqueda y hasta transgresión no deben rehuirse: al contrario, son exigencias para que el arte siga siendo vivo y actual. Mas, en esta senda, siempre estaremos en el filo de la navaja: quien no se arriesga no acierta, pero el atrevimiento también conduce al yerro (aciertos a veces espléndidos, yerros que pueden ser graves; y, sin embargo, no hay otra opción, si se quiere avanzar). Es encomiable que Rafael R. Villalobos afirme que nunca dirigirá Tristán e Isolda, porque le parece una cima inalcanzable. Pero en eso -pensemos juntos, por favor- se equivoca, tanto por defecto como por exceso: estamos seguros de que algún día conquistará esa cumbre; sin embargo, el reverso es que hay muchas alturas peligrosas, muchos más Tristán e Isolda que los tradicionales “catorce ochomiles” del montañismo de nuestro planeta. Y, sin ir más lejos, Winterreise…

No añadiremos mucho más. Solo repetiremos, para nuestro querido (no irónicamente, sino de corazón) y admirado [tal como lo expresamos en Murillo: evocación secreta y mágica] Rafael Villalobos: hay más de un Tristán e Isolda; pero cuando llegue el suyo, que llegará, y será grande, lo primero que tiene que mirar, ya que hablamos de “Reisen”, es a los “compañeros de viaje”: Xavier Sabata es un magistral contratenor, y Francisco Poyato un estupendo pianista; pero ¿eran la mejor “compañía” para esta aventura? ¿Recurriría para su gran Tristán e Isolda a la estética “furera”? Porque La Fura dels Baus ya lo intentaron en el Liceu en 2017, con los lemas, nada menos, de “el amor suicida de Wagner”, y “un reto de la psicología moderna” (¿por qué nos suena esto tan familiar?).

Existe una delgada línea roja entre la Fama y la Gloria. Pero hay que elegir: Rafael R. Villalobos puede hacerlo, y esperamos que acierte. Y no solo esperamos: confiamos en que el verdadero talento (y él lo tiene) siempre gana madurez, aun tras cualquier tropiezo.

Notas

Ian BOSTRIDGE, 'Viaje de invierno' de Schubert. Anatomía de una obsesión, Madrid: El Acantilado, 2019, traducción de Luis Gago de "Schubert’s Winter Journey. Anatomy of an Obsession, London: Faber & Faber, 2015

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