Alemania

Donde habite el olvido

Jesús Aguado
jueves, 19 de diciembre de 2019
Nina Stemme © 2019 by Bettina Stoess Nina Stemme © 2019 by Bettina Stoess
Berlín, domingo, 1 de diciembre de 2019. Deutsche Oper. Richard Wagner, Tristan und Isolde. Stephen Gould, Tristan. Nina Stemme, Isolde. Daniela Sindram, Brangäne. Martin Gantner, Kurwenal. Ante Jerkunica, Marke. Melot, Jörg Schörner. Peter Maus, Pastor. Matthew Newlin, Marinero. Timonel, Byung Gil Kim. Graham Vick, dirección de escena. Paul Brown, escenografía y vestuario. Wolfgang Göbbel, iluminación. Coro de la Deutsche Oper. Jeremy Bines, director del coro. Orquesta de la Deutsche Oper. Donald Runnicles, dirección musical.
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Un amor tan absoluto que precisa de la muerte para existir, para poder realizarse plenamente. Tristán e Isolda pueden únicamente sobrevivir en la muerte, disolución final en el otro.

La estratagema de Brangäne, sustituyendo el filtro asesino por el amoroso no hace más que posponer ese final inevitable, ya que el bebedizo únicamente abre los ojos de los amantes, cegados hasta entonces por el rencor, en el caso de Isolda, y por el miedo, en el de Tristán. El amor ha existido en ellos desde el principio de la historia, mucho antes de que empiece la ópera, posiblemente desde el principio de los tiempos, y ya desde entonces era la muerte su único destino posible.

Pero Graham Vick, responsable de la producción estrenada en 2011 en la Deutsche Oper de Berlín, aún concibe una muerte más allá de la muerte: el olvido, tabula rasa de todo recuerdo y toda seña de identidad, un blanco océano sin tiempo en el que los personajes se disuelven casi literalmente, un espacio vacío tras un ventanal por el que vemos deambular a seres, no sabemos si reales o imaginarios o simplemente retazos de recuerdos extraviados en esa nada definitiva.

Esas puertas de cristal son las que atraviesan los muertos: Kurwenal, Tristán y finalmente Isolda, tras cantar su liebestod y convertirse ella misma en pura sombra sin tiempo.

Esa visión de Vick le confiere a la obra un aspecto especialmente melancólico y crepuscular que resulta hermoso en su conclusión. El problema es que al espectador le es complicado comprender el concepto hasta el último acto, en que efectivamente vemos que ese espacio que hemos visto en los dos primeros desde dos perspectivas distintas, y que por fin se nos presenta de manera frontal, no es más que un asilo geriátrico en el que los personajes están perdiendo la memoria poco a poco hasta que atraviesan las puertas del fondo y se sumergen por completo en ese olvido final que es la muerte.

Lo que hemos visto en los dos primeros actos resulta ser, probablemente, los recuerdos, mezclados y confusos, de Tristán e Isolda, pero también seguramente de Brangäne, Kurwenal y Marke, tan presos de su frágil memoria como la pareja de amantes. Pero hay demasiados elementos en escena que resultan confusos incluso después de comprender la perspectiva de Vick y que lastran bastante esos dos primeros actos, en que vemos a los marineros del barco prácticamente acosar a Isolda, a un niño que desaparece por esas puertas, a una niña que se prueba el traje de novia de Isolda, al propio Tristán sentado en un sofá durante gran parte del primer acto en que supuestamente no está en escena, a una mujer desnuda que deambula por el escenario, a un hombre desnudo que cava una tumba en el segundo acto en la que acaba desapareciendo, a un drogadicto buscando desesperadamente una dosis (y hay que añadir aquí que Tristán e Isolda se inyectarán el filtro amoroso compartiendo una jeringuilla), y un ataúd permanentemente cuyo destinatario u ocupante nunca acaba de quedar claro. Una producción con una hermosa idea inicial, pero fallida por la pura acumulación de elementos en los dos primeros actos.

Por suerte, el aspecto musical resultó bastante más sencillo de apreciar y calificar, pues todo estuvo a una enorme altura. Donald Runnicles, desde hace años director general musical de la Deutsche Oper, ocupaba el podio al frente de la fabulosa orquesta titular de la casa, con lo que su entendimiento fue proverbial. Desde el famoso primer acorde del preludio quedó clara la visión de Runnicles, de un profundo lirismo y una minuciosa atención a cada detalle, a cada entrada, a cada ataque, capaz de llevar a la orquesta a cumbres de sonido envolvente y lujurioso tanto como a momentos de portentosa delicadeza, sin que el pulso dramático decayera un solo instante, lo que en una obra de estas proporciones no es poco decir.

La pareja protagonista fue de auténtico lujo: Stephen Gould y Nina Stemme. Gould tiene ahora mismo una vocalidad perfecta para el papel, un heldentenor capaz de conmover a las piedras, de voz segura y poderosa, hermoso timbre en toda la tesitura y potentes y timbrados agudos. Estuvo impresionante en el larguísimo monólogo del tercer acto que es la piedra de toque del papel y al que no es fácil llegar con la voz en perfectas condiciones, como sí hizo él. No es demasiado expresivo como actor, pero cumplió suficientemente en ese aspecto, ya que en el vocal, como digo, estuvo sobresaliente.

Y qué decir de Nina Stemme como Isolda. La voz suena como nunca, carnosa, sensual, plena. La zona central es mórbida y acariciante, y el agudo es penetrante y esplendoroso. Únicamente en un sobreagudo estuvo un poco destemplada, pero una pequeña mácula no oscurece, o tal vez incluso realce aún más una interpretación magistral. Su liebestod fue bellísimo, y dejó al público prácticamente flotando. Y como actriz, además, se come el escenario como aperitivo y el público de postre. Brava.

Daniela Sindram fue una excelente Brangäne, papel, como es bien sabido, nada fácil. Estuvo estupenda en toda la obra, pero destacó, naturalmente, en los celebérrimos avisos, que interpretó desde fuera del escenario con un gusto exquisito. El Kurwenal de Martin Gantner empezó un tanto discreto, pero en el último acto arrebató con su heroico y magnífico canto, demostrando estar a la altura del resto del reparto. El rey Marke era Ante Jerkunica, un bajo profundo con una poderosísima voz y un timbre redondeado y hermoso, pero con un agudo (y no es que el papel tenga muchos agudos, precisamente) realmente débil. Bien Jörg Schörner en el breve papel de Melot, y también correctos los comprimarios.

Una velada, en resumen, estupenda en lo musical, y un tanto extraña en lo escénico. Siempre es un placer volver a Tristán, y la ocasión estuvo a la altura de las expectativas que un título así despierta.

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