España - Madrid

El mágico encanto de Cascanueces

Germán García Tomás
jueves, 19 de diciembre de 2019
El cascanueces © 2019 by Teatro de la Zarzuela El cascanueces © 2019 by Teatro de la Zarzuela
Madrid, martes, 10 de diciembre de 2019. Teatro de la Zarzuela. Cascanueces. Compañía Nacional de Danza. Dirección artística: Joaquín de Luz Música: Piotr Ilich Chaicovski. Coreografía y dirección escénica: José Carlos Martínez. Escenografía: Mónica Boromello. Figurines: Iñaki Cobos. Iluminación: Olga García Sánchez. Bailarines: Cristina Casa (Clara), Ángel García Molinero (Cascanueces), Ion Agirretxe (Drosselmeyer), Maria Kochetkova (Hada Azúcar), Alessandro Riga (Príncipe). Alumnado de los Conservatorios Profesionales de Danza Carmen Amaya, Fortea y Marienma. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro de la ORCAM (voces femeninas). Dirección musical: Manuel Coves. Ocupación: 99%.
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Como prólogo navideño, la Compañía Nacional de Danza ha recalado en el Teatro de la Zarzuela para presentar la coreografía de su anterior director artístico, José Carlos Martínez, del ballet Cascanueces de Chaicovski que estrenó en el Auditorio Baluarte de Pamplona en octubre de 2018 y que se pudo ver también en noviembre de ese año en el Teatro Real.

Bajo la recién inaugurada etapa a su frente de Joaquín de Luz, la Compañía Nacional visita de nuevo la capital española tras su flamante Gala del 40 aniversario que pudimos disfrutar este pasado verano en los Teatros del Canal.

La propuesta escénica de José Carlos Martínez, enteramente tradicional en sus postulados, contiene todos los ingredientes necesarios que requiere el último y más breve ballet del compositor ruso. Nos señalan que la ambientación se desplaza a 1910 respecto al cuento original de E.T.A. Hoffmann, pero este detalle apenas es perceptible más que por los vestidos de la familia de Clara en la fiesta de Nochebuena, pues el clima de ensoñación y los destellos de fantasía se hallan por doquier.

Basta comprobar cómo la visión de Martínez pone todo el énfasis en el universo fantástico en la imaginación de la protagonista. Y cómo se consigue el acusado contraste entre la explosión de luz, color y alegría de la fiesta navideña con el escenario desnudo y ligeramente atenuado en iluminación a modo de suspense que prepara la entrada de los ratones, o la aparición providencial del cascanueces al fondo del escenario, dispuesto para una batalla milimétricamente diseñada.

Gran cantidad de elementos que acentúan el clima onírico y de cuento de hadas al que estamos asistiendo en la mente de Clara, vigilada en la distancia por el mago Drosselmeyer, al que se le otorga un protagonismo casi omnipresente. La belleza y la plasticidad en los movimientos del cuerpo de baile femenino, y su estética blanca al más puro estilo de El lago de los cisnes, coronan el acto primero con su vals de los copos de nieve y en el segundo hacen lucir el aún más célebre vals de las flores.

La cuidada escenografía de Mónica Boromello, que opta por apoyarse en los símbolos, como esas gigantescas bolas para describir el árbol de Navidad, el bosque nevado o ese diván familiar que se convierte en un trineo, ayuda a conseguir una gran fluidez en la transición entre escenas y es el marco perfecto, por su carácter sobrio y desprovisto de todo elemento accesorio, para las habilidades coreográficas de los protagonistas, con una Cristina Casa que luce todo su encanto en escena como Clara, dotándola de una irresistible ingenuidad infantil.

La trama se resiente y pierde continuidad en el acto segundo, pero el libreto de Marius Petipa es lo que es, ya que el desfile de danzas características sólo es inspirado pretexto para el lucimiento, y aquí se nos presenta todo el colorido y la vistosidad visual propios de este divertissement, apreciándose un elaborado trabajo en los figurines de Iñaki Cobos en las danzas española (con sus preceptivas castañuelas en coreografía adicional de Antonio Pérez Rodríguez), árabe (con su sensualidad inherente), china (de sedosas galas con aderezo de sombrilla) y rusa (con tres bailarines y sus modos de cosacos). La variedad de lenguajes coreográficos alcanza su cenit en el Pas de Deux, con la bailarina principal invitada Maria Kochetkova en la función de estreno junto al bailarín Alessandro Riga, brindando actuaciones estelares en sus respectivos solos.

Manuel Coves acostumbra a extraer de la Orquesta de la Comunidad de Madrid un buen rendimiento, y aquí de nuevo lo pone de manifiesto, defendiendo con oficio la colorida partitura y otorgándola continuidad, con momentos ciertamente brillantes, como la mitad final del acto primero que desembocó en un enérgico vals de los copos, en donde se adhieren con poética elocuencia las voces femeninas de la ORCAM desde los palcos laterales. Resulta clara la intención del maestro Coves de sacar lo mejor de cada uno de los atriles (flautín, flauta, arpa, metales…) pese a que algunos números carecen del refinamiento adecuado, como el Pas de Deux o el vals de las flores. Por otro lado, extraña sobremanera la supresión del número de Madame Gigogne en las danzas del acto segundo. La Compañía Nacional de Danza, con su renovado empeño en favor del ballet clásico, que complementa idóneamente sus incursiones en el lenguaje contemporáneo, exhibe en esta nueva etapa una muestra más del talentoso desempeño artístico de sus filas, con un Cascanueces de mágico encanto que está llamado a convertirse en todo un referente navideño.

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