España - Andalucía

Artefactum: el Medievo musical vivo

José-Luis López López
jueves, 26 de diciembre de 2019
Artefactum, 25 aniversario © 2019 by Artefactum Artefactum, 25 aniversario © 2019 by Artefactum
Sevilla, sábado, 23 de noviembre de 2019. Espacio Turina. “In vino veritas”. José Manuel Vaquero, organetto y zanfoña. Álvaro Garrido, percusiones. Ignacio Gil, flautas de pico, oboe de cápsula y gaita. Aníbal Soriano, laúd medieval. Alberto Barea, canto y orlo. César Carazo, canto y viola medieval. Preámbulo: Chominciamento di gioia (Manuscrito de Londres, S. XIV). El vino en las Cantigas de Alfonso X: La dona de Bretanna (CSM 23); A que avondou (CSM 386); Virgen Santa María (CSM 47); De resorgir ome morto (CSM 334); Pera meestre Joan (Cantiga profana). Visión trovadoresca: Ai amor, amore de Pero Cantone (Fernando Soares de Quiñones, S. XII). El vino y su relación/vinculación con el clero: Divinum misterium (Códice de las Huelgas, S. XIV). Camino de la taberna…: Adieu ces bons du vins de Lannoys (Guillaume Dufay); Bon vin doit (Roman de Fauvel); Bon vin je ne te pluis laisser (Éloge du vin et de la vigne de Rabelais à Henri IV). En la taberna: Quand je bois du bon Claret (tourdion del S. XVI); Alte clamat Epicurus (Carmina Bu rana 221, anónimo goliardo del S. XIII); In taberna quando sumus (CB 196); Vinum bonum et suave (Carmina Vagorum). Programa conmemorativo del 25 Aniversario de Artefactum.
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Lleno absoluto en la Sala grande del Espacio Turina. Artefactum celebraba el 25 Aniversario de su fundación, en 1994. En formación de sexteto, con sus tres fundadores, Vaquero, Garrido y Gil, más otros tres miembros (incorporados hace entre 10 y 15 años), Soriano, Barea y Carazo. De su amplísimo repertorio, podrían haber elegido variadas opciones. Prefirieron una celebración gozosa, vital, en la que el vino, bebida omnipresente durante la Edad Media, fuera el hilo conductor y factor común. Álvaro Garrido nos comentaba que, fieles a su espíritu, el concierto pretendía, desde ese motivo central, dar conocer una vez más el contexto total de unas piezas que, se diga lo que se diga, son la base de la cultura europea y occidental de hoy. Como celebramos un cumpleaños, se recuperan algunos temas presentes en el nacimiento del grupo (por ejemplo, In taberna quando sumus es la 2ª pista de su primer CD, 1997, De la taberna a la Corte; Come Deus / A que avondou, la 4ª de Tempus est iocundum, 2002; Virgen Santa Maria, el 2º de En el scriptorium, 2006), pero también se estrenan otros de un variado repertorio, relacionado con el vino, aunque desde distintas perspectivas.

Vayamos por orden. Primero, los instrumentos (sin entrar en precisiones organológicas -ni siquiera sencillas: solo por dar una idea- que, quien lo desee, puede encontrar en Ramón Andrés, Diccionario de instrumentos musicales: de Píndaro a J. S. Bach, Barcelona, Vox, 1995). Los seis músicos tocaban, como se dice en la ficha, los siguientes: Vaquero, organetto medieval, que alternaba con la zanfoña (o zanfona) de rueda, manubrio y pequeño teclado; Soriano, laúd medieval (cuerda pulsada); Carazo, viola medieval (cuerda frotada); Barea, orlo, también llamado cromorno (aerófono con el extremo curvado hacia arriba en forma de J); Garrido, percusiones variadas (tambores, panderos, sonajas...); Gil, flautas de pico, oboe de cápsula, gaita. En cuanto al canto, lo protagonizaba sobre todo Barea, aunque lo secundaba a veces Carazo y, de vez en cuando, se unían todos o casi todos.

Como es característico, Vaquero inició la sesión con sus graciosos comentarios, que volvían al comienzo de cada nueva pieza, entre las carcajadas y alegres semblantes del público (de tanto en tanto, lo acompañaba y complementaba Garrido). Mas, cuando comenzaban a tocar y a cantar, en su caso, el encantamiento de los oyentes se trasladaba al plano musical, tan preciso y riguroso como vitalista. El “Preámbulo” (pues la actuación estaba dividida en secciones) fue Chominciamiento di gioia, danza instrumental italiana del siglo XIV, relacionada con el Decamerón de Bocaccio, que se conserva en el llamado Manuscrito de Londres (Museo Británico), como, entre bromas y veras, informaron los intérpretes.

La siguiente sección trataba sobre “El vino en las Cantigas” (cuatro sagradas y una profana: todas están publicadas -sus letras, claro- en varios volúmenes de la Editorial Castalia, aunque esa información no la dieron los músicos, sino que es de quien esto escribe): 1. La dona de Bretanna, Cantiga de Santa Maria (CSM) nº 23, que narra, en galaico-portugues, “Como Santa María acrecentou o vinno no tonél, por amor da bõa dona de Bretanna”. 2. A que Deus avondou tanto (CSM 386), de similar contenido a la anterior, “De como Santa María acrecentó el vino de una cuba en Arconada” (una aldea de Tierra de Campos, provincia de Palencia). 3. Virgen Santa Maria: el título completo es Virgen Santa Maria, guarda-nos, se te praz (CSM 47), y se refiere a “como Santa María guardou o monge, que o démo quis espantar por lo fazer perder” (conocida popularmente como “el monje ebrio”). 4. De resorgir ome morto: más extensamente, “De resorgir ome morto / deu Nostro Sennor poder / a sa Madr’ e toda cousa / guardar de se non perder”, la historia de “como Santa María de Terena resorgiu ũn ome que morrera de sandece e tornó-o são” (Terena o São Pedro es una “freguesía”, parroquia, del distrito de Évora): en este milagro está presente el vino, porque, dándoselo a beber mezclado con hierbas, su mujer había envenenado con maldad al hombre luego resucitado. En cada caso o milagro, la narración, amena y en ocasiones desbordante de gracejo, contribuyó a la ilustración histórica y musical de los asistentes. Precisamente en esta época, siglo XIII, surge la gran devoción (que antes no existía) a María, la madre de Jesús, manifestada a través de milagros (eso sí, por el poder que le transfiere Nuestro Señor), devoción de la que es ejemplo eximio una de las obras fundacionales de la literatura española, Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo. Lo que hacen Vaquero, Garrido y todo Artefactum es practicar la antigua, pero no anticuada, aunque así se lo parezca a los vetustos posmodernos, máxima de enseñar deleitando. AF lo tiene clarísimo, y es una de sus señas irrenunciables de identidad.

Los milagros de esta sección, en los que está presente el vino, recuerdan, los dos primeros, al evangélico de las bodas de Caná (Juan, 2, 1-11), donde el autor es Jesús, a instancias de su Madre; y el cuarto, a la resurrección de Lázaro (también en Juan, 11, 1-45), igualmente obra de Jesús: nótese cómo la potestad milagrosa de María no aparece hasta la Edad Media.

Como coda de “El vino en las Cantigas” se añadió una de las Cantigas profanas (publicada en volumen aparte por Castalia, Ed. de Juan Paredes): Pera meestre Joan. Se trata de una de las llamadas “cantigas de escarnio”, concretamente la nº XXXVI: el Mestre Joan podría ser un tal Maestre Juan Alfonso o un Maestre Nicolás, portugueses de los que se hace mofa por su desmesura en el comer y el beber.

La sección que viene después, “Visión trovadoresca” consta de un solo ejemplo: Ai amor, amore de Pero Cantone, de Fernan Soarez de Quinhones (o Fernando Soares de Quiñones), trovador leonés activo en el tercer cuarto del siglo XIII. De estrofismo zejelesco, hace alusión a los vinos que embotan, dificultando así la capacidad amatoria y dando lugar a la dolencia llamada picado, repunte o avinagramiento, tal como señala en un artículo João Dionisio, de la Universidad de Lisboa. Finalmente, en lo que podríamos llamar el “intermedio” (aunque el programa se desarrolla sin interrupción) Vaquero llama la atención sobre un aspecto “crucial”: “El vino y su relación/vinculación con el clero”. En Divinum misterium, Códice de las Huelgas, comienzos del S. XIV, se introduce el momento litúrgico del Sanctus: “Divinum misterium / semper declaratum …” (“El divino misterio / siempre se manifiesta…); y -sigue- “mientras el alma embotada de los infieles se ciega, la de los creyentes se consolida por la fe…”. Es el momento, claro, de la consagración del pan y el vino como cuerpo y sangre de Cristo… Pero este punto, la cima de la religiosidad cristiana, da, inmediatamente, paso al vino más humano y pagano, al vino báquico. Es admirable cómo Artefactum transita, con tanto respeto como desparpajo, entre estos dos polos (que, sin embargo, tienen una raíz común: ¿por qué, nos preguntamos, si no fuera así, se sigue usando el vino para la consagración?) Quien esto escribe comentaba una vez a sus alumnos que tuvo noticia de una comunidad “cristiana” abstemia (eso solo puede suceder entre protestantes norte-europeos) que celebraba esa ceremonia con limonada: las risas de aquellos inteligentes estudiantes fueron semejantes al espíritu de Artefactum, de su público o de cualquier buen chestertoniano…

Por eso, llegado a este punto, alguien introdujo en el escenario una gran jarra y seis vasos, todos de barro. Y lo que contenía la jarra, naturalmente, era verdadero vino, que fueron trasegando los miembros del grupo hasta el final del concierto: cualquier simulación hubiera sido una abominable herejía…

Así (verdadera liturgia de in vino veritas) tuvieron lugar las dos últimas secciones: “Camino de la taberna…” se inició con Adieu ces bons vins de Lannoys de Dufay, o Du Fay, o Du Fayt (porque era franco-flamenco):

Adieu ces bons vins de Lannoys
Adieu dames, adieu borgois,
adieu, celle que tant amoye.
Adieu, toute plaisante joye,
adieu, tous compaignons galois.

Y continuó con Bon vin doit, del Roman de Fauvel (autor, el escribiente Gervais du Bus). Fauvel era un burro tan ambicioso como absurdo, y Artefactum hizo desternillarse a los espectadores.

Para concluir, Bon vin je ne te pluis laisser, atribuido a Rabelais, pero más probablemente una chanson de Loyset Compère, cuya primera estrofa es:

Bon vin je ne te puis laisser
Je t'ay m'amour donnée,
Anne hauvoy!
Je t'ay m'amour donnée.
Souvent m'as faict la soif passer,
Bon vin je ne te puis laisser,
Ne soir, ne matinée,
Anne hauvoy!
Ne soir ne matinée.

Y la última sección, el repertorio más descarado y solicitado (junto con las Cantigas: admirable contraste) de AF: el “territorio goliardesco”. “En la taberna” (motivo de su primer CD) “vuelven” a los orígenes (aunque, en verdad, nunca se han ido). Lo primero, en esta celebración, fue un turdión (fr. tourdion, de tordre, torcer, girar), danza borgoñona del siglo XV (la Edad Media de Artefactum es muy dilatada), similar a la gallarda: Quand je bois du bon Claret:

Quand je bois du vin clairet                                   
Ami tout tourne, tourne, tourne, tourne
Aussi désormais je bois Anjou ou Arbois

Y ya en la estela de Benediktbeuern, Alte clamat Epicurus, Carmina Burana (CB) 211: Alte clamat Epicurus / “Venter satur est securus…” (Bien alto grita Epicuro / “Un vientre saciado es un vientre seguro…”); In taberna quando sumus (uno de los cantos que seleccionó C. Orff para su Cantata escénica, ayudado por Michael Hoffmann). Todos esperábamos el Bacche bene venies (Baco, bienvenido seas) que es casi el “himno” de Artefactum y, tal vez, el más popular canto goliárdico de los CB (no recogido por Orff). Otra vez será (habrá más Aniversarios). A cambio, la última pieza del programa fue el bellísimo y asombroso Vinum bonum:

Vinum bonum et suave,

bonis bonum, pravis prave,

cunctis dulcis sapor. Ave

mundana laetitia!

(“Vino bueno y suave / bueno para los buenos, malo para los malos / pero de dulce sabor para todos. ¡Salud, mundana alegría!”). En esta primera estrofa, y en las que siguen, se produce una curiosa mutación respecto a la letra original que inspira a esta canción:

Verbum bonum et suave,

personemus illud Ave,

per quod Christi fit conclave,

Virgo Mater filia

(“Con palabras buenas y suaves / dirijámonos con un ‘Salve’ / a la que Cristo convirtió en su morada, / Virgen Madre e hija”). Continúa en la misma línea: evidentemente, se trata de un concentus medieval, destinado a ser cantado en la fiesta de la Anunciación. Seguramente se trata de la misma música, pero con la letra notablemente alterada (su sentido estrictamente religioso, espiritual, litúrgico, se transforma en una canción vitalista, profana y mundanal). Esta es una de las características esenciales de la canción goliardesca. Los goliardos (o clerici vagantes) eran clérigos o estudiantes que se dedicaban a recorrer los caminos, buscando en la poesía juglaresca un medio de vida, que no encontraban en el seno de la Iglesia. Alguien con mentalidad estrechamente “ortodoxa” consideraría esas “licencias” poéticas como algo blasfemo. Pero, aunque no eran bien vistos por la jerarquía eclesiástica, por su modo de vida “a salto de mata”, considerada irregular y licenciosa, lo cierto es que pueden considerarse como los primeros “músicos profesionales”, que “vendían” sus habilidades poéticas y musicales (lo que recibían a cambio se puede llamar “retribución” o “limosna”). Y esas “licencias”, como la de Vinum bonum et suave, no les acarreaban graves consecuencias. En cierto sentido, ese tiempo (al que se ha llamado la “edad oscura”) era una época en que había más libertad que en épocas posteriores. Recordemos que el Santo Oficio se creó en España en 1478, bajo los Reyes Católicos. Y aunque en el Medievo también hubo duras represiones religiosas, estas se dirigían contra herejías de gran alcance (los “cátaros”, por ejemplo), no ajenas a factores de poder político. Lo que no era el caso de los goliardi, que eran individualistas, vividores y, tal vez, algo pícaros, pero que no constituyeron nunca movimientos heréticos organizados.

Por tanto, he aquí un concierto en el que un grupo, Artefactum, no sólo hace disfrutar a sus oyentes, sino que los ilustran en los más variados aspectos, musicales, culturales e históricos. Con cercanía amigable y distendida (totalmente compatible con la más seria y rigurosa técnica musical y actoral: al contrario, su estilo funde la cercanía y la hondura) terminó la larga conmemoración del modo más tradicional: los músicos recibieron ramos de flores, apagaron las velas de una tarta de cumpleaños… Y (en este caso el orador fue Álvaro Garrido) sacaron unas hojas de papel, que leyeron enumerando a los asiduos asistentes, a los colaboradores e incluso a los críticos musicales presentes (mencionándonos cariñosamente por nuestros nombres de pila). Una noche gozosa, gozosa y de alta calidad, personal y artística.

(Más tarde, supimos que un equipo técnico del grupo había filmado -y después, montado- un video de 15 minutos, con diversos momentos de la actuación, que, confiamos, pueda añadirse a este escrito en Mundoclasico.com: para el recuerdo).

Con todo, nos despedimos con más música: antes de la despedida y fuera de programa, aunque nos dejaron sin “Bacche bene venies” nos regalaron una preciosa propina: Ave, Plena Magdalena, un laude anónimo italiano del siglo XII, perteneciente al “Codex Andeciensis” de otro monasterio benedictino, el de Andechs, en la Alta Baviera, a orillas del lago Ammer (Ammersee), donde, por cierto, se elabora (honremos a Gambrinus, junto a Baco) la famosa cerveza Andechser. El Codex se conserva en la Bayerische Staatsbibliothek en München, donde se guarda un inmenso tesoro (digitalizado, en la medida que lo permiten las leyes de derechos de autor) que también incluye los Carmina Burana.

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