España - Cataluña

‘Puedo cantar’

Jorge Binaghi
viernes, 24 de enero de 2020
Barcelona, sábado, 18 de enero de 2020. Gran Teatre del Liceu. Recital de canto de Javier Camarena (tenor) y Ángel Rodríguez (piano). Arias de Gounod, Lalo, Donizetti, Bellini, Flotow y Verdi. Bises: Guerrero, y Ribas
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Entre el público del Liceu y Javier Camarena hay desde siempre una relación de amor, por suerte plenamente correspondido. Aunque el tenor mexicano, por su simpatía, establece enseguida un excelente contacto con sus públicos, será porque lo acogió en uno de sus Viñas, pero hay siempre hacia él, además de admiración, afecto. Y ayer, en su primer concierto en el Teatro, dando inicio a una gira que lo llevará por distintos lugares de España, hubo varios motivos para confirmarlo. Aunque parezca extraño partiendo de una situación complicada: Recibido con una gran ovación, Camarena se dirigió al respetable para comunicarle que hacía dos semanas estaba luchando contra un catarro no superado -y por eso dijo que quería decirlo él personalmente- pero que el concierto se iba a hacer porque podía cantar. Era evidente que no se encontraba en plena forma incluso por sus gestos durante todo el recital. Pero también era evidente frente a quién estábamos. A los grandes se los reconoce o en días como estos o al final de sus carreras. Le falta mucho a Camarena para lo último (cruzo los dedos), pero se las arregló con una técnica soberana y su sencillez y espontaneidad (no artificiosa como la de algún colega) para salir airoso de la situación, y no simplemente del paso. También, y es de destacar, reconvino al principio de la segunda parte al móvil rebelde que le hizo detener la ejecución de la primera pieza diciendo sin acritud pero seriamente ‘si les avisan….’, y se llevó otro aplauso.

Yo podría ahora ponerme a examinar punto por punto los momentos en que se notó más, menos o nada la molestia que padecía, y no sé qué ganaría nadie porque está claro que no era una situación permanente. Como está claro que podía haber cancelado y no quiso para no defraudar (el teatro había vendido incluso butacas en el escenario, cosa que no recuerdo desde un concierto de Kaufmann). Y no defraudó. Claro que estuvo más prudente en administrar el caudal, y que lo que más sufre no es el agudo pleno en estos casos, sino la media voz y el centro (poco grave comprometido había en el programa). Y cabe destacar que cantó nueve arias (algunas muy largas, porque incluían recitativo y/o cabaletta), nada fáciles, acompañado correctamente por Rodríguez, un chico joven que tal vez debería controlar los movimientos de su cabeza y la forma de darle al piano en los momentos ‘culminantes’.

Destaquemos, de paso, que no hubo un solo instante de tregua con algún trozo exclusivamente pianístico, como se acostumbra cada vez más. De la primera parte, donde empezó con la gran aria de Romeo de la ópera de Gounod, y siguió con la primera de La favorite de Donizetti, a la que siguió la ‘aubade’ de Milo en Le roi d’Ys de Lalo, para volver al bergamasco con ‘Seul sur la terre’ de Dom Sébastien y a los dichosos nueve dos de Tonio en La fille du régiment, hay que destacar en particular la filigrana de la Serenata de Lalo (que le querría escuchar en mejores condiciones) y los dos Donizetti serios.

En la segunda el cansancio se notó fugazmente en la gran escena de Edgardo de Lucia di Lammermoor. Antes había dado una excelente versión de la cavatina de Tebaldo en los Capuletti bellinianos. Se dirigió luego al público con gran humildad diciéndole ‘crucen los dedos para lo que sigue’. Y siguieron ‘M’apparí’ en la versión en italiano de la Martha de Flotow (como se hizo famosa en su momento), muy bien aunque con una resolución del final acorde con el momento, y toda la escena de Alfredo en La Traviata en la que echó el resto con resultados magníficos (no era necesario que fuera al sobreagudo al final, no sólo porque no es obligatorio, sino porque era más que entendible).

De ese afecto nacieron dos bises notables, la conocida ‘Flor roja’ de Los Gavilanes de Guerrero y un final apoteósico. Se dirigió en catalán al público -por primera vez, subrayó- pidiendo que perdonara si se equivocaba en el fragmento siguiente porque lo había estudiado mucho. Y cantó ‘Rosó’ de Pel teu amor de Josep Ribas. No sé cuantísimos minutos estuvimos aplaudiendo, pero el sonriente Camarena se encontraba al final visiblemente emocionado. Con razón. Un concierto para atesorar más que si hubiera estado en perfectísimo estado.

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