España - Valencia

Quinta del 81

Rafael Díaz Gómez
miércoles, 26 de febrero de 2020
Sol Gabetta © Marco Borggreve Sol Gabetta © Marco Borggreve
Valencia, miércoles, 12 de febrero de 2020. Auditori. L. van Beethoven: Egmont (obertura). C. Saint-Säens: Concierto para violonchelo y orquesta nº 1 en la menor, op. 33. J. Brahms: Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68. Sol Gabetta, violonchelo. Bamberger Symphoniker. Jakub Hrůša, director. Decimotercer concierto de abono de la temporada 2019-2020 del Palau de la Música. Palau de les Arts
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Mírenle la cara a Rostropóvich cuando toca, esa doble línea horizontal de su boca, categórica, taxativa, acaso reflejo del arco que hiende el violonchelo con compacta lubricidad de carnicero. Fíjense ahora en el rostro de Gabetta, esa doble línea vertical de su entrecejo, el cauce por el que asciende lo que no puede permanecer pegado al suelo, un sonido dulce, de ponderada espesura y matizado color. Quédense con los dos, claro. Pero ahora nos toca permanecer un poco más junto a ella para recordar su exquisita articulación, la musical ligereza de su virtuosismo, la sensibilidad de su fraseo, el empaste de sus armónicos, el desafío hilado, casi detenido, sobre el silencio. Domina el Concierto de Saint-Saëns, lo mima, lo disfruta, lo comparte con los atriles que la rodean, y el director, de su añada (1981), balancea la orquesta, coordina sin rigidez y redondea una versión que nos atrapa desde que comprendemos (pronto) que la propuesta de la solista es más persuasiva que imperativa. Antes de que el movimiento central nos suspenda de un aliento, hasta la más soberbia de las resistencias ha debido de rendir la plaza. Un arreglo del Cant dels ocells, con el acompañamiento de la sección de chelos de la orquesta, se nos ofrece como regalo. La proposición, un punto arriesgada tal y como están las cosas de la política, es acogida sin rasgamiento de vestiduras ni reventones (exceptuadas quedan las salvas extemporáneas de aplausos) por un público escaso (media entrada) y en el punto de sazón habitual en estos sinfónicos eventos (es probable que las dos personas más jóvenes en la sala fueran Gabetta y Hrůša). 

Fue la única propina de la velada. Hrůša no se mostró rumboso. Me dio la impresión de que no le gustamos demasiado. ¡Con lo poco que tosimos en esta ocasión! Quizás no valoró positivamente la intervención de la masculina voz que ya casi a batuta levantada se destempló en una bronca de las de púlpito contrarreformista por lo que supongo era el uso de un teléfono cojonero. Iba a comenzar la Obertura de Egmont (desconozco si quien utilizaba el móvil acaso pertenecía a la Casa de Alba o si al menos exhibía por cabeza un casco de tercio de Flandes, ahora que esa opción vuelve a ser tendencia). Vueltos los procedimientos al cauce del respeto, la obertura, bien dosificada la tensión, tuvo un ágil y equilibrado discurrir. Orquesta de sonido compacto, con molla, bien sustentado en unas cuerdas de excelente calidad y unos vientos notables, aunque no del todo compensados, fue conducida por Hrůša tan pronto con una serena apostura, plena de ademanes mínimos dirigidos con el rostro a la complicidad de los atriles, como con un extremo gesticular llamativamente contrastante.

Pero, en cualquier caso, el tour de force venía en la segunda parte de la sesión con la Primera de Brahms. Sin renunciar a los principios ya exhibidos antes de estabilidad, mesura y rigor dramático, la sinfonía empezó bien y acabó mejor. El joven director moravo supo desde el arranque aislar e identificar los motivos constructivos y hacerlos avanzar sin desleimiento alguno y sin forzar el pulso (eso sí, quienes gusten en este inicio de un timbal apocalíptico seguro que no obtuvieron esa satisfacción), dejando respirar las frases, dándole consistencia no mórbida a la textura, regulando sin efectismos el fluir dinámico. Se cantó bien el segundo movimiento, con estupendas intervenciones del oboe, que ya se había significado con anterioridad, y con temple y maleabilidad (es posible que de todas formas se echara de menos un puntito de malicia) se perfiló el tercero. Mas la apoteosis llegó, soberbiamente organizada, en el cuarto. A quienes tengan tiempo por delante y un interés entonces no mermado, les emplazo a comparar esta lectura con la futurible que el propio Hrůša ojalá tenga ocasión de realizar en su madurez, cuando a la firmeza narrativa se le añada la sagacidad de la experiencia. De momento, este discípulo de Jiří Bělohlávek, está grabando para el sello Tudor las Sinfonías de Dvořák junto a las de Brahms (la Primera del de Hamburgo aún no ha aparecido), con el deseo por él expresado de aunar las culturas centroeuropeas de habla alemana y checa.

Deseo este que me trae a la mente, berlanguianamente, el Imperio Austrohúngaro. Seguramente sería mucho suponer que Hrůša sea conocedor del significado de lo berlanguiano. Incluso es improbable que Bělohlávek le haya hablado en alguna ocasión de las excelencias acústicas del Palau de la Música (yo le visité en una ocasión en el Rudolfinum tras un concierto y me dijo que guardaba muy buen recuerdo del auditorio). Pero uniendo una cosa con la otra, bien podría Hrůša hacerse una idea de lo berlanguiano a poco que siguiera las desgracias y gracietas de la reforma del edificio, excluido para la interpretación pública desde junio del pasado año por los desprendimientos de los paneles acústicos de los techos (signo revelador de otros problemas). Se comienza a leer por ahí, cuando el procedimiento administrativo para la reconstrucción aún está comenzando a andar, que hasta 2023 puede seguir la diáspora por toda Valencia de la actividad del Palau. Lo que faltaba para el duro de la música clásica en la ciudad. Y es que es sabido que de una reforma se conoce la fecha de comienzo pero no la de finalización, salvo que medien las cosas de la política, que entonces se llega a ignorar hasta lo más fundamental. Por cierto, el Palau de la Música se inauguró en 1987, vamos, que es más joven que Hrůša y Gabetta. ¡Pero qué cosas!

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