Alemania

Mozart y Bruckner, ruta directa al corazón

Juan Carlos Tellechea
lunes, 16 de marzo de 2020
Felix Bender © by F. Bender Felix Bender © by F. Bender
Essen, jueves, 27 de febrero de 2020. Gran sala Alfried Krupp de la Philharmonie Essen. Theater und Philharmonie (TUP). Alexander Krichel, piano. Orquesta Essener Philharmoniker. Director invitado Felix Bender. Wolfgang Amadé Mozart, Concierto número 23 para piano y orquesta en la mayor KV 488. Anton Bruckner, Sinfonía número 4 en mi bemol mayor WAB 104 Romántica. Festtage 2020. Séptimo concierto sinfónico. 100% del aforo.
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Si uno quiere ver alegre a una persona, no hay más que hacerle escuchar un concierto para piano de Wolfgang Amadé Mozart. Incluso a los no conocedores les gusta su música; la más adecuada para ganar almas y corazones receptivos. Mozart ya lo sabía; entre 1782 y 1786 este género dominaría su obra (entremedias terminaría Las bodas de Fígaro).

Con su magnífico Concierto para piano y orquesta número 23 en la mayor KV 488, calurosamente aclamado esta tarde, comenzaron los Theater und Philharmonie (TUP) Festtage 2020 de Essen, con la orquesta dirigida por Felix Bender (en sustitución de Ivor Bolton, por enfermedad de éste) y el pianista Alexander Krichel, quien acaba de regresar de una exitosa gira por China y Japón. El alcalde de la ciudad, Thomas Kufen, fue el encargado de presidir la ceremonia oficial de apertura.

Con gestos breves y precisos, Bender, que fuera asistente de Herbert Blomstedt en la Gewandhaus de Leipzig y en esta temporada dirige allí varias óperas, dejaba que el Allegro, grande y tierno, emanara con suavidad de la orquesta Essener Phiharmoniker, excelenteme afinada. La transición de la dirección a la parte de piano era fluida. Había brillo y claridad cristalina en el trazo; el mejor telón de fondo para las extraordinarias intervenciones solísticas de Krichel.

Las cuerdas y las maderas cumplieron una labor sobresaliente. El director concibe a Mozart sin una articulación excesiva en el acompañamiento orquestal. Se generaron así grandes momentos con una interpretación refinada y poética, con enorme precisión e intensidad en la puntualización de las notas. Bender reducía adecuadamente el volumen del colectivo, para que el solista se luciera y pudiera avanzar a su aire en la ejecución. Bajo los dedos de Krichel el Steinway sonaba más delicado y sensible que nunca.

El Adagio se sentía hondamente; cautivaba a la audiencia con su atmósfera recoleta y melancólica que reflejaba preocupación y resignación. El Allegro assai aportaba mucho movimiento y color, saltaba generosamente en su gestualidad despreocupada, con la cantidad justa de aceleración como para darle el impulso adecuado a la música.

En fin, el solista vivía la pieza tan a fondo que llevaba a la orquesta a una interpretación conmovedora. Tejía un entramado que permitía un paisaje sonoro encantador. Fueron 25 minutos de magia pura. Las ovaciones no se hicieron esperar y a los bises, Krichel entregó un fragmento de una lírica pieza que trajo de su tournée por China, Nubes plateadas cazan a la luna, romántica y plena de sonoridades características de la música de ese gran país que subyugan a un occidental recién llegado.

Bender tendió un enorme arco desde la primera hasta la última nota de este concierto. Tras el intervalo vino la Sinfonía número 4 en mi bemol mayor WAB 104, la Romántica de Anton Bruckner. El director ama su música y especialmente esta composición. A Bruckner le hubiera estado permitido aquí ser ruidoso, y con todas sus ganas. Sin embargo, Bender hizo brillar a los metales, sin que llegaran a estallar inconteniblemente.

Al igual que en el concierto de Mozart, había aquí también una gran cantidad de momentos de paz y tranquilidad en toda la instalación, si bien debajo de la superficie la energía seguía borboteando con gran vitalidad. Las puntualizaciones del tema principal en el primer movimiento (Bewegt, nicht zu schnell), tienen un poder pulsante, y es precisamente este impulso en las notas pequeñas lo que le da energía a la música. Bender usa rubati con moderación y de forma dosificada, y esto refuerza la impresión del rigor con el que la música crea su propio cosmos. El director vigilaba con gran celo que la orquesta no se desmadrara.

Bruckner terminó esta sinfonía el 22 de noviembre de 1874 a las 21:30 horas, tras once meses de labor, como anotaría con acribia en su protocolo diario, pero la estrenaría siete años más tarde en Viena. En ese tiempo el compositor reestructuraría la obra varias veces, por lo que no es de extrañar que pueda desconcertar un poco hoy al oyente no avisado, ya que le quitó, le cortó y le incorporó diferentes pasajes, y hasta cambió movimientos enteros.

El subtítulo Romántica no tiene nada que ver con lo que conocemos por tal de aquella época, sino que más bien quiere enfatizar con sus sonidos en la verdadera majestuosidad espiritual de la naturaleza, dejando al oyente en entera libertad para crear sus propias asociaciones mentales.

El despertar del día en el primer movimiento y los ecos de las trompas de caza en el tercero (Scherzo... Bewegt – Trio. Nicht zu schnell, keinesfalls schleppend) son asociaciones obvias. El segundo (Andante quasi allegretto) contrasta con el primero en su carácter de marcha fúnebre y el gran destaque de los violonchelos y las violas en sus diferentes variaciones.

En la presente versión, no la más convencional, elegida por los Filarmónicos de Essen con el Finale. Bewegt, doch nicht zu schnell, uno tendería a pensar en el Juicio Final. Pero el mismo compositor confesaría en aquellos años al pedírsele que explicara con palabras cuáles habían sido sus ideas fundamentales para ese cuarto movimiento: Ja, da woaß i selber nimmer, was I mir denkt hab (sí, ni yo mismo sé lo que había pensado).

Sea como fuere la orquesta llenó con su sonido la gran sala auditorio Alfried Krupp con un fortissimo múltiple, aunque de ninguna manera ruidoso ni estruendoso, sino más bien graduado con gran precisión por Bender en términos de hacerlo entendible por todo el mundo. Muy bien las trompas, los metales, las maderas, los timbales, y las cuerdas en general. Fue un concierto memorable, cerrado con aludes de ovaciones de pie del millar de espectadores que llamaron al director a volver varias veces al escenario.

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