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Mariss Jansons. Ein leidenschaftliches Leben für die Musik

Juan Carlos Tellechea
lunes, 13 de abril de 2020
Mariss Jansons © 2020 by Piper Verlag Mariss Jansons © 2020 by Piper Verlag
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Mariss Jansons decía experimentar una especie de hipnosis cuando dirigía una orquesta y no podía explicarse los entresijos del mecanismo. Tampoco sabía muy por qué los músicos de un colectivo tocaban muy bien para un director que solo movía manos y brazos, mientras que no respondían del mismo modo para cualquier otro que hiciera los mismos movimientos.

Todos los músicos de las grandes orquestas que dirigió en su vida estaban dispuestos a darlo todo por su ejemplar abnegación, desde sus inicios en 1973 como asistente de dirección de la Orquesta Filarmónica de Leningrado, pasando por la Filarmónica de Oslo, la Orquesta Sinfónica de Pittsburgh, la London Philharmonic Orchestra, la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, la Koninklijks Concertgebouworkest de Amsterdam, la Filarmónica de Berlín y la Filarmónica de Viena.

De esa consagración hemos sido testigos privilegiados en varias oportunidades, en diferentes conciertos en Europa, y no pocas veces el público en las salas derramaba al final de esos recitales lágrimas de emoción, de alegría y de agradecimiento por las indescriptibles ejecuciones musicales que brindaba.

Ahora, tres meses después de su lamentable desaparición el 1 de diciembre de 2019 en San Petersburgo, a los 76 años, el periodista Markus Thiel entrega la primera biografía, escrita con mucha agilidad, de uno de los directores y músicos más importantes de nuestro tiempo titulada Mariss Jansons. Ein leidenschaftliches Leben für die Musik* (Mariss Jansons. Una vida apasionada por la música) publicada por la prestigiosa editorial Piper Verlag de Múnich.

El mundo entero lloraba la pérdida de este gran artista que se consideraba humildemente como anticuado, porque sobre todo se sentía comprometido con la música y no con el glamur, la publicidad y los espectaculares saltos ascendentes en su carrera profesional. Mariss Jansons llevó siempre a sus músicos al máximo de su rendimiento a través de ensayos meticulosos y una voluntad incondicional de expresarse, señala Thiel en su obra que se lee con mucho placer.

Las luchas de Mariss Jansons con sus problemas cardíacos congénitos eran casi legendarias, pero además en el verano de 2018 tendría que enfrentar una infección viral grave de la que a duras penas pudo recuperarse, hasta que su físico no quiso soportar más el esfuerzo y sufrió un parón definitivo. Venía de una gira por Europa y Nueva York que finalizaría agotado, casi arrastrándose a comienzos de noviembre de 2019.

Se dice rápido, uno de los mejores directores de nuestro tiempo. El asombro que despertara este genio era increíble. A diferencia de las grandes estrellas del momento en el universo de la música clásica, no había nadie que lo rechazara rotundamente o que estuviera inclinado a concurrir con él. Era realmente un director muy popular, muy querido, sumamente amigable, discreto, que nunca se vanagloriaba ni pedía afecto. Toda esa admiracion por Mariss Jansons surgía espontáneamente, porque era como era: genuino y honesto.

Su ethos se alimentaba de traumas infantiles. Jansons tenía siete años cuando tuvo que mudarse de su Riga natal a San Petersburgo (Leningrado) con su padre, el director Arvīds Jansons, y su madre, la mezzosoprano Iraīda Jansone. Su progenitor tenía un nuevo trabajo allí y el pequeño Mariss fue arrojado al agua fría de un nuevo mundo, cuyo idioma y costumbres no entendía.

Su más tierna infancia había sido ya conmocionada, por decir algo más o menos próximo a lo que tuvo que haber soportado. Su madre lo trajo al mundo el 14 de enero de 1943 en el gueto de Riga. La Alemania nazi ocupaba Letonia desde 1941. Como miembro de una familia judía la vida de Iraīda corría peligro; su hermano y su padre ya habían sido asesinados por la barbarie de las SS. Tuvieron que esconderse hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) para ponerse a salvo y no terminar en uno de los campos de exterminio del régimen de Adolf Hitler.

Por lo tanto, desarrollaría una relación muy especial con su madre, quien le brindaba apoyo incluso en los momentos en que se encontraba casi desarraigado. Solo con un trabajo duro, a menudo sobrehumano, podría encontrar su camino en esa nueva vida en la entonces Unión Soviética. Fue una especie de segundo nacimiento: Mariss Jansons se convertiría en un trabajador obsesivo, en un adicto al gran esfuerzo y el legendario director soviético Yevgueni Mravinski de la Orquesta Filarmónica de Leningrado en una especie de segunda figura paternal para él.

El hecho de que sus orquestas, Oslo (1979-2000), Pittsburgh (1997-2003), Amsterdam (2004-2015) y Múnich (2003-2019), alcanzaran los niveles musicales que alcanzaron se debe a la ética de trabajo de Mariss Jansons. Todos los integrantes de esas grandes agrupaciones sintieron que había alguien prodigioso frente a ellos que no tenía vanidad, que verdaderamente y sin descanso se consagraba a la música y que los conducía por ese mismo derrotero.

Con las orquestas tienes que ser como eres, decía siempre Jansons, citado por el autor del libro. No se debe intentar mostrarles una falsa personalidad. Si finges autoridad, la orquesta nota de inmediato que es algo artificial y eso es peor aún. Los músicos de las orquestas advierten rápidamente cuando un director quiere mostrarse prepotente.

El compromiso honesto que Jansons irradió a su entorno, estimuló a los músicos. Como se sacrifica y entrega tanto, sientes que debes complacerlo y darle todo, decía en una oportunidad Heinrich Braun, contrabajista de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Simplemente no quieres decepcionarlo.

Jansons era directo, a menudo abrumadoramente agradable, transparente en el mejor sentido del término. Para él, la mayor virtud de un director de orquesta no era el oficio ni el conocimiento ni la conciencia del sonido o algo parecido, sino la honestidad. También era un hábil táctico, amable, experimentado, inteligente, inflexible, problemático, sobre todo para los políticos en el área cultural, pero jamás un intrigante. Jansons luchaba menos por sí mismo; siempre lo hacía por sus orquestas. Al igual que con el primer puesto de jefe de la Orquesta Filarmónica de Oslo, se trataba de aumentar el número de empleos y elevar los sueldos, así como de construir una sala de conciertos, tanto en la capital noruega como más tarde en Múnich.

El director argumentaba, y con mucha razón, que solo las mejores condiciones edilicias y acústicas hacen posible una buena música. En Oslo fracasó, tras dos décadas de empeños, fue prácticamente estafado. En Múnich los políticos también lo defraudaron, pero finalmente salió victorioso del debate, aunque nunca lo dijo para no jactarse de ello.

Mariss Jansons también permaneció incomprensible como intérprete. No había forma de encasillarlo, no era ni un romántico ni un amante del sonido; esto también, porque fue socializado en varias escuelas, con Mravinski, dictador de la Nueva Objetividad, con Hans Swarowsky en Viena, y con el fetichista del sonido Herbert von Karajan, quien lo apoyó y lo llevó a Salzburgo como asistente. Y por último, pero no menos importante, con su propio padre, Arvīds, con quien Mariss Jansons tuvo una relación profunda e íntima.

A lo largo de las décadas, Jansons siempre ha permanecido abierto y permeable a los nuevos modelos de interpretación. Visitaba con frecuencia los ensayos de sus colegas, como Nikolaus Harnoncourt, Riccardo Muti o Carlos Kleiber; discutía con ellos, y nunca consideraba sus propios hallazgos y sus interpretaciones como la última y verdadera versión. A veces me siento feliz cuando encuentro algo interesante en un único compás o en un solo matiz, solía decír.

Su sed de control y su perfeccionismo irradiaban hacia lo no musical y hay una serie de historias divertidas sobre sus giras. Mariss Jansons era además un anfitrión de primera y de modales refinados. Su debilidad era el savarin original del hotel Sacher de Viena y no hacía más que recomendarlo a sus huéspedes mientras él mismo lo disfrutaba goloso cuando se presentaba la ocasión.

Lo que comenzó una vez en Leningrado evolucionaría a lo largo de una carrera extraordinariamente rectilínea hasta su deceso, como si un gran desconocido hubiera escrito un guión totalmente lógico y riguroso. Dirigir y compartir su amor por la música con sus orquestas era algo irremplazable e inimaginable en su vida. Las Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta de Richard Strauss, la postrer obra que compusiera en 1948, fue también la última que dirigiría Mariss Jansons aquel memorable 8 de noviembre en el Carnegie Hall de Nueva York.

Jansons tenía todavía muchos proyectos por delante y planeaba, además de participar en el Año de Beethoven 2020, dirigir en el Festival de Salzburgo el 20 de agosto próximo uno de sus sueños, la ópera Borís Godunov de Modest Músorgski. No pudo ser y quizás tampoco será (¿quién lo sabe?) en medio de esta endemoniada pandemia de coronavirus de consecuencias imprevisibles.

Notas

Markus Thiel, "Mariss Jansons: Ein leidenschaftliches Leben für die Musik", Munchen: Piper Verlag GmbH, 2020. ISBN 978-3492059596

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