250 aniversario de Ludwig van Beethoven

El desencuentro de Beethoven y Goethe

Juan Carlos Tellechea
miércoles, 15 de abril de 2020
J. Caeyers: Beethoven © 2020 Verlag C.H.Beck oHG J. Caeyers: Beethoven © 2020 Verlag C.H.Beck oHG
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La pequeña ciudad de Teplice, a unos 100 kilómetros al noroeste de Praga, alberga el balneario de aguas termales más antiguo de Bohemia (hoy República Checa) y era un centro de salud de moda en el siglo XIX. En el verano se encontraba allí la flor y nata de la alta sociedad de la época, la pareja imperial austríaca, el rey de Sajonia y otras encumbradas figuras de la nobleza que residían en los hospedajes más caros del lugar, el Grand-Hotel zur Post, el Goldener Schiff o el Goldener Sonne, a menos que vivieran en el castillo que pertenecía a la familia austríaca Clary-Aldringen y que estaba abierto a toda la aristocracia.

El emperador de Austria Francisco I y su esposa María Luisa de Austria-Este darían allí sus recepciones en 1812, al igual que el rey de Sajonia, el archiduque Carlos Augusto de Wurzburgo y duque de Sajonia-Weimar.

Sus sitios habituales de reunión y de encuentro se distribuían entre las elegantes salas de baños y los cafés, donde pasaban el rato charlando y bebiendo. Los paseos en aquella mundana vida discurrían bajo las columnatas de señoriales edificios, en los que anidaban asimismo negocios de venta de recuerdos y otras chucherías.

En aquel verano de 1812 se vivía un momento problemático. Europa bufaba bajo el dominio de Napoleón Bonaparte, quien había invadido Rusia con 600.000 hombres, y el tema del momento era la situación política y militar. Un año más tarde y en el curso de las guerras napoleónicas, las monarquias aliadas de Austria, Prusia y Rusia firmarían un acuerdo en el castillo de Teplice y establecerían allí su cuartel general.

Debido a los acontecimientos bélicos en las proximidades de Viena y la ocupación de la ciudad por las tropas napoleónicas, Beethoven había permanecido allí el verano de 1809. Aprovechaba la oportunidad para leer mucho, investigar y preparar sus clases de composición. Sentía la necesidad de compensar de alguna forma sus déficits en materia de cultura general, historia de la Antigüedad, literatura...

En aquellos días recibiría una carta oficial del Instituto Real de las Ciencias, la Literatura y las Bellas Artes de Amsterdam nombrándolo miembro corresponsal de esa importante institución, a la que pertenecían también renombrados músicos y escritores como Johann Friedrich Reichardt o Friedric Rochlitz.

Egmont

Pocas semanas después parecía que iría a cumplirse uno de sus sueños, conocer personalmente a Johann Wolfgang von Goethe y se le solicitaba que compusiera la música para el drama Egmont (1787). La dirección del Hoftheater (el Teatro de la corte) de Viena había decidido nadar a favor de la corriente del nacionalismo y llevar a escena dos piezas que glorificaban la rebelión del pueblo contra el dominio extranjero. Las dos dos obras serían Guillermo Tell, de Friedrich Schiller, y Egmont, de Goethe.

No solo se iba a invertir a lo grande en la régie, los decorados y el vestuario, sino también en una nueva música. Además de Beethoven sería encomendado con la tarea Adalbert Gyrowetz, Kapellmeister del Hoftheater. No se conocen en profundidad los detalles del porqué de esta decisión, pero Beethoven declararía tiempo después que había compuesto la música de Egmont en honor al príncipe de los poetas alemanes y que no había reclamado ningún honorario por ello. La realidad debió haber sido tal vez algo más compleja.

Aparentemente, Beethoven habría dicho que los textos de Goethe eran fáciles de musicalizar. Posiblemente pudieron haber sido incluso decisivos para él algunos sentimientos nostálgicos, ya que la trama de Egmont se desarrolla en Flandes, la tierra de sus antepasados. Sigue siendo pura especulación la hipótesis, según la cual la decisión de Beethoven sobre Egmont fue motivada por el hecho de que el héroe del drama fue ejecutado en el mismo lugar en el que lo habría sido también una ascendiente de él tres décadas después.

Naturalmente, el público de Viena sentía simpatía por Egmont, toda vez que reconocía en los motivos de aquella rebelión en Flandes contra el dominio español y su regente, el Duque de Alba, algo parecido que vivía en esos momentos. Todo eso le resultaba conocido a los vieneses, sobre todo a los nobles, lo mismo que la vacilación de Egmont entre los grandes objetivos políticos y el oportunismo liso y llano. Pese a todo, la pieza no alcanzaría mucho éxito.

El propio Schiller ya criticaba sus puntos flacos en una reseña publicada en el Allgemeine Literatur Zeitung de Jena. Para Schiller se trataba solo de una simple retahila de acciones y descripciones sin una implicacion directa ni un plan dramático, y además sin un carácter grande o fuerte de los personajes principales.

Beethoven no habría sido Beethoven si no hubiera intentado darle con su música más coherencia interna al drama. Se esperaba de él una buena obertura, algunos Lieder, cuatro entreactos y un final. Como ocurriera una década antes con la música del ballet Las criaturas de Prometeo, el compositor trabajó con ahinco y se tomaría la cuestion muy en serio. Su composición era demasiado importante para el objetivo y no lo satisfaría. Además demoró mucho más de lo previsto y la música no pudo ser presentada con el estreno de la pieza el 24 de mayo de 1810, sino en la cuarta función el 15 de junio.

Debido a la propia historia de la recepción de la obra en sí misma, no tuvo gran alcance en el público, y como la composición estaba estrechamente ligada a la trama era muy dificil ejecutarla como pieza de concierto, como le advirtiera a Beethoven desde un principio su editorial en Leipzig Breitkopf & Härtel. Sin embargo, Egmont no sería la última pieza musical para teatro creada por Beethoven.

Beethoven en Teplice

Un año más tarde le llegaría el pedido para componer una obra con motivo de la inauguración en Pest de un nuevo teatro imperial. Tenía que escribir 19 movimientos, más de una hora y media de música. En realidad estaba física y mentalmente agotado. Había compuesto en ese lapso además dos sonatas para piano, una sonata para violín, un trío para piano y dos cuartetos de cuerda. Como si hubiera sido poco, entre 1811 y 1812 compuso además las Sinfonías nº 7 y 8. En ésta última sobre todo ya se nota el cansancio que transmitía Beethoven en sus movimientos. El médico le recomendaba que se tomara vacaciones en Italia, por ejemplo, pero un viaje a ese país le resultaba demasiado caro.

Beethoven optó entonces por descansar en Teplice. Esa fue la primera vez que lo haría en ese balneario termal. Al final, las obras para Pest serían estrenadas con retraso, el 9 de febrero de 1812 y no el 13 de septiembre anterior como se había planeado originalmente, debido a demoras en la construcción del edificio, El rey Esteban op 113 y Las ruinas de Atenas op 117 terminarían después en una gaveta. Si se escuchan con atención se descubrirán pasajes de Leonora, Cristo en el monte de los olivos e incluso de las Kaiserkantaten WoO 87 y WoO 88 (Bonn, 1790).

El compositor había aprovechado al máximo todos los materiales que poseía. Solo la opus 117 volvería a tocarse en la inauguración del Josephstädter Theater en octubre de 1822. Entretanto, ya había consumido más de la mitad de su descanso en Teplice.

Tanto allí como en Karlovy Vary, distante unos 100 kilómetros al suroeste de Teplice, no solo veraneaban los aristócratas, sino también los nuevos ricos de Polonia y Rusia por puro esnobismo. Estos venían más con problemas derivados de perturbaciones metabólicas, por excesivas ingestiones de alimentos sumamente grasos y mucho alcohol.

En fin, no eran esos los lugares más adecuados para Beethoven. Las propiedades de las aguas termales, para el tratamiento de reuma, gota y ciática, no eran las que él necesitaba para su recuperación, más de índole espiritual e intelectual que física. También la música que se difundía bajo los soportales -comparable al Muzak de hoy- le ponía sumamente nervioso.

De todas formas, en Teplice conoció alguna gente interesante; la pareja de poetas Christoph August Tiedge y Elisabeth von der Recke, el diplomático alemán Karl August Varnhagen von Ense y su hermosa y excéntrica compañera, más tarde su esposa, Rahel Levin, el jurista de Graz y organizador de conciertos Joseph von Varena y la cantante berlinesa Amalie Sebald.

Normalmente, Beethoven se mantenía ajeno a la sociedad que frecuentaba los teatros. Solo en una oportunidad sería publicitada su presencia en su segundo viaje a los balnearios bohemios en el verano de 1812. En Karlovy Vary tocaría en un concierto benéfico junto al virtuoso violinista italiano Giovanni Battista Polledro para ayudar a las víctimas del catastrófico incendio en Baden (cerca de Viena) el 26 de julio de 1812.

De ese balneario Beethoven era huésped habitual y conocía muchas personas de allí. El incendio desatado destruyó casi 200 viviendas, la alcaldía, la iglesia, la escuela, el elegante palacio de La Redoute y el teatro. El concierto en Karlovy Vary recaudaría 1.000 gulden para los damnificados, a pesar de que con las guerras napoleónicas acudía menos público a estos recitales.

El encuentro entre Beethoven y Goethe

Unos días antes, el domingo 19 de julio de 1812 Teplice sería además escenario del primer encuentro en la cumbre de dos de los mayores genios de la cultura alemana, el poeta, novelista, dramaturgo y científico Johann Wolfgang von Goethe, y el compositor Ludwig van Beethoven. Tras ese acercamiento inicial se seguirían viendo casi a diario por varias jornadas más, realizarían caminatas juntos o pasearían en bote por el río Bílina, y al menos una tarde de aquellas Beethoven improvisaría al piano para Goethe.

Goethe escribiría en una carta a su mujer aquel primer domingo: Nunca había visto a un artista más parco, más enérgico, más recóndito. Entiendo muy bien cómo tiene que enfrentar con extrañeza al mundo.

Beethoven, por su parte, comentaría sobre el carácter de su interlocutor: A Goethe le gusta demasiado la atmósfera de la corte, más de lo que le conviene a un poeta. No hay mucho más que decir aquí sobre la ridiculez de los virtuosos, cuando los poetas, que deben ser vistos como los primeros maestros de la nación, pueden olvidar por ese deslumbramiento todo lo demás.

Cómo no se habrá tirado de los cabellos la escritora romántica Bettina von Brentano, cuando llegó a Teplice el 27 de julio y se enteró de que días antes se habían encontrado allí Beethoven y Goethe. Cuenta Brentano, sin haber sido testigo ocular o directo de la cita, que cuando el poeta y el músico iban caminando tomados del brazo se aproximaba la pareja imperial austríaca. Goethe le habría dicho en ese momento al compositor: Mire mi estimado Beethoven. Allí viene la emperatriz con su séquito hacia nosotros hagámonos a un lado. A lo que Beethoven le respondería: Permanezca tomado de mi brazo. Ellos deben hacernos lugar ¡Nosotros no!

Goethe no opinaba igual y la situación le resultaba muy desagradable. Se soltaría del brazo de Beethoven, se haría a un lado y se quitaría el sombrero para saludar al emperador y a su mujer, mientras Beethoven, cruzado de brazos, continuaría caminando por el medio del grupo, entre los archiduques de Austria.

Parafraseando a Giordano Bruno, diríamos hoy que se non è vero, è ben trovato. La historia pudo haber sido inventada, pero da en el blanco, porque la tan aguardada reunión de los dos gigantes, tan valorados artísticamente, habría sido un fiasco desde el punto de vista humano.

Goethe, el distinguido consejero privado del rey de Sajonia, el archiduque Carlos Augusto de Sajonia-Weimar-Eisenach, estaba horrorizado por el grosero comportamiento de Beethoven, a quien le tenían sin cuidado la cortesía y los buenos modales sociales.

Quién, si no alguno de los protagonistas, pudo haberle contado a Brentano con tanta riqueza de detalles el paradigmático incidente. Pero Goethe y su esposa, Christiane, estaban enemistados desde el año anterior con Brentano y su marido, Achim von Arnim, por un incidente público en el que casi se fueron a las manos. Por lo tanto, no pudo haber sido más que un invento de la escritora para vengarse de Goethe, quien les prohibiría a ella y a su esposo entrar a su hogar.

Los caminos de Beethoven y Goethe se separarían unos días después. Pese a todo, Goethe en una misiva a su amigo Carl Friedrich Zelter músico, compositor, director de orquesta y pedagogo en Berlín, encontraría algunas palabras comprensivas para Beethoven: Desafortunadamente, es una personalidad totalmente indómita. Por otra parte, hay que disculparle por su creciente sordera, que es muy de lamentar y que quizás perjudica menos la parte musical que la social de su ser. Él es ya de por sí una naturaleza lacónica que se duplica ahora por esa pérdida de la audición.

Goethe era huésped asiduo en Teplice y Karlovy Vary y al contrario que Beethoven se movía hábilmente y con enorme placer en la elegante sociedad. Gozaba de la atención que le dispensaban los distinguidos huéspedes del balneario que quizás habían estudiado o leído con interés su Teoría de los colores aparecida en 1810. Sobre todo, la joven emperatriz María Luisa, la tercera esposa de Francisco I, admiraba hasta la exaltación a Goethe; lo que halagaba mucho al mujeriego de casi 63 años.

En el verano de 1812 Goethe y María Luisa se encontrarían diariamente. Oficialmente el gran vate introducía en la literatura alemana a la emperatriz, nacida en Monza, Italia. En las tertulias del balneario se especulaba que era algo más que el amor por el arte lo que les unía.

Goethe evocaría más tarde conmovido y con añoranza aquellos encuentros. La emperatriz, quien en mayo de ese mismo año había sido invitada renuente a la asamblea de los monarcas alemanes reunidos en Dresde por Bonaparte (a quien detestaba) para celebrar su guerra contra Rusia, sería finalmente la encantadora anfitriona del Congreso de Viena de 1815, para restablecer las fronteras de Europa, tras la derrota de Napoleón y reorganizar las ideologías políticas del Antiguo Régimen. María Luisa falleceria de tuberculosis en Verona el 7 de abril de 1816.

El 27 de julio el compositor partiría hacia el balneario termal de Karlovy Vary, como mencionábamos más arriba, y nunca más volvería a encontrarse con Goethe, ni siquiera intercambiarían mensajes epistolares, relata el musicólogo Jan Caeyers en su nuevo libro Beethoven. Der einsame Revolutionär, publicado por la editorial C. H. Beck de Múnich. Tal habría sido el desencanto que experimentarían ambos mutuamente.

Sus personalidades eran enormemente diferentes y no sentírían ninguna necesidad de acercarse y conocerse más. Goethe se apoderaba de ideas, asociaciones e imágenes; Beethoven estaba poseído por ellas. De ahi que Goethe formulara sus pensamientos matizándolos y con cautela. Asumía ya en tales declaraciones la factible relativización o negación de sus propias afirmaciones.

Beethoven, en cambio, hacía exactamente lo contrario, elevaba sus pensamientos a la categoría de certezas y dejaba poco margen para la interpretación o para la duda. Pero, sobre todo, Beethoven era un tipo de artista muy diferente a Goethe. El poeta era generalista con un horizonte extraordinariamente vasto y podía pasar fácilmente de una disciplina a la otra. Un día podía trabajar en el Fausto, al día siguiente se ocupaba de la anatomía humana, y al tercer día filosofaba sobre los colores y el arte. Así podría darse la impresión de cierta arbitrariedad; todo parecía ser igualmene importante, igualmente interesante, pero nada realmente importante.

A los ojos de Beethoven esto era diletantismo puro. El genial compositor era el prototipo del artista moderno, especializado, monolítico y a veces incluso monómano, dinámico e idealista, intransigente y jamás satisfecho, inquieto y obseso. Aquí chocaban realmente dos mundos completamente diferentes. Solo podemos intuir lo que habría ocurrido si Beethoven hubiera conocido al otro gigante de la literatura alemana, a Friedrich Schiller, quien lamentablemente había fallecido en 1805 en Weimar de tuberculosis y neumonía. Posiblemente hubieran encontrado ambos un lenguaje común, tienta Caeyers en una inverificable hipótesis histórica.

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