Italia

‘Seinovecento’: los caminos del amor

Jorge Binaghi
martes, 25 de agosto de 2020
Antonacci en Martina Franca © 2020 by Festival della Valle d’Itria Antonacci en Martina Franca © 2020 by Festival della Valle d’Itria
Martina Franca, viernes, 31 de julio de 2020. Palazzo Ducale. Concierto de canto, orquesta, y piano. Obras de Frescobaldi, Monteverdi, Rossi, Muffat, Charpentier, Leo, Respighi, Martucci, R.Strauss / W.Gieseking, Poulenc, Ravel, y Bizet. Anna Caterina Antonacci, soprano. Francesco Libetta, piano. Orchestra Cremona Antiqua: Antonio Greco, concertador al cémbalo y al órgano. Festival della Valle d’Itria 2020
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Y este fue ‘EL’ concierto de todos los conciertos del Festival della Valle d’Itria, aunque el programa resultara para algunos un tanto refinado. Desde mi particular punto de vista fue perfecto (y si fue refinado, nunca lo es ‘un tanto’, ni ‘muy’, ni ‘demasiado’: es la opción de los artistas fuera de serie, de esos ‘únicos’ que por fortuna y no sé por qué misterio aún quedan. Ciertamente no son los más ‘populares’ ni ‘mediáticos’. No significa que no sean en realidad los mejores). Y podría haber sido dedicado sin un cambio a la inmensa Franca Valeri, quien acaba de fallecer tras un siglo de vida plena. Este es mi modesto pero sentido homenaje a su memoria.

Fue el exacto opuesto del concierto presentado en el mismo lugar el día anterior. No hubo lugar para ninguna concesión, para ninguna exterioridad. Y fue una alegría ver el éxito que tuvo, y que fue in crescendo hasta terminar con la asistencia de pie y reclamando un segundo bis -que no hubo- tras la Habanera de Bizet, a la que me referiré al final.

El ‘extraño’ título se debía a que las páginas propuestas incidían en los repertorios del siglo XVII y el XX, en los que ‘la’ Antonacci se mueve como pez en el agua.

Como en todos los demás no hubo intervalo, de modo que las piezas instrumentales se enlazaron fluidamente con las vocales, en especial en la ‘primera parte’ barroca. La orquesta estuvo espléndida y muy acertado el concertador, Greco. También el grupo de jóvenes solistas masculinos que cantaron pequeñas partes. Ignoro cuánto tiempo habrán ensayado, pero la tónica general es que no mucho, y en este caso no se notaba: todos, entre sí y con la soprano, parecían muy bien coordinados. También en el caso del pianista para la segunda parte, Libetta, aunque tratándose del siglo pasado era inevitable que se marcaran las cesuras entre piezas muy diversas (algunas más que otras) y también allí el entendimiento con la solista fue bueno aunque ella marcaba visiblemente algunas entradas. El nivel del piano también fue excelente, aunque personalmente preferí la versión que Walter Gieseking hizo de la Serenata de Richard Strauss al Ravel de Jeux d’eau y sobre todo al Leonardo Leo de la ‘serenata para piano’ de Amor vuol sofferenza.

Me detengo un momento en este título porque, aunque el programa llevaba el nombre general que he apuntado, debía en realidad haber llevado como subtítulo lo que he colocado a su lado, Les chemins de l’amour, que es el nombre de la célebre canción que Poulenc escribió sobre texto de Jean Anouilh para Yvonne Printemps y con el que Antonacci concluyó el recital.

Digamos enseguida que es un recorrido más bien por las desdichas del amor, que suelen ser más fértiles que las alegrías tanto en literatura como en música. Y así tuvimos, de Monteverdi, la queja por el abandono del amante representada, obviamente, por el famoso Lamento di Arianna seguido del menos célebre pero igualmente extraordinario Lamento della ninfa, el doble aspecto dolor-alegría de Orfeo en la ópera homónima Vi ricorda, o boschi ombrosi y la entrada de la real Octavia (el único papel principal que le falta abordar de L’incoronazione di Poppea, y que sería de desear que al menos hiciera una vez en forma completa).

Pasamos luego a la Médée de Charpentier de la que Antonacci fue intérprete suprema en Ginebra [ver reseña], de la que eligió ‘Quel prix de mon amour’. El color y la morbidez de la voz cobriza de la cantante se mantuvieron sin mácula y sin oscilación todo el tiempo, con una musicalidad y exactitud estilística que ni se notaban por la aparente espontaneidad de las interpretaciones (es entonces cuando hay que recordar la máxima ‘el arte que oculta el arte’ que nos viene de la Antigüedad de la mano de Ovidio).

Del Novecento italiano escuchamos la conocida Sopra un’aria antica de Respighi y tres números de La canzone dei ricordi de Martucci (‘No, svaniti non sono i sogni’, ‘Fior di ginestra’ y ‘Nel folto bosco’) en los que la pena de amor adquiere, incluso en el texto de D’Annunzio para la primera, matices resignados y nostálgicos a diferencia de los anteriores.

Con Poulenc entramos, luego del fragmento de la Medea de Charpentier, en el magisterio de Antonacci en los autores y la lengua francesa. Intérprete de referencia de La voix humaine seguimos esperando uno de los papeles que tan bien interpretaría de los Dialogues des carmélites. En esta ocasión eligió dos números bien diferentes como La dame de Montecarlo y, como hemos dicho, Les chemins de l’amour. La primera es de lo más pesimista que ha escrito Cocteau y de todo este recital. Es la única que termina en la degradación y la muerte, y los sucesivos ‘Montecarlo’ que jalonan el relato resultaron estremecedores en la voz desolada y al mismo tiempo distante de la intérprete. Les chemins de l’amour es, como corresponde a un ritmo de vals, mucho menos angustiada y más ‘positiva’, si positiva es la nostalgia por lo aún no encontrado y ya perdido pero que se sigue buscando con la resignación de saber que no se encontrará. Intenten ustedes imaginar cómo suspiraba estos versos, y en particular el último, la gran artista: "Chemins de mon amour …Je vous cherche toujours./ Chemins perdus, Vous n’êtes plus Et vos échos sont sourds./Chemins du désespoir, Chemins du souvenir/Chemins du premier jour,/Divins chemins d’amour."

¿Qué se hace como bis luego de esto? Imposible, o casi. Y cuando las primeras notas del piano, para alegría de buena parte del público, hacen reconocer la Habanera de la Carmen de Bizet, en la que la Antonacci ha dejado su huella, algunos pensamos: ‘ahora estamos claramente en el mundo de la ópera y en el siglo XIX. ¿No habría otro fragmento menos trillado, menos ‘de gran público’ para este programa fantástico? Como uno es estúpido, pero los grandes artistas no, esta ‘habanera’ no fue parecida a ninguna otra, ni de la misma intérprete. Resultó, casi, una canción de cámara sobre la volubilidad y fragilidad del amor, en el fondo su imposibilidad’, por momentos susurrada y con gestos mínimos pero antológicos como esa mano que se alza y describe un tímido vuelo sobre las palabras ‘battit de l’aile et s’envola’. Y allá se fueron los sueños de amor por un momento verdaderos gracias al arte de una cantante única. Que al día siguiente, junto con Fabio Luisi, recibió merecidamente el premio ‘Bacco dei Borboni’ (aunque este último nombre adquiera de nuevo en estos días resonancias poco gratas para varios oídos españoles). 

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