Novedades bibliográficas

Amores prohibidos en la historia del arte

Juan Carlos Tellechea
martes, 20 de octubre de 2020
Gesichter mit Geschichten © 2020 by Prestel Verlag Gesichter mit Geschichten © 2020 by Prestel Verlag
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La historia del arte es también antropología y acudir a un museo puede resultar tanto o más entretenido que hojear revistas del corazón, esperando turno en la peluquería o en el consultorio del médico o del dentista. Esa es al menos la sensación que le deja a uno el fascinante libro publicado por la editorial Prestel/Randomhouse de Múnich, titulado Gesichter mit Geschichten. 43 Porträts in der Kunst* (Rostros con historias. 43 retratos en el arte), escrito por los críticos Michele Robecchi y Francesca Bonazzoli.

¿Quien era La Dama del armiño de Leonardo da Vinci? ¿Quién era La Fornarina de Rafaello Sanzio da Urbino (Rafael)? ¿Quien era la Danáe de Tiziano o el Vecino de Marlene Dumas? Este espléndido volumen ilustrado cuenta historias emocionantes y olvidadas detrás de famosos retratos de cinco siglos.

Robecchi, quien vive en Londres y es además comisario de exposiciones, así como Bonazzoli, historiadora de arte que escribe desde 1992 para el Corriere della Sera, seleccionaron los 43 retratos de los últimos 500 años para presentar sus historias ocultas: óleos, dibujos, esculturas, fotos e instalaciones.

Han sido también reunidas aquí imágenes creadas por Caravaggio, Diego Velázquez (La Venus del espejo, 1647 – 1651), Francisco de Goya (La familia del infante don Luis, 1784), el Greco (el tenebroso Inquisidor General Cardenal Fernando Niño de Guevara, en torno al 1600), Frida Kahlo (El difuntito Dimas, 1937), la Escuela de Fontainebleau, Gustav Klimt, Marlene Dumas, Max Ernst, Otto Dix y Pablo Picasso (Mujer llorando, 1937), por citar a algunos de los más destacados.

En este libro de 200 páginas la cosa no va de ver en reproducciones gráficas lo que uno normalmente admira en vivo y en directo en un museo cuando tiene una obra maestra delante, sino de satisfacer una necesidad mucho más primigenia aún: quién es el retratado en cada una de esas piezas. No importan tanto aquí ni la forma ni el color, solo cuenta el estilo y la habilidad técnica del autor.

Es como si Robecchi y Bonazzoli descorrieran un velo que desfiguraba hasta ahora a cada uno de los 43 personajes retratados para descubrir sus identidades, para que hagan valer sus derechos y para sacarlos de la penumbra a la que los han sometido los artistas durante tanto tiempo.

Al fin y al cabo, es el creador, quien tiene el poder sobre las personas retratadas y su vida posterior. El retratado nunca podía estar del todo seguro sobre lo que se haría con su imagen al quedar plasmada sobre el lienzo. Algunos de ellos, como Isabella d'Este, temían incluso ser pintados por Leonardo da Vinci, porque era capaz de escudriñar demasiado profundamente su alma.

Cecilia Gallerani

Leonardo es un muy buen ejemplo en este libro; de él admiramos su cuadro Dama con armiño (1489 – 1490), en el que se ve a Cecilia Gallerani, la amante del duque de Milán, Ludovico Maria Sforza, apodado Italico Morel bianco ermellino (por sus símbolos heráldicos) e importante mecenas de da Vinci. El armiño en sus brazos presentaba los mismos rasgos del soberano: vivaz y depredador. El óleo lo pintó Leonardo en el Castello Sforzesco, donde residía el aristócrata.

Ludovico Sforza, quinto hijo del condotiero Francisco I Sforza (fundador de la dinastía) y de Bianca Maria Visconti, duquesa de Milán, educado en las letras, la pintura, la escultura y el humanismo, así como en las artes de gobernar y de guerrear, era políticamente inescrupuloso y frío, pero en las reuniones sociales se mostraba realmente encantador. El duque de Milán estaba casado con Beatriz d'Este, hija del duque de Ferrara, Ercole I. Ésta no es la dama representada en el cuadro, y aquí viene el problema.

Da Vinci pintó en este cuadro a la amante de Sforza, Cecilia Gallerani. El duque se había enamorado de ella cuando ésta contaba 17 años de edad. Ella había perdido a su padre siendo muy joven; recibiría una muy buena educación; hablaba latín, escribía poesía y podía mantener conversaciones en sociedad con gran soltura.

Sforza la llevó a su palacio y cuando tuvieron a Cesare, el hijo de su unión ilegítima, el duque le regaló a Cecilia la ciudad de Saronno. Todo esto ocurrió durante el noviazgo de Sforza con Beatriz. Ambos estaban comprometidos desde que ella tenía cinco años de edad y debían casarse después de que Beatriz hubiera cumplido los 15. Pero Sforza postergó la boda; hasta que intervino el suegro y el asunto tuvo que retornar a los cauces normales.

Se trataba de un doble matrimonio Sforza-d'Este, ya que el hermano de Beatriz, Alfonso I, duque de Ferrara, se casó con Anna Sforza, sobrina de Ludovico. Leonardo da Vinci orquestó incluso la celebración de la boda. La hermana de Beatriz y Alfonso, Isabella d'Este (1474 – 1539), estuvo casada con Francesco II Gonzaga, marqués de Mantua. Beatriz cautivaría a la corte milanesa con su alegría y extravagancia. La joven haría del castillo Sforza centro de fiestas y lugar de encuentro con filósofos, poetas, diplomáticos y militares.

Beatriz, quien sería la madre de Maximiliano Sforza y Francisco II Sforza, futuros duques de Milán, era una mujer de buen gusto y se dice que, a iniciativa suya y con el mecenazgo de su marido, fue que logró emplear a grandes artistas como Leonardo y Donato Bramante para trabajar en la corte.

El duque Ludovico Sforza no haría caso, empero, al pedido de su suegro para echar del palacio a su amante y a su hijo, por lo que viviría en su residencia con dos mujeres. Cuando Sforza tuvo la peregrina idea de obsequiar la misma tela a ambas damas (¡vaya ocurrencia!) y Beatrice vió a su rival con un vestido confeccionado con ese textil, la mujer le presentó un ultimátum a su marido: o ella o yo. Sforza no tuvo más remedio que casar a Cecilia con un conde, quien aceptó al hijo del duque. Pocos años después moriría Beatriz; y Cecilia tendría finalmente cuatro hijos con su esposo.

El retrato que había creado Leonardo no le había gustado a Cecilia, como escribiría ella más tarde. Está pintado maravillosamente, no hay duda, pero ella posó para el artista en un momento en el que todavía no estaba concluido.

A los contemporáneos les parecía muy bien logrado el animalito en su regazo que mostraba los rasgos del duque de Milán, quien poco antes (1488) había recibido del rey Fernando I de Nápoles las insignias de la Orden (de caballería) del Armiño, precisamente, una de las más antiguas de Europa.

En la simbología heráldica de Ludovico figura asimismo una morera (Morus alba), probablemente debido a su segundo nombre Mauro o a que, entre otras actividades productivas, había promovido fuertemente la industria de la seda que daba empleo a más de 20.000 trabajadores.

El escándalo de la Vírgen y el Niño

Para sus contemporáneos, la pintura de Caravaggio Madonna dei Pellegrini (1604) fue un completo desafío. El pintor representó a la elegante mujer con los pies descalzos y cruzados sobre una escalera de piedra. El niño Jesús en sus brazos era demasiado grande y macizo.

Absolutamente inaceptables eran los peregrinos que se arrodillan con ropas andrajosas ante madre e hijo y levantan sus manos suplicantes mientras estiran sus pies sucios hacia el espectador. Tanto realismo era indeseable en 1604. Pero el retablo de la Basilica di Sant' Agostino in Campo Marzio, de Roma, a tiro de piedra de la Piazza Navona, desataría un gran escándalo por otro motivo, explican Robecchi y Bonazzoli.

En la Vírgen, según los autores, el artista había retratado a su amante, la prostituta Magdalena di Paolo Antognetti, alias Lena o Roscina (en su juventud). Lena era además la querida de Cesare Barattieri, un aristócrata e íntimo amigo del cardenal Alessandro Farnese, quien a su vez compartía generosamente sus favores con su tocayo, el cardenal Alessandro Peretti Montalto, y con el cavaliere y mecenas Melchiorre Crescenzi.

Con clientes de tal rango, Lena tenía justificadas esperanzas de tener algún día un buen pasar. Su madre, Lucrecia, y su hermana, Amabilia, también se dedicaban al antiguo oficio. Sin embargo, Lena cometió el error de dejarse seducir por Giulio Massino, de Viterbo.

Éste seguramente era un hombre apuesto y caristmático, pero no tenía hogar y fue detenido en una de esas razzias para limpiar a la ciudad de mendigos. Magdalena quedó embarazada y tuvo un niño que bautizó como Paolo y lo entregó al cuidado de una conocida suya, antes de pasar a vivir con el notario Gaspare Albertini.

Con él, Lena hubiera tenido la oportunidad de asentarse y vivir más tranquila, pero como es sabido las mujeres que se enamoran no son cautelosas y fue detenida en la Via del Corso, muy cerca de donde sería arrestado poco después el temperamental Caravaggio. El niño Jesús tenía los rasgos de su hijo ilegítimo de dos años. Albertini, en un rapto de locura, le tajeó a Lena su hermoso rostro con un cuchillo, desfigurándoselo para siempre. Caravaggio había logrado eternizar a tiempo tanta belleza, admirada hasta hoy sobre el altar augustino.

El artista, de vida tumultuosa y quien por aquel entonces también estaba en la calle, había sido detenido ya dos veces. Los dos ancianos vestidos con harapos eran personas sin hogar, conocidas en el barrio y que recordaban a todos los feligreses sobre el destino de los pobres vagabundos que el papa Clemente VII enviaba regularmente a las galeras con la esperanza de limpiar a la ciudad de ellos. Sería el descaro de Caravaggio el que permitiría inmortalizar finalmente a la gente de baja condición en esa representación pictórica.

Todas son crónicas apasionantes, poco conocidas u olvidadas con las que Michele Robecchi y Francesca Bonazolli cuentan su historia del arte muy de otra manera. Investigan, por ejemplo, quién fue la modelo de Rembrandt en "Mujer bañándose" (1654); quién era Jack Hill, el huérfano de "Niño con un gato" (1787) de Thomas Gainsborough; a quiénes fue que retrató Jean-Michel Basquiat como "Africanos de Hollywood" (1983) o qué identidad tiene "El vecino" (2005) de Marlene Dumas.

Rubens pintó a su propia esposa desnuda

Curiosamente, con estas “revelaciones“ cambia la visión que uno tiene de las obras que aquí se muestran en gran formato y flanqueadas por otras imágenes. Descubrir que espías, prostitutas y esposas, así como un terrorista, una hija o incluso su propio dentista eran modelos no solo es interesante, sino también informativo.

Esta es la única forma de demostrar la valentía de Peter Paul Rubens, por ejemplo, de haber sido el primer pintor en presentar a su esposa desnuda, así como su soberanía para permitirlo.

Y los retratos de mujeres en pequeños medallones de Kerry James Marshall lo dejan a uno sin hálito cuando se entera de que son imágenes tomadas de una fotografía documental que mostraba a curiosos presenciando un brutal linchamiento en Indiana el 7 de agosto de 1930.

Así es como uno conoce un poco más, y de forma más amena que en el cuadro, a la periodista Sylvia von Harden, una luchadora en favor de los cambios sociales durante la República de Weimar, retratada en 1926 por Otto Dix, que la “Danaë" era Angela, la cortesana preferida por el cardenal Alessandro Farnese, y prima de la también meretriz Camilla Pisana; y que los británicos Guy Burgess, Anthony Blunt, Kim Philby y Donald Maclean, dibujados en 2016 a partir de retratos de su juventud en la Universidad de Cambridge por Lucy McKenzie, conformaron la célebre célula de espionaje cuyos efectos se extenderían más allá de sus vidas.

Al final, la historia del arte se convierte en un emocionante relato de suspense, con elementos tan fascinantes como la envidia, los celos, la venganza y los amores prohibidos, interesante incluso para legos en la materia. La próxima vez que uno vaya al museo podrá echar una mirada diferente, sin importar si cae sobre una Madonna o sobre niños ilegítimos y huérfanos o sobre andrajosos peregrinos sin techo.

Notas

Michele Robecchi y Francesca Bonazzoli, "Gesichter mit Geschichten: 43 Porträts in der Kunst", München: Prestel Verlag, 2020, 200 Seiten. ISBN 978-3791386218

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