España - Valencia

Così se hace cosí

Rafael Díaz Gómez
viernes, 23 de octubre de 2020
Così fan tutte © 2020 by Palau de les Arts Così fan tutte © 2020 by Palau de les Arts
Valencia, domingo, 4 de octubre de 2020. Palau de les Arts. Sala Principal. Così fan tutte, drama giocoso en dos actos con libreto de Lorenzo da Ponte y música de W. A. Mozart. Estreno: Viena, Burgtheater, 26 de enero de 1790. Versión semiescenificada. Concepto escénico: Silvia Costa. Iluminación: Marco Giusti. Federica Lombardi (Fiordiligi), Paula Murrihy (Dorabella), Davide Luciano (Guglielmo), Anicio Zorzi Giustiniani (Ferrando), Marina Monzó (Despina), Nahuel di Pierro (Don Alfonso). Cor de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Stefano Montanari, dirección musical.
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Si la temporada pasada en Les Arts se inició con unas Bodas de Fígaro, a esta le ha tocado hacerlo, aunque de una forma un tanto forzada, un Così fan tutte. Lo que en principio estaba programado para las jornadas de apertura era otra obra de Mozart, el Réquiem, pero escenificado según la concepción de Romeo Castellucci (amplia coproducción en la que también participa el teatro valenciano, estrenada en Aix-en-Provence en 2019). No obstante, al no poderse respetar en esa propuesta escénica, especialmente en lo que atañe al coro, las medidas profilácticas anti Covid, se hubo de cancelar. Así que, conservando la dirección musical y parte del elenco previsto para el Réquiem, se montó, más que dignamente, digámoslo ya, la ópera que ahora se comenta.

Vaya entonces el primer reconocimiento para Les Arts. No le ha de resultar nada fácil a los teatros adaptarse a la nueva situación que impone la pandemia. Sin embargo, el coliseo del cauce del Turia ha tenido en esta ocasión la cintura suficiente como para ofrecer una alternativa de calidad a la que se hubo de suprimir. Y, al menos en la función a la que me tocó asistir, el personal del teatro parecía haber asimilado perfectamente las condiciones que han venido a alterar las costumbres habituales. El público, en un número menor, eso sí, que el que la ocupación disponible ofrecía, en líneas generales también colaboró, y, ¡qué cosas!, ni una tos dejó caer sobre la sala. Y ello a pesar de que la representación se ofreció, aunque mutilando algunas partes de la obra en el segundo acto, sin descanso (si esto va a seguir así en el Tristán de febrero, que lo digan pronto, que habrá que ir practicando en ese caso una suerte de apnea mingitoria).

Un foso algo ampliado, mamparas para aislar a cada uno de los instrumentistas de viento y mascarillas para el resto de la orquesta fueron otras de las manifestaciones de adecuación a las circunstancias. En cambio, sobre las tablas, y pese a la semiescenificación, no siempre estuvieron los cantantes fuera del posible alcance de un espumarajo (los miriñaques de metro y medio de radio, si no cambian las cosas, quizás vengan a ser tan esenciales en los vestuarios teatrales, y con mucha más razón, que las botas negras de media caña).

La escena, básica. Con apenas unos cortinajes de tiras tras los que se medio ocultaban y se transformaban los personajes; unos escasos objetos geométricos de uso variable; un vestuario actualizado, cuyos colores mostraban la ambigüedad de a quienes cubrían (piezas intercambiables de ajedrez); una luz que iba explorando todos los colores del espectro, y un movimiento bastante contenido (a veces con pretensiones de simple plasticidad, no sé si poética), con todo ello se pudo seguir, más efectiva que imaginativamente, el desarrollo de la acción.

Una acción que de todas formas quiso protagonizar Stefano Montanari. Y bien que lo consiguió. Para lo mejor y también para lo no tan bueno. Lo mejor, el rendimiento que le sacó a la orquesta. Muy ágil, pulida y reveladora de detalles tímbricos fue su lectura. Incluso cuando retuvo el tiempo en alguna de las arias, lo hizo sin pesadez alguna. En su búsqueda del compromiso entre la expresión física, placentera y divertida, y el significado más especulativo de la partitura, es probable que se le fuera la mano en el primer aspecto. Pero supo mantener el interés sin decaimiento y nos regaló mucha belleza, algo que yo, en estos tiempos de ruido y furia (de vidas contadas por idiotas), le agradezco muchísimo. Sin embargo, tampoco es de extrañar que su forma de implicarse en la dirección, acaparadora, quizás histriónica, su manera tan libre de ocuparse del continuo en los recitativos al pianoforte (la batuta entonces, a la espalda, por dentro de la camiseta, como en un imaginario carcaj), su mismo vestuario (punk, pero formal), pueda exasperar a algunos. Pero bueno, si uno no se deja distraer o reconcomer como un viejo cascarrabias por estas apariencias, no puede otra cosa que reconocerle muchos méritos a este señor músico.

Méritos que en distinto grado, dentro del nivel general aceptable, alcanzó el reparto canoro. Davide Luciano fue un estupendo Guglielmo, de voz rotunda, bien ajustada y fácil emisión, con un bello timbre. Se comió desde el comienzo al Ferrando de Anicio Zorzi Giustiniani, tenor con tendencia a encerrarse en una voz pequeña con la que no obstante dejó alguna elegante pincelada expresiva en Un’aura amorosa. Nahuel di Pierro, en una nueva visita suya a Les Arts, compuso un distinguido Don Alfonso, quizá algo liviano, pero en cualquier caso de canto irreprochable.

Y entre las mujeres, ningún desdoro. Federica Lombardi fue una excelente Fiordiligi. Con arrojo y técnica superó los escollos de la partitura. Homogeneidad de color, versatilidad y comunicabilidad, fueron algunas de sus dotes. Paula Murrihy, que tenía que haber debutado en Les Arts en el Fausto cancelado del curso pasado, se encargó con acierto de Dorabella. Sin hacer gala de una voz muy carnosa, fue sin embargo entera y con suficiente y atractivo lustre. Encajó muy bien en los dúos con su hermana y quizás le hubiese gustado que no le suprimieran protagonismo en el segundo acto. Por último, Marina Monzó acertó con su Despina lo mismo que había acertado con su reciente Marola de La tabernera del puerto. Es un placer recrearse en esta joven voz, fresca y noble, y en su desenfadada destreza teatral. ¡Así se hace!

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