Alemania

Appassionata velada de Pierre-Laurent Aimard

Juan Carlos Tellechea
lunes, 19 de octubre de 2020
Pierre-Laurent Aimard © 2020 by Sven Lorenz Pierre-Laurent Aimard © 2020 by Sven Lorenz
Mühlheim an der Ruhr, lunes, 5 de octubre de 2020. Gran sala auditorio de la Stadthalle de Mühlheim an der Ruhr. Pierre-Laurent Aimard, piano. Olivier Messiaen, L'Alouette Lulu y La Chouette Hulotte (de Catalogue d'oiseaux). Ludwig van Beethoven, Sonata número 14 en do sostenido menor op 27/2 'Mondscheinsonate', Sonata número 23 en fa menor op 57 'Appassionata'. Karlheinz Stockhausen, Klavierstück IX. Klavier-Festival Ruhr 2020. Aforo reducido forzosamente al 25% por las estrictas medidas sanitarias de higiene y prevención contra la pandemia del coronavirus.
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En el minúsculo grupo de los más destacados concertistas de piano de todo el mundo hay muy pocos artistas que como Pierre-Laurent Aimard se hayan ocupado desde su juventud con tanta intensidad de las obras de compositores modernos. Es muy raro que Aimard no incluya al menos una obra de Karlheinz Stockhausen o de György Ligeti o de Olivier Messiaen en sus presentaciones. Así ocurre también en esta velada del Klavier-Festival Ruhr , que los organizadores del evento han titulado Appassionata.

El simpático y encantador solista ha reunido esta vez dos obras de Ludwig van Beethoven, la Mondscheinsonate y la Appassionata que presta su sobrenombre a este recital, ha ilustrado el Catalogue d'oiseaux de Messiaen con dos de sus piezas, L'Alouette Lulu (La alondra totovía) y La Chouette Hulotte (El cárabo común), y ha incluído el Klavierstück IX de Stockhausen. Tras ser ovacionado (muy merecidamente) durante largos minutos al término del concierto, Aimard interpretó en los bises los fragmentos números 4, 7 y 10 de Musica Ricercata, de Ligeti, y las Bagatelas opus 33/7 y 119/3 (A l'Allemande) del genio de Bonn.

El concierto lo abrió con L'Alouette Lulu, una voz misteriosa desde las alturas que se desgrana de dos en dos en sus descensos cromáticos y líquidos, para intercalarla en el medio con La Chouette Hulotte que unas veces emite un canto sombrío y doloroso, y otras vago y perturbador, adornado aquí con tonalidades graves y amplios intervalos. No son solo cantos propiamente dichos los que oímos aquí, sino también una atmósfera, un contexto, es decir un paisaje circundante en el que evolucionan estos pájaros en convivencia, según los casos.

Algunos cantos de pájaros son, tanto rítmica como melódicamente, mucho más imaginativos que algunas composiciones clásicas, sostiene Aimard con convicción. El Catalogue d'oiseaux (1956–1958),  un compendio de piezas exigentes sujetas a una escritura sumamente diversificada, es un modelo sorprendente de naturalismo musical diseñado para una pianista con medios extraordinarios, Yvonne Loriod; y Aimard, uno de sus hijos espirituales, familiarizado con este mundo como ningún otro, lo defiende aquí magistralmente para que lo escuchemos en pequeñas dosis.

Messiaen utiliza todo el registro del piano que en ocasiones suena a orquestal y varias técnicas de ejecución. Entre ellas, notas agudas y graves, además de los llamativos efectos en el bajo, que se pueden encontrar en muchas obras orquestales y en la ópera San Francisco de Asís. Cabe agregar especialmente las resonancias producidas por la repetición de acordes, a menudo embriagadora, por el uso del pedal forte característico de su estilo.

Pierre-Laurent Aimard es sin duda uno de los que mejor conoce el lenguaje de Messiaen. Siente verdadera empatía por lo que él considera páginas de inmaculada frescura poética; y es el hombre adecuado para esta tarea. El solista se apodera de todas las facetas de este monumento erigido a la gloria del piano, exigiendo aliento, y tal vez una dosis de ascetismo, en todo caso rigor y paciencia.

Es impresionante verlo tocar con esta profusión de increíbles rasgos en forma de brillante improvisación: la suavidad de la nota tocada, que suena clara y a veces muere en el silencio; la potencia del acorde fuerte y percusivo; la audacia de la transición, de la caricia lírica al ataque seco; el arte de hacer cantar el silencio; y sobre todo la forma de gestionar las combinaciones sonoras diseñadas por Messiaen para restaurar los tonos de los pájaros en sus sorprendentes y fantásticos cantos.

El buen entendimiento de los pentagramas, el respeto por los estilos, la capacidad de análisis, el amor por lo nuevo y la sinceridad en la búsqueda de propuestas distintas, nos muestran a Aimard como un artista siempre con cosas que decir, sensible, atento, aplicado y honesto.

Con ese espíritu experimentador es que aborda la Sonata número 14 y la Sonata número 23 de Beethoven, desde un ángulo no muy habitual, en el que se refuerzan efectos tímbricos, acentos, ataques, dibujos, inflexiones no del todo acordes con lo que podríamos considerar un estilo romántico puro. Lo vimos con una concentración extraordinaria, interrumpida, lamentablemente, por un imbécil que tomaba fotografías o vídeos durante el concierto y al que Aimard le pidió encarecidamente que dejara de hacerlo.

En el caso de la Appassionata, lo sorprendente es cómo Beethoven compuso música completamente nueva, pero con una tríada, un acorde tradicional de tres sonidos. Desde el principio Aimard lo presenta en todos los registros, como música espacial; pero para ser inteligible, para ser entendido como un buen comunicador, utiliza el material más simple posible.

Si bien Beethoven está en todas partes en este 250º aniversario de su natalicio, no ocurre otro tanto con las formas innovadoras de presentar su música. Entre los ciclos sinfónicos, los cuartetos de cuerda y las recreaciones de sus conciertos más famosos, pocos artistas han pedido explícitamente repensar lo que Beethoven podría significar para nosotros hoy.

Aimard lo ha hecho, cruzando los siglos para yuxtaponer la implacable Sonata en fa menor con los acordes repetidos del Klaviestück IX de Stockhausen. El solista busca la percepción que el oyente del siglo XXI debiera tener de esta música, mirando el sentido que tenía originalmente. Trata de trasponerla para que el espectador entienda mejor lo que quiso decir Beethoven, un subversivo en aquel mundo en el que todos hablaban un lenguaje colectivo y usaban las mismas herramientas que él, en cambio, utilizaba de manera muy diferente.

Aimard ama esta dimensión, tal vez por la historia de su nacionalidad que, por cierto, tanto influyó también en el propio Beethoven. Para comunicarlo eligió piezas disruptivas, compositivamente hablando, para tratar de conectarlas con composiciones de vanguardistas posteriores que también intentan avanzar con fuerza en la misma dimensión o en otra similar. Al final de su vida creativa, Beethoven es muy independiente, muy personal, y Aimard nos lo muestra aquí entre dos épocas, el clasicismo y el romanticismo, captando modelos, patrones que transforma por completo.

El pianista, en una asombrosa exploración, procura que las vibraciones de Stockhausen lleguen impetuosas a la sala; así se lo exige al Steinway que responde a su vez con un sonido muy diáfano y penetrante. El enfoque elegido por Aimard para presentarlo en el Klavier-Festival Ruhr aclara asimismo muchas cosass hoy y pone de manifiesto el talento musical, la riqueza de ideas y la voluntad de innovar que tenía este compositor, de firma inequívoca y de quien el público se mantuvo alejado durante mucho tiempo, como si hubiera sido un apestado.

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