Alemania

Goodbye to Berlin, el caleidoscopio de una sociedad que se desmorona

Juan Carlos Tellechea
jueves, 22 de octubre de 2020
Jannike Schubert © 2020 by Theater Krefeld Mönchengladbach Jannike Schubert © 2020 by Theater Krefeld Mönchengladbach
Mönchengladbach, sábado, 29 de agosto de 2020. Theater Mönchengladbach. Goodbye to Berlin. Estreno. Lectura escénica de Frank Matthus, inspirada en los cuentos cortos de Christopher Isherwood, con canciones no sólo de los años 1920 y 1930. Adaptada del inglés por Kathrin Passig y Gerhard Henschel. Régie Frank Matthus. Vestuario Anne Weiler. Coreografía Kerstin Ried. Dramaturgia Thomas Blockhaus. Asistencia de régie Marireau Mühlen. Intérpretes: Christopher Isherwood (Paul Steinbach), Conférencier, Fritz Wendel, Arzt, Bernhard Landauer (Adrian Linke), Sally Bowles (Jannicke Schubert), Fräulein Schneider, Frau Nowak, Österreicher (Esther Keil), Professor Koch / Herr Schultz, Herr Nowak, Muttchen, Nazi, Rheinländer (Bruno Winzen), Fräulein Mayr, Anni, Erna (Fides Groot Landeweer), Fräulein Kost, Grete Nowak, Erika (Jessica Roethlinger), Bobby, Klaus, Peter, Pfleger (Yael Shervashidze), Otto Nowak (Lars Wandres). Músicos Jochen Kilian (piano), Kim Jovy (reeds), Bernd Zinsius (bajo). Dirección musical Jochen Kilian. Derechos de interpretación: The Christopher Isherwood Foundation, Los Ángeles; The Wylie Agency, Londres / Nueva York; editorial Hoffmann und Campe, Hamburgo. 25% del aforo, reducido por las medidas sanitarias de higiene y prevención contra la pandemia del coronavirus.
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Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial se publicaba la novela de Christopher Isherwood Goodbye to Berlin, un libro que debía servir de requiem por la antigua capital alemana.

Ahora, el director Frank Matthus (Berlín, 1964), formado en la Escuela Universitaria berlinesa de Arte Dramático Ernst Busch e iniciado como actor en el Berliner Ensemble (fundado por Bertolt Brecht en 1949), ha realizado una magnífica lectura escénica de esta obra, con la que el Teatro de Mönchengladbach abrió, por fin, la temporada 2020/2021 bajo estrictas medidas de seguridad, prevención e higiene por la pandemia del coronavirus.

El estreno tuvo que posponerse dos semanas por la presunción de una infección por COVID-19 en el entorno de un integrante del elenco.

Estamos en los últimos días de la República de Weimar (1918 - 1933). La vida late en Berlín, pero la gente no quiere admitir que la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial se perfila ya en el horizonte.

El escritor británico Christopher Isherwood plasmaría con fotográfica acribia el melancólico canto del cisne por la pérdida de aquel mundo en su novela Goodbye to Berlín que Matthus lleva con singular encanto sobre las tablas.

La novela de Isherwood fue conocida por una audiencia de millones de espectadores a través del musical Cabaret en 1966 y del filme con Liza Minnelli en 1972. Matthus, quien dirige desde 1990 y ya ha realizado más de 70 puestas en escena, entre ellas una versión fuertemente readaptada por él de Macbeth, refresca la novela de Isherwood con un retrato de sociedad e historia de ese nostálgico Berlín, enriquecido con música de la época y posterior.

La ciudad parece indomable, desordenada, abultada y rica en contrastes. Por un lado, con fachadas glamorosas, sobrecargadas y riqueza palpitante; por otro, con frentes de casas sucias, miseria y pobreza.

Es el Berlín decadente de finales de la década de 1920 y comienzos de la de 1930. La República de Weimar estaba al borde del abismo. El gobierno de gran coalición de Hermann Müller dimitiría en marzo de 1930 y Henrich Brüning se convertirá en el nuevo canciller alemán.

Todo el barrio tenía ese aspecto. Una calle tras otra, con casas como enormes cajas fuertes, atestadas de papeles amarillentos de una clase media en quiebra y sus muebles de segunda mano, así describiría Isherwood el distrito berlinés de Schöneberg, donde vívía en una pieza y donde daba clases de inglés, y donde había nacido y residía también Marlene Dietrich.

Allí frecuentaban Eldorado, el local de travestidos de la calle Martin Luther al 31/32, en el pintoresco barrio de la Nollendorfplatz, hasta hoy un baluarte de la homosexualidad; y el café gay Cosy Corner, en la Zossener Straße número 7, en el distrito de Kreuzberg, frecuentado por jóvenes que se prostituían.

El escritor británico había llegado a Berlín en la primavera de 1929. Tenía 24 años y había abandonado sus estudios de historia en Cambridge y de medicina en el Kings College de Londres. Quería escribir una novela en la que él mismo iría a aparecer con su nombre real.

La producción de la Comunidad de Teatros de Mönchengladbach y Krefeld tiene un elenco brillante, especialmente con Jannike Schubert, como la delicada e insegura Sally Bowles; con Adrian Linke, encarnando al Conférencier (a veces sensible otras indiferente), a Fritz Wendel, al médico y a Bernhard Landauer; con Paul Steinbach como el joven Christopher Isherwood; y con Esther Keil como la señorita Schneider, la señora Nowak y el austríaco.

Todo el reparto se desenvuelve magistralmente, con gran soltura y gracia: Bruno Winzen como Muttchen, nazi y renano; Fides Groot Landeweer haciendo a Fräulein Mayr, a Anni y a Erna; Jessica Roethlinger en el papel de Fräulein Kost, Grete Nowak y de Erika; Yael Shervashidze como Bobby, Klaus, Peter y el enfermero; así como Lars Wandres como Otto Nowak.

La obra se plasma aquí en toda su polifonía de una forma casi virtuosa, también musicalmente, a través de abundantes alusiones a aquellos tiempos y a una acertada mezcla entre armonías de diferentes géneros musicales, en la que no faltan los temas de Cabaret (John Kander / Fred Ebb). Desde el foso, el trío, Kim Jovy (reeds), Bernd Zinsius (bass), dirigidos al piano por Jochen Kilian, prestan gran vida a esa peculiar atmósfera de aquellos tiempos del art déco y de los organillos callejeros.

Así es como la régie diseña el caleidoscopio de una sociedad que se desmorona, que se rompe por todas sus costuras. La gente sube y baja en la escala social, también los artistas, como la imprudente Sally Bowles, la familia judía de los grandes almacenes Landauer, varias figuras de la vida mundana, así como dos jóvenes que buscan su felicidad y dependen el uno del otro. Matthus trae muchas miniaturas, muchos episodios y diálogos en esta genial puesta.

Poco después de las nueve de la noche, grandes escuadrones de nacionalsocialistas se reunían en el bulevar Kurfürstendamm. Todo parecía una acción planificada por los activistas de la esvástica que, se suponía, iban a perturbar el Año Nuevo judío … evocaba Isherwood.

El sol brillaba y Adolf Hitler dominaba la ciudad. Fräulein Schneider solo hablaba del Führer con veneración y se había aclimatado. Seguía una ley de la naturaleza, como un animal al que le crece un abrigo de invierno. Miles como Fräulein Schneider se aclimataban, tenían que seguir viviendo en la ciudad sin importar qué gobierno estaba en el poder, apuntaba el escritor británico.

El pulpo del nazismo se estaba extendiendo cada vez más tenebrosamente por la capital. La lectura escénica retrata cómo Berlín, y por lo tanto Alemania, se acercaba cada vez más al precipicio en el que finalmente caería hondamente. Durante hora y media, sin pausa, la obra describe lo que Isherwood presenciaba hace 80 años y que todavía hoy es de actualidad en este país, con los ultraderechistas y nazis incrustados como tumores cancerosos en la sociedad.

La vida pública de Alemania atravesaba entonces una grave crisis. Como es habitual en estos casos, no faltaban los prescriptores de recetas mágicas y los charlatanes que elogiaban, cada uno a su manera, su exclusivo método prometedor de curación. Pero la política no es un medio para crear confusión y agitar a las personas para incitarlas al enfrentamiento entre sí, como se ha vuelto común hoy en día.

La platea aplaudió y ovacionó muy merecidamente la puesta, durante cinco aperturas y cierres de telón. Las elecciones comunales eran inminentes en estos días en Renania del Norte-Westfalia, el estado federado más populoso de Alemania con 14,2 millones de votantes. Los comicios, con una alta participación electoral del 52%, dieron un buen ejemplo cívico y de civilización en estos difíciles tiempos, al dejar reducida a una mínima expresión a la barbarie de nazis y ultraderechistas.

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