Alemania

DSO, Robin Ticciati y Lisa Batiashvili en Düsseldorf

Juan Carlos Tellechea
miércoles, 28 de octubre de 2020
Düsserldorf, miércoles, 7 de octubre de 2020. Düsseldorf, miércoles 7 de octubre de 2020. Gran sala auditorio de la Tonhalle de Düsseldorf. Solista, Lisa Batiashvili, violín. Orquesta Deutsches Symphonie-Orchester Berlin. Director Robin Ticciati. Wolfgang Amadé Mozart, Obertura de La flauta mágica KV 620. Serguéi Prokofiev, Concierto para violín y orquesta número 1 en re mayor opus 19. Ludwig van Beethoven, Sinfonía número 4 en si mayor opus 60. Organizador Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf. Aforo reducido forzosamente al 25% por las medidas sanitarias de higiene, prevención y protección contra el coronavirus.
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Robin Ticciati le ha hecho mucho bien a la Deutsches Symphonie-Orchester Berlin (DSO) desde que asumiera su dirección musical en la temporada 2017/2018. A la orquesta que le ha prorrogado su contrato hasta 2027 se la ve fresca, joven, renovada, plena de energía en este concierto del miérccoles 7 de octubre con el que Heinersdorff Konzerte – Klassik für Düsseldorf abre, por fin, su temporada 2020/2021, tras el parón de actividades culturales en general, y musicales en particular, por la pandemia del coronavirus.

Ticciati, la violinista Lisa Batiashvili y la DSO se entregan en esta velada a los contrastes emocionales; como si se hubieran conocido en una sesión de aromaterapia. En el Concierto para violín y orquesta número 1 en re mayor opus 19 de Serguéi Prokófiev, el sol brilla casi todo el tiempo: los pájaros trinan y gorjean, los grillos cantan, los árboles susurran y los campesinos se reúnen en un encuentro romántico para bailar.

La brillante solista desempeña su papel con una naturalidad conmovedora; tan pura como la música infantil y para nada adulterada, tal como exige la música de Prokofiev. Batiashvili es una epicúrea en su búsqueda de aromas y fragancias tonales, sabedora de que el placer también incluye la medida a la que ella somete siempre su interpretación. Ticciati, él mismo con una inclinación y habilidad para captar los efluvios y bálsamos juguetones, se une a la aromaterapia con tanta alegría como sus músicos.

Quizás en esta tarde otoñal, sombría y lluviosa se trata simplemente de la confrontación lúdica con el tedioso problema de la disposición de los asientos de los instrumentistas, surgido a partir de las medidas de higiene y prevención por la pandemia del COVID-19. La orquesta se encuentra en una breve gira por Alemania y ha traído a Düsseldorf unos 50 músicos. Hay muchas remodelaciones y se deambula mucho en este concierto, con los efectos espaciales que, bajo las manos, los dedos y la batuta de Ticciati, contribuyen a un sonido muy rico en estratos.

Es difícil esta nueva situación para los integrantes de la orquesta, porque están acostumbrados desde siempre a sentarse juntos. El director lo sabe; entiende que en estas condiciones no es fácil producir la misma homogeneidad de sonido. Pero al mismo tiempo es una oportunidad que enfrentan los instrumentistas para desarrollarse aún más y quizás ganar en mayor experiencia cuando vuelvan a ocupar las posiciones que tenían antes de la pandemia. Con Ticciati la DSO está abierta a nuevos caminos y se atreve a experimentar; a todas luces su objetivo es estimular la creatividad de la orquesta y lo está haciendo muy bien.

El concierto arrancó con la obertura de La flauta mágica, de Wolfgang Amadé Mozart. Hay verdaderamente un hechizo inherente a este comienzo de la temporada. La alegría indescriptible de Ticciati con su orquesta al poder reencontrarse con el público se corresponde con el ambiente que reina en la sala.

En la atmósfera bajo las brillantes estrellas de la bóveda de la Tonhalle se palpaba ese sentimiento de felicidad desde que los músicos de la DSO subieron al escenario y se quitaron las mascarillas rojas que cubrían sus rostros. Después de un obligado descanso de medio año, Ticciati siente el nuevo comienzo como una resurrección y se muestra muy agradecido por las prolongadas ovaciones que le tributan muy merecidamente los espectadores.

Tras un breve intervalo para reacomodar los atriles suena la Sinfonía número 4 en si mayor opus 60 de Ludwig van Beethoven. Es admirable oír las cuerdas y las maderas coloreando los sonidos y aumentar la inmediatez en los pasajes más chispeantes (Adagio – Allegre vivace). Junto con la percusión forman un conjunto brillante y conspirativo. Ticciati, partitura delante, está pendiente en todo momento del más mínimo detalle y mantiene tanto el equilibrio como la tensión de forma perfecta en la ejecución.

La delicada melodía del maravilloso clarinete es acompañada por los violines en el Adagio; las cuerdas bailan en plena forma. Aquí es donde surge el experimento sonoro de Ticciati, en el que los vientos y las cuerdas enfatizan el fino carácter de la interpretación, con frescura y tensión en cada compás.

Nacida entre dos titanes sinfónicos, la Heroica y la Schicksalssinfonie, la Cuarta está llena de energía, vitalidad, gracia, frescura y ritmo (Allegro vivace); parece andar con pies muy ligeros (Allegro ma non troppo) y quizás por ello Robert Schumann la comparaba con una delgada doncella griega; elegante y estilizada como nos la ha mostrado aquí la DSO con Robin Ticciati a su frente.

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