Portugal

Cosmogonía y fragilidad

Paco Yáñez
lunes, 26 de octubre de 2020
Sylvain Cambreling © 2020 by Casa da Música de Porto Sylvain Cambreling © 2020 by Casa da Música de Porto
Oporto, sábado, 17 de octubre de 2020. Casa da Música. Paulo Álvares, piano. José Bernardo Silva, trompa. Bruno Costa, xylorimba. Nuno Simões, glockenspiel. Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música. Sylvain Cambreling, director. Olivier Messiaen: Des canyons aux étoiles... Ocupación: 60%
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En la que fue mi última visita a Oporto, el pasado 7 de marzo, con motivo de la interpretación en Casa da Música de la magna Surrogate Cities (1994), de Heiner Goebbels, se respiraba ya en el ambiente (entiéndase de forma tanto metafórica como, muy posiblemente, literal) la presencia de un COVID-19 que, poco después de aquel extraordinario concierto, motivó la declaración del estado de alarma en España, así como de medidas análogas en Portugal, lo que deparó el cierre de la propia Casa da Música durante meses: un periodo -por lo que he podido seguir a través de sus redes sociales- aprovechado de forma ejemplar por el principal auditorio portuense, sin que faltaran semanalmente en sus canales numerosas actividades y conciertos de archivo que han demostrado el gran trabajo de documentación llevado a cabo por el equipo liderado desde la dirección artística por António Jorge Pacheco con el objetivo de que las excelentes iniciativas de Casa da Música no se queden en el sordo tintero del olvido. De este modo, hemos podido volver a disfrutar del repertorio clásico interpretado en la Sala Suggia a lo largo de estos últimos años, de algunos de los muchos estrenos allí brindados, así como de entrevistas a compositores y músicos, o de actividades educativas y de divulgación. Todo ello, combinado con una rápida política de reintegro de abonos y entradas, así como de la correspondiente planificación de los meses posteriores al confinamiento: una modélica gestión que ha posibilitado el que Casa da Música haya retomado sus conciertos tras el verano no sólo con el buen nivel artístico al que nos tiene acostumbrados, sino con una presencia de público que diría envidiable en otros auditorios; al menos, al norte del río Miño (donde las restricciones de aforo -que llegan al extremo de lo exagerado en el Auditorio de Galicia (con tan sólo un 6% de sus butacas utilizables)- se antojan excesivas, pues bien sabemos que no es, precisamente, en actividades culturales de este tipo donde se está produciendo el incremento de contagios que padecemos este otoño). 

Transcurrido, por tanto, más de medio año, volvía a una ciudad con un ambiente muy diferente del que se respiraba en marzo: más calmada y serena, sin la atosigante presencia de un turismo que, en tantas ocasiones, desborda(mos) lo aconsejable en el centro de Oporto, posibilitando, en esta ocasión, una mirada más reposada y contemplativa a su bello casco histórico a orillas del Duero: una vivencia de la ciudad que casaría a la perfección con la versión musical que hoy disfrutaríamos en Casa da Música, tan extática, intemporal y sugerente. 

Ello no quiere decir que el proceso del que se derivó finalmente este concierto no haya sufrido los avatares impuestos por la pandemia, pues el mismo se programó como una alternativa al cartel que inicialmente se había avanzado en la programación anual para este sábado 17 de octubre, en el que se incluían obras de Olivier Messiaen, Henri Dutilleux y Claude Debussy en la voz de la soprano Sophie Bevan, los instrumentos de la Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música y la dirección de Ryan Wigglesworth. Semanas antes del concierto, Casa da Música anunciaba que el programa experimentaría un cambio radical, y si bien éste se mantenía dentro de las coordenadas del año dedicado a Francia en el auditorio portuense, de entre los compositores inicialmente anunciados, tan sólo se mantenía en cartel Olivier Messiaen (Aviñón, 1908 - Clichy, 1992); mientras que, entre los intérpretes, la Orquestra Sinfónica do Porto. Por tanto, y a pesar de lo atractivo del anterior programa, no podemos decir que en esta ocasión el cambio haya sido para mal, pues nos permitió disfrutar una obra muy poco programada en su integridad, al menos, en la Península Ibérica. Nos referimos a Des canyons aux étoiles... (1971-74), una partitura que, en nuestra entrevista con Sylvain Cambreling del 29 de noviembre de 2007 (grabada, precisamente, en la Casa da Música de Oporto), era definida por el director francés como su preferida de entre las compuestas por Messiaen, así como «la más acabada, la más completa, en la que todo está perfecto»... 

...son palabras que demuestran la cercanía de Sylvain Cambreling a un Olivier Messiaen con el que mantuvo un trato muy próximo en sus últimos años de vida, y del que en 2007 decía que lo consideraba «un ser muy especial y un gran compositor», justo en un momento en el que Cambreling estaba a punto de finalizar su registro de las obras orquestales completas del compositor francés (Hänssler 93.225), una integral que se encuentra entre los registros fonográficos imprescindibles de un Messiaen cuyo centenario celebró Sylvain Cambreling en 2008 con una iniciativa discográfica que había comenzado en 1999 al frente de la SWR Sinfonieorchester Baden-Baden und Freiburg, formación de la que fue titular desde ese mismo año hasta el 2011. 

Con estos precedentes, la de Sylvain Cambreling se antojaba, por tanto, como una de las batutas más adecuadas para conducir en este pandémico 2020 una lectura de Des canyons aux étoiles... que el director francés ha enraizado en la estela del Haydn de Die Schöpfung (1796-98) y del Mahler de la Tercera Sinfonía (1893-96; rev. 1906), por cuanto en Casa da Música nos ha mostrado toda una cosmogonía que va de los estratos geológicos más arcaicos y primordiales a una visión del paraíso encarnado en la Tierra: todo un ejercicio de panteísmo musical en el que la integración del yo en el todo está marcada por el pensamiento cristiano de Olivier Messiaen, así como por muchas de sus señas de identidad más reconocibles y reconocidas como compositor. Pero antes de alcanzar tan paradisíaco final en el duodécimo número de Des canyons aux étoiles... (obra cuya simétrica estructuración en tres partes y doce movimientos vuelve a mostrar la importancia de la numerología en el pensamiento del compositor galo), atravesamos todo un fresco en el que la naturaleza y el firmamento se interpelan y espejean, haciendo del hombre una mirada en la que el mirar es, al tiempo, lo mirado. 

Ese enfoque tan contemplativo en la lectura de Sylvain Cambreling nos aleja, por tanto, de otras versiones más punzantes y coloridas, como la de Esa-Pekka Salonen al frente de la London Sinfonietta (CBS M2K 44762), acercándonos a otras visiones más introspectivas y sosegadas de la obra, como la de Reinbert de Leeuw en su grabación del año 1990 para Montaigne (MO 782035). Es algo que nos quedó claro nada más atacar Cambreling y la OSPCM el primer movimiento de la partitura, Le désert, tan calmo y árido como esta tarde ha sonado en la Sala Suggia, expuesto con lentitud y una gran profusión de detalles orquestales, entre los que destacan los juegos de armónicos en las flautas o una máquina de viento muy seca y nada reverberante, concentrada en exponer pinceladas y texturas muy puntuales, más que en adquirir un excesivo protagonismo. Ese mismo juego de resonancias destaca sobremanera, igualmente, en lo que se refiere a los acordes graves de las maderas, con un contrafagot estupendo en sus correspondencias con la máquina de viento, rubricando las muchas delicadezas tímbricas que Messiaen disemina en Des canyons aux étoiles... para conducirnos a través de la naturaleza americana, así como de aquéllas que pone en contrapunto con ésta, como los cantos aviares del Sahara que escuchamos en el primer movimiento junto con unos armónicos en el violín que refuerzan ese universo en puertas de lo espectral, tan nítido esta noche por la meticulosa y serena lectura dirigida por Sylvain Cambreling. 

Quizás por ello, así como por lo en guardia y lo susceptibles que en este momento estamos todos con cuanto se refiera a la salud, vivimos con especial dramatismo el desplome de uno de los solistas de percusión, Nuno Simões, que desde su atril de glockenspiel situado en el frontal del escenario cayó al suelo, aparentemente inconsciente, causando el estupor de cuantos nos reuníamos en la Sala Suggia. Afortunadamente, dos personas del público (que hemos de suponer personal sanitario) subieron inmediatamente a atender a Simões, al cual colocaron en la preceptiva posición de seguridad y retiraron posteriormente para una mejor atención. Minutos después, António Jorge Pacheco nos informó de que los médicos desaconsejaban la reincorporación del percusionista al concierto, a pesar de que éste ya se encontraba consciente; comunicándonos que había tomado la decisión, junto con Sylvain Cambreling, de continuar la interpretación de Des canyons aux étoiles... sin el solista de glockenspiel, pues no había posibilidad de reprogramar el concierto en otra fecha y la OSPCM había realizado un concienzudo trabajo de varios días que no quería perder ni que nos perdiésemos. Una decisión, por tanto, controvertida (que el propio Pacheco me reconocía, posteriormente, que no todos los directores hubiesen tomado), que ha deparado una lectura de Des canyons aux étoiles... muy condicionada por la falta de un instrumento fundamental a la hora de acompañar al piano, de remedar el canto de los pájaros, o el brillo de las estrellas en el firmamento: una ausencia que, sin embargo, quizás sea preferible a la del conjunto de la obra, pues la alternativa era prescindir de dicho atril o de todo Des canyons aux étoiles..., una partitura en la que, en sentido estricto, quizás sean piano y trompa los dos instrumentos más imprescindibles (especialmente, el primero, por su destacado rol solista), así como aquellos que tienen tres movimientos escritos únicamente para ellos. 

Sobrecogidos por este incidente, así como por los momentos de incertidumbre que vivimos tras el desplome de Nuno Simões, nos costó unos minutos reengancharnos a esta versión portuense -ya instrumentalmente incompleta- de Des canyons aux étoiles..., aunque no por ello menos notable, con un cambio en los equilibrios de la plantilla orquestal que ha hecho que, por ejemplo, la xylorimba de Bruno Costa adquiriese un mayor protagonismo, realzado por un percusionista que esta tarde ha brillado dentro de la OSPCM por su precisión, color y gran sentido rítmico. Tras la interrupción del concierto, Sylvain Cambreling retomó la interpretación de la obra en su segundo movimiento, Les Orioles, volviendo a incidir en la levedad y en lo meditativo; en este caso, en los trinos aviares que Messiaen lanza desde distintos atriles, aun dentro de la pausada entrada que a Des canyons aux étoiles... ha realizado el maestro francés en los primeros movimientos. 

En el tercero, Ce qui est écrit sur les étoiles, Cambreling ha conferido más empaque a la OSPCM, destacando sus metales y una sección de percusión que, como es habitual en la orquesta portuense, ha destacado por su personalidad, acertados timbres y vigor rítmico. Entre dicha sección, aunque emplazado en el frontal del escenario, vuelve a merecer una mención especial Bruno Costa en la xylorimba, aportando algunos de los motivos más realzados dentro de una lectura que siguió por unos derroteros lentos y expansivos, con gran organicidad, respiración de conjunto y numerosos detalles, al imprimir Cambreling un tempo pausado que posibilita una escucha más atenta de esta polifonía en la que se entreveran las estrellas, las rocas y los pájaros. 

En Le Cossyphe d'Heuglin, primero de los dos movimientos para piano solo, pudimos ratificar lo que ya intuimos en los primeros números de la partitura: la enorme contundencia que el pianista brasileño Paulo Álvares ha imprimido esta noche a su lectura, con un mecanismo apabullante que nos muestra el destacadísimo pianista de repertorio contemporáneo que Álvares es. No tiene el músico de Belo Horizonte, quizás, el color tan propio para Messiaen de un Pierre-Laurent Aimard o de un Roger Muraro, pero comparte con este último (precisamente, en su grabación con Sylvain Cambreling de Des canyons aux étoiles...) un pianismo muy moderno y aristado, capaz de regalarnos una versión más acerada del compositor galo, sin rehuir delicadezas como un manejo del pedal muy sutil por su creación de planos, ecos y resonancias. Tras su exposición de unos trinos aviares mucho más robustos de lo habitual, Paulo Álvares tiró del calderón final de este movimiento para prolongar a gusto el último eco en la caja del piano, tan sutilmente modulado en pedal, que prácticamente vimos cómo esos últimos trinos reverberaban en un instrumento que parecía uno de los cañones a los que el título de la partitura se refiere: abismo y caja de resonancias para una naturaleza por ellos convocada en esta verdadera cosmogonía selon Messiaen. 

Como en el final de cada una de las tres grandes partes que conforman Des canyons aux étoiles..., en el movimiento conclusivo de la primera, Cedar Breaks et le Don de Crainte, son los cañones estadounidenses los que resuenan, así como el miedo del hombre y sus cantos de alabanza al Señor. Aquí sí dio Sylvain Cambreling rienda suelta a la OSPCM, con una gran potencia que se realza, precisamente, por la serena exposición que el francés había realizado de los tres primeros movimientos orquestales (aunque, por otro lado, es totalmente consecuente con lo expuesto por Paulo Álvares en el cuarto). Así pues, nos abismamos aquí al gran anfiteatro natural de Cedar Breaks (Utah), que contemplamos en su amplia majestad, con gran verticalidad de la orquesta portuense y una estratificación tímbrica que diría profusamente geológica, coloreando las diferentes secciones de la OSPCM los cromatismos del cañón de un modo armónicamente muy expandido, sin que por ello falten apuntes más rocosos en las cumbres de los metales y la percusión. Entre estas paredes verticales de color, han destacado las presencias de trompeta con sordina wah-wah y trombón en glissandi, aportando unas sonoridades que parecen homenajes por parte de Messiaen a la música más genuinamente norteamericana: parte de esa fértil relación del compositor galo con un país que, además de Des canyons aux étoiles..., le encargó páginas tan importantes dentro de su catálogo como la Turangalîla-Symphonie (1946-48). Gran final de primera parte, por tanto, abismados y elevados, al tiempo, a las paredes de una verticalidad orquestal profusamente coloreada por la OSPCM, así como vivificada por Sylvain Camreling con una heterogeneidad rítmica que demuestra su aquilatado conocimiento del pulso en Messiaen. 

Aunque compuesta inicialmente como una pieza para trompa sola, Appel interstellaire se muestra, dentro de Des canyons aux étoiles..., como una partitura camerística por derecho propio; especialmente, si suena como la han tocado esta tarde José Bernardo Silva y Paulo Álvares, por el modo en que el primero proyectó sus motivos de trompa al interior del piano, siendo moduladas sus reverberaciones por medio del pedal, lo que expande los ecos de un modo difícilmente perceptible en disco compacto, en lo que fue una nueva muestra del enorme dominio de Álvares en este aspecto. Verdadero tour de force para trompa, esta Appel interstellaire fue desgranada por José Bernardo Silva de forma muy episódica, habilitando densos silencios entre cada motivo y ataque: muy bien expuestos por el músico portugués, tanto en sus endiablados fraseos como en el juego de ecos que la trompa crea con respecto a sí misma, a través de bouché, flatterzunge y oscilaciones de alturas -como apunta Pedro Almeida en sus excelentes notas al programa-. Con ello, José Bernardo Silva ha dado forma en Casa da Música a esa trompa un tanto irreal, a ese mensaje que se va perdiendo hacia (o desde) las estrellas en la distancia. 

En el segundo y último movimiento de la segunda parte de la obra, Bryce Canyon et les rochers rouge-orange, volvemos a visitar los cañones de Utah, comenzando Sylvain Cambreling su lectura de forma expansiva en percusión y metales, cual la apertura de la propia formación geológica. Frente a un comienzo contemplativo y extático, Cambreling intercala diversos pasajes en los que el ritmo vivifica netamente esa visión más serena, tirando de reminiscencias del Messiaen de los años cuarenta del pasado siglo, de obras como el Quatuor pour la Fin du Temps (1940-41) o la Turangalîla-Symphonie, cuyas métricas de inspiración hindú parecen espolear los pasajes más vivos de Bryce Canyon et les rochers rouge-orange. En la dinámica de alternancias y contrastes que caracterizan a este vasto paisaje musical, ha destacado la OSPCM por su trazo de los abismos en color oscuro, por medio de trombones, percusión y del piano de un Paulo Álvares nuevamente contundente, reverberante y musculoso, en una de las lecturas más poderosas que haya escuchado de la obra (incluso, más que el propio Roger Muraro en su lectura para Hänssler con Sylvan Cambreling: una de las versiones en disco más firmes y aceradas). La OSPCM se beneficia, en movimientos como éste, de su gran experiencia en el repertorio contemporáneo y, así, crea síntesis tímbricas que casi parecen un homenaje a otro francés fascinado por los paisajes norteamericanos, como Edgard Varèse. También se desliza aquí la impronta de Aleksandr Skriabin, por la concepción tan fuertemente sinestésica de este movimiento en lo referido a los colores ocres y rojizos, de modo que las capas históricas se suman a las geológicas, en estratos de sinestesia y color. 

Color, ritmo y bloques contrastantes dominan la lectura de un Sylvain Cambreling que trabaja aquí la armonía de forma muy refinada, así como las estructuras métricas alternantes. En medio de tan caleidoscópico edificio lítico-orquestal, vuelve a cobrar un enorme protagonismo el piano de Paulo Álvares: apabullante en su digitación y mecanismo. Es obvio que, por el estilo interpretativo del músico brasileño, estos pasajes más rocosos le van mejor que los aviares, pues la verticalidad, las resonancias y la dureza de su pianismo se incardina a la perfección en esos paisajes geológicos tan majestuosos, tendiendo puentes de forma directa con los graves de maderas y metales (aunque hayamos echado en falta sus diálogos con el glockenspiel). Los ataques de Paulo Álvares al teclado con los puños son otro perfecto ejemplo de su refinamiento en la masividad, desgranando colores en los que la naturaleza irregular del ataque crea microtonalidades fascinantes por su perfilado tan peculiar de las fronteras entre los colores. De este modo, Sylvain Cambreling prácticamente convierte Bryce Canyon et les rochers rouge-orange en un auténtico concierto para orquesta (y colores), firmando uno de los momentos más intensos, hermosos y perfectos de su lectura portuense: un movimiento de una gran notabilidad que rubricó con un muy poderoso crescendo hacia la luz. 

Ya en la tercera parte de la obra, Les ressuscités et le chant de l'étoile Aldébaran nos vuelve a sumergir en el Messiaen más sinestésico y cromático; aquí, en un azul pintado por las cuerdas en la mayor. Este octavo movimiento de Des canyons aux étoiles... ha sonado en Oporto especialmente sereno y místico, muy refinadamente paladeado por Sylvain Cambreling en timbres, colores orquestales y lentitud en su fraseo. De nuevo, brilla el director francés como un auténtico paisajista, haciendo de su batuta un pincel con el que va destacando las presencias de la naturaleza en este inmenso fresco. Así, el flautín adquiere un gran protagonismo, remedando tanto a un pájaro en la lejanía como al brillo de las estrellas: dualidad característica de una obra, como antes señalamos, en la que el firmamento y la Tierra dialogan y se espejean. Todo Les ressuscités et le chant de l'étoile Aldébaran está repleto de detalles que fueron muy bien expuestos por la OSPCM en cada uno de sus atriles, como los efectos percusivos de Rui Rodrigues en su contrabajo: soberbio, en todas sus intervenciones (volviendo a demostrar el acierto en las incorporaciones de jóvenes músicos portugueses a la OSPCM). Mientras, Paulo Álvares no se muestra tan contundente en sus pasajes aviares en este octavo movimiento como lo había sido en el precedente, optando por unos perfiles dinámicos más atenuados que empastan de forma más sutil con unas cuerdas cuya coloración azulada ha marcado uno de los paisajes acústicos más subyugantes de esta lectura portuense. 

En el segundo movimiento para piano solo, Le Moqueur polyglotte, Paulo Álvares vuelve a mostrarse imponente, musculando el canto del pájaro que da nombre a este número, así como las réplicas de las aves australianas que Messiaen introduce en este diálogo ornitológico entre continentes. En los pasajes técnicamente más modernos, como los ataques en registro grave modificados en el arpa vía pedal y presión del teclado con el antebrazo derecho, Álvares estuvo inmenso por cómo fue capaz de apagar determinados registros en gradaciones dinámicas de los colores que reverberaban en su instrumento. Ello demuestra su aquilatada experiencia en el pianismo de compositores como Helmut Lachenmann, Karlheinz Stockhausen o Mauricio Kagel, algunas de cuyas técnicas pone al servicio de Des canyons aux étoiles... para conferir —aún— más relieves y perfiles a la música de un compositor que tan bien entendió el piano como Olivier Messiaen. En sus cantos aviares, marcados en Le Moqueur polyglotte por los gorjeos, los cambios de ritmo y las alternancias de color, Paulo Álvares ha sido capaz de llevar esos trinos a la antesala de sonoridades cuasi electrónicas por su forma de modularlas a través del pedal, incorporando sutilezas prácticamente microtonales que hacen del color un ente, aquí, vivo. Así pues, enorme demostración de un pianismo de verdadera altura, que nos deja con ganas de que llegue (ojalá que con un mejor panorama en lo que a la pandemia se refiere) ese 22 de diciembre en el que nos encontraremos, en la propia Sala Suggia, con otra de las cumbres del piano de Olivier Messiaen: sus Vingt Regards sur l'Enfant-Jésus (1944), en versión de quien considero su mejor intérprete desde hace décadas, Pierre-Laurent Aimard. 

Con el canto de La Grive des bois introduce Messiaen al nuevo hombre; un hombre, por lo escuchado en Casa da Música, marcado por la delicadeza en la percusión metálica, en la xylorimba y en las trompas: todos ellos muy brillantes bajo la analítica batuta de Sylvain Cambreling. Igualmente destacada ha estado la sección de cuerda en sus efectos más extendidos, volviendo a sobresalir el contrabajo de Rui Rodrigues por su poderoso bajo armónico y su exquisita técnica. El sul ponticello de su contrabajo, así como el flatterzunge en los vientos y los armónicos en las restantes cuerdas han enfatizado ese paisaje evanescente que apunta a lo espectral, entretejiendo capas armónicas en la OSPCM, cual un sonido orquestal en proceso de evaporación, que levita en sus suspendidos cromatismos: alma de ese nuevo hombre en la que no deja de trascender un hálito divino tan inherente al pensamiento de Olivier Messiaen como bellamente descrita por la orquesta portuense en los compases conclusivos de La Grive des bois

Si aviar es el movimiento precedente, con su arpegio en do mayor que remeda el canto del zorzal, qué decir de Omao, Leiothrix, Elepaio, Shama, penúltimo número de Des canyons aux étoiles..., en el que Messiaen nos invita a un festín de trinos transcritos a partir del canto de las cuatro especies de pájaros hawaianos que dan nombre a este movimiento. Por ello, tras el extático y místico final que Cambreling dibujó en La Grive des bois, el contraste vuelve a ser muy acusado con el arranque de Omao, Leiothrix, Elepaio, Shama, esta tarde muy enfático y rítmico en los metales. En un movimiento repleto de clichés arquetípicos del compositor francés, tengo que volver a destacar a Bruno Costa en la xylorimba y a un poderosísimo Paulo Álvares, así como a una percusión de la OSPCM plena de colorido en uno de los movimientos más exóticos de la obra, algo de lo cual la máquina de viento y las sonoridades extendidas en las trompetas son un buen ejemplo. De nuevo, las métricas de inspiración oriental se vuelven a asomar a esta partitura, convertida la orquesta en un gran gamelán que incorpora referencias multiculturales que espolean al conjunto hacia un final estupendo esta tarde, con un tutti muy poderoso, enfáticamente acentuado y ascendente: vuelo directo a las regiones paradisíacas que habríamos de visitar en el último movimiento de Des canyons aux étoiles... 

El pasado 8 de octubre asistí a la presentación, en el Centro Galego de Arte Contemporánea, del libro De dónde vienen las imágenes (2020), un estupendo volumen de ensayos en el que el pintor y escritor gallego Antón Patiño reclama la Tierra como auténtico paraíso, accesible al hombre por lo que Patiño dice es la patria común de la humanidad: la plenitud de sus sentidos. Es un pensamiento que me ha venido a la mente al escuchar la interpretación en Casa da Música de Zion Park et la Cité céleste, duodécimo y último movimiento de Des canyons aux étoiles..., por cómo Sylvain Cambreling ha coronado en él una lectura que ha conducido desde esos desiertos como frialdad y pura materia a un éxtasis en la contemplación de la divinidad que tiene, como al principio de esta reseña señalaba, ciertos dejes con la Tercera sinfonía de Gustav Mahler. 

Abismados al último de los cañones que Olivier Messiaen convierte aquí en escenario musical, Zion Park, lo más puramente geológico es habitado por la vegetación, por los cantos de los pájaros y por el propio hombre, cuya mirada vuelve a espejear el firmamento en la Tierra, abriendo la lectura al panteísmo y a la plenitud de la creación divina. Por tanto, y como apuntaba Antón Patiño: toda una invitación a la multisensorialidad, a con-fundir música, texturas y colores a través de nuevos pa(i)sajes acústicos marcados por la sinestesia: en Zion Park et la Cité céleste, evolucionando desde los colores del cañón norteamericano, con su escala de ocres, tierras, blancos y rojos, a la contemplación de un cielo como acceso al firmamento que tiñe la partitura de azul en sus últimos compases: nueva aparición del acorde en la mayor que ya habíamos escuchado (y visualizado) en la también celeste Les ressuscités et le chant de l'étoile Aldébaran. De este modo, Sylvain Cambreling ha planteado en Oporto Des canyons aux étoiles... como un gran fresco contemplativo, así como un camino de ascesis y perfección, en el que, hasta la ausencia de una pieza importante de su paisaje acústico, como el glockenspiel, o alguna entrada a destiempo, pueden ser subsanadas por la reconducción de la mirada hacia una globalidad capaz de pervivir y amanecer nuevamente cada mañana, aun con el reguero de sucesivas ausencias que se van descolgando de la existencia: toda una metáfora de estos tristes tiempos. 

Con tales presupuestos conceptuales, musicales y espirituales, Sylvain Cambreling ha concebido Zion Park et la Cité céleste como una gran coda en la que reaparecen muchos de los motivos que habíamos escuchado previamente: desde las llamadas interestelares de la trompa a una proliferación de ritmos recobrados que inciden en esa bella forma de reintegrarlo todo, convirtiendo este duodécimo movimiento en un paisaje retiniano que apela a nuestra memoria auditivo-visual del conjunto de la pieza: sus verticalidades rocosas, sus trinos aviares, el brillo de las estrellas, la naturaleza como esplendor, trasunto y reflejo de la divinidad. Es obvio que para desarrollar una concepción tan progresiva, integrada y monumental se requiere una batuta, además de detalladamente analítica, como la de Sylvain Cambreling esta tarde, fuertemente constructiva, ya en lo más asertivo, ya en los procesos de reintegración de los materiales, o en la ampliación de sus temas en la apertura a esa trascendencia final en la que se contempla el horizonte como metáfora de la eternidad: un horizonte azul en el gran la mayor de las cuerdas, sobre el que escintilan los astros en la distancia. 

Tan calibrada, progresiva y resplandeciente interpretación de Des canyons aux étoiles... fue recibida de forma muy efusiva por parte del público portuense (esta vez, con una presencia extranjera mucho menor de lo habitual en Casa da Música), lo que ratifica el trabajo desarrollado por la OSPCM y la decisión tomada por António Jorge Pacheco y Sylvain Cambreling de continuar con el concierto tras el desmayo de un Nuno Simões que, hasta donde yo sé, ya se encuentra recuperado de su indisposición. Esperemos que lo que no se desmayen sean las fuerzas de los programadores, el personal y los intérpretes de Casa da Música, pues en los meses que tenemos por delante han de necesitar de toda su entereza apara alcanzar más jornadas de éxito como las de esta auténtica cosmogonía musical en forma de cañones y estrellas.

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