Reino Unido

Ópera en tiempos de COVID (I): regreso a Glyndebourne

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 4 de noviembre de 2020
In the Market for Love © 2020 by Richard Hubert Smith In the Market for Love © 2020 by Richard Hubert Smith
Glyndebourne, martes, 20 de octubre de 2020. Glyndebourne. El mercado del amor. Versión libre por Stephen Place de 'Mesdames de la Halle', de Jacques Offenbach. Libreto adaptado por Armand Lapointe y Marcia Bellami. Regie: Stephen Langridge. Mademoiselle Bouillabaisse, vendedora de pescado: Brenden Gunnell. Madame Beurrefondu, vendedora de productos lácteos: Rupert Charlesworth. Madame Mangetout: vendedora de verduras: Michael Wallace. Inspector de policía: Matthew Rose. Raflafla, tambor mayor: Jeffrey Lloyd-Roberts. Harry Coe, un joven cocinero: Emma Kerr: Ciboulette, una frutera: Nardus Williams. Orquesta y Coro de Glyndebourne dirigidos por Ben Glassberg
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Luego de un verano durmiente, la sala teatral que hasta el año pasado albergaba el más largo festival operístico internacional se desperezó para la usual temporada otoñal de la Glyndebourne Touring Opera. Normalmente se ofrecen algunas producciones ya puestas en el emblemático festival de verano, y alguna primicia a presentar allí dos años después. Y siempre con cantantes jóvenes, algunos muy promisorios. Pero este año, el COVID impuso una programación modesta: sólo dos títulos, una adaptación local de la Bouffe de Jacques Offenbach Mesdames de la Halle y una versión abreviada de 90 minutos de La flauta mágica. Y nada de gira por el interior del país sino solamente representaciones en Glyndebourne. 

Mi decisión de ir a la primera, Mesdames de la Halle, fue en parte ritual, porque después de visitas ininterrumpidas desde 1984 no quería dejar pasar este año sin viajar a Glyndebourne, que en otoño es de una belleza incomparable. Mi rito se completa con un té a la inglesa completo, de scons, patisserie y sándwiches. Y por supuesto que el rito se completa caminando por un parque que en otoño está libre de esos viandantes de gala, que en el verano se agolpan en pícnics sobre la hierba. 

Pero por supuesto que lo más importante era asistir a la re-consagración del escenario, y no con algo santurrón en versión de concierto, anunciado por alguien que con cara de sufrimiento nos exhorta a perseverar con nuestras mascaritas, sino con una de esas irreverencias que sólo Offenbach puede brindar. Desde el principio sabía lo que iba a pasar, porque en Inglaterra es casi imposible traducir estas irreverencias conservando ese soez picante que hace la esencia de las bouffes. La tradición inglesa es de pantomima grotesca, tal vez divertida para los tradicionales espectáculos infantiles de navidad de Blancanieves o la Cenicienta, pero no para transponer una obra como Mesdames de la Halle. Error fundamental fue en este caso presentar a las vendedoras de pescado, productos lácteos y verduras como travestis masculinos: Brenden Gunnell, Rupert Charlesworth y Michael Wallace cantaron bien, pero sus intentos de comicidad fueron patéticamente ramplones. Hasta se dieron bofetadas y se cayeron de espaldas con las piernas abiertas, mientras la orquesta acompañaba la caída con un ruido de percusión. En fin, ya se imagina el lector la tristeza de estas gracias frente a un público corona-distanciado que al no ser de niños no les festejó con risotadas irreverentes. 

Pena, porque el resto estuvo muy bien. Los coloridos puestos de venta de mercado contrastaron con un fondo de bastidores gris oscuro y algunas bromas sobre el coronavirus fueron bastante divertidas, con ese inspector de policía que como el gobierno británico introducía directrices contradictorias que los cantantes se deleitaban en transgredir. También hubo dos cantantes excepcionales: Nardus Williams usó el rol de pizpireta de Ciboulette para expandir un registro a la vez cálido y ágil de brillante pasaje a la coloratura y perfecta colocación de agudos. Cuando vean su nombre en los grandes teatros internacionales acuérdense que la descubrí yo en la Glyndebourne Touring Opera el año del virus. Y lo mismo va para su parejita, el joven cocinero interpretado por Emma Kerr. 

Pero lo más importante fue la dirección orquestal de Ben Glassberg y la brillantez y entusiasmo con que sus dieciocho instrumentistas respondieron a sus instrucciones. También Jeffrey Lloyd-Roberts se incorporó a este decisivo Swing offenbachiano con una interpretación de los cuplés del Tambor Mayor que sí consiguió regocijar al poco público permitido. Es así que la sala y la escena de Glyndebourne lograron salir del estado de coma que amenaza matar las artes escénicas en el Reino Unido. También en este caso la droga Offenbach consiguió portarse bien como estimulante: ¡pensar que solo una horita de función me alcanzó para volver tarareando los cuplés durante la hora y media de regreso a Londres! 

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