España - Valencia

Guía de timbres para pandemias

Rafael Díaz Gómez
viernes, 6 de noviembre de 2020
Marina Monzó © 2020 by WNO Marina Monzó © 2020 by WNO
Valencia, viernes, 23 de octubre de 2020. Valencia, Les Arts (Auditori), viernes, 23-10-2020. Marina Monzó, soprano. Orquesta de Valencia. Ramón Tebar, director. G. Mahler: Sinfonía nº 4 en sol mayor. Primer concierto de abono de la temporada de otoño del Palau de la Música.
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El Palau de la Música de Valencia sigue sin sus salas de conciertos. El cese de la actividad musical en vivo impuesta durante el confinamiento de primavera no sirvió para que en la práctica avanzaran las obras necesarias a fin de restablecer el uso natural de la institución. A los trámites y tiempos burocráticos imprescindibles para la licitación de los trabajos se han sumado recursos por parte del Colegio de Arquitectos (ya desestimado) y, recientemente, de una de las empresas aspirantes a la adjudicación del contrato, cuyo concurso se resolvió a mediados de septiembre no precisamente a su favor. Y mientras tanto, sin abandonar la esfera judicial, Vicent Ros, el director de la casa, vio anular en marzo su nombramiento por el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana y el 17 de octubre su ratificación en el cargo tras cumplirse los requerimientos de la sentencia: la vuelta a la valoración de los méritos de los concurrentes que optaban a la dirección del Palau en 2016.

Demasiada tensión añadida a la ya de por sí peliaguda que impone la pandemia, que, para no ser menos que otros entes culturales, trae aparejada para 2021 una nueva reducción presupuestaria (la segunda en dos años consecutivos) y una previsible (no hay aún datos oficiales) disminución en el número de abonados. Ni que decir tiene que la oposición municipal ve en todo esto no la mano ingrata del destino ni oscuros intermediarios interesados en poner palos en las ruedas, sino una mala gestión, esa que según la derecha es patrimonio privativo de la izquierda.

Vino entre tanta historia a estrenarse la temporada de abono. Lo hizo en el espacio sinfónico cedido por Les Arts y con única obra en el programa, supongo que para evitar la convivencia del público durante mucho rato (aunque en futuras sesiones, si acaban llegando, el formato volverá a ser el tradicional, es decir, el susceptible de ser dividido en dos partes; ya veremos entonces qué ocurre con el lapso destinado habitualmente al descanso). Una horita escasa y a desfilar, con lo que habría público que estaría más tiempo desplazándose al auditorio y volviendo a casa que dentro de él. Un público, por cierto, que nutría la sala en un número algo por debajo de lo dispuesto por las medidas de seguridad contra el coronavirus. Y un público que, a juzgar por los aplausos, pareció satisfecho con la propuesta.

Yo no tanto, aunque también aplaudí (no le regateo un reconocimiento a un artista tal y como están las cosas por nada del mundo). Esperaba más fuego en la “celestial” Cuarta de Mahler, más apariencia de compromiso, más deseos de darlo todo, más vindicación del papel de una orquesta en tiempos de crisis, de su necesidad social. Siendo como es una sinfonía complicada, muy expuesta, tan transparente, Tebar ordenó aseadamente, para servir las entradas de cada atril (por cierto, individualizados, que se acabó eso de compartir partitura), pero sin ese hálito de flexibilidad temporal y dinámica que dota de unidad y fermenta las mejores versiones. Y al igual que se apreciaban detalles preciosos, un a modo de rutina (la dejadez de la postura de algunos músicos así parecía indicarlo) lastraba el conjunto. Hubo diafanidad, pero sin espesura (porque la claridad también puede ser consistente). Autoridad, pero no tanta hermandad. Timbres se escucharon todos, en su sitio y perfectamente aislados, cual una guía orquestal. No obstante, es algo más lo que se le puede exigir a una formación que aspira a estar en un alto nivel y que, idealmente, no debería estar atenazada por el miedo.

Marina Monzó, que hizo su aparición en el escenario, sorprendente, en pleno clímax del tercer movimiento, tuvo una intervención notable. Me dio la sensación de que un poco oprimida al comienzo por los nervios, pronto impuso su canto terso y bello. Si bien algo desguarnecido el registro grave y, por otra parte, un poco en la sintonía apaciguadora de Tebar, es decir, sin mucha mordiente en la intención (que es un Paraíso muy sensual el sugerido por Mahler), nos regaló fraseos de un henchido y prístino lirismo. Monzó apoya bien su columna de canto y lo oxigena con aparente espontaneidad. Y, por supuesto, nadie le discute su lleno, hermoso, timbre.

Tebar impuso un extenso silencio final. Más de lo usual. Si era un silencio para poner en valor todo lo anterior, se me hizo un poco largo. Lo que se va con el arpa y la cuerda grave en los últimos compases probablemente sea algo más que la sinfonía. Pero para entender esto, y valorar por lo tanto hasta el extremo todo lo anterior, lo mismo hay que ser viejuno. Al director valenciano, por fortuna, aún le queda margen para ello. Y mientras tanto, que el silencio también tiene su timbre no lo vamos a discutir.

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