España - Madrid

¡Qué rosas aquellas!

Germán García Tomás
jueves, 3 de diciembre de 2020
La del manojo de rosas © 2020 by Teatro de la Zarzuela La del manojo de rosas © 2020 by Teatro de la Zarzuela
Madrid, martes, 17 de noviembre de 2020. Teatro de la Zarzuela. La del manojo de rosas. Sainete lírico en dos actos. Música: Pablo Sorozábal. Libreto: Francisco Ramos de Castro y Anselmo Cuadrado Carreño. Producción de 1990. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Dirección de escena: Emilio Sagi. Escenografía: Gerardo Trotti. Vestuario: Pepa Ojanguren. Iluminación: Eduardo Bravo. Coreografía: Goyo Montero, en reposición coreográfica de Nuria Castejón. Reparto: Raquel Lojendio (Ascensión), Gabriel Bermúdez (Joaquín), Vicenç Esteve (Ricardo), Joselu Pérez (Capó), Nuria Pérez (Clarita), Ángel Ruiz (Espasa), Milagros Martín (Doña Mariana), Enrique Baquerizo (Don Daniel), César Sánchez (Don Pedro), Eduardo Carranza (un inglés). Coro del Teatro de la Zarzuela. Director: Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Ocupación: 65%.
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Si existe un montaje de zarzuela especialmente querido y apreciado por todo aficionado que ya peina ciertas canas ese es sin lugar a dudas el de La del manojo de rosas que firmó Emilio Sagi en 1990. 30 años después, y como si no hubiera pasado el tiempo, la producción regresa al escenario del Teatro de la Zarzuela en estos tiempos de pandemia con total naturalidad, tras haber sido repuesta en varias ocasiones a lo largo de estas tres décadas y haber hecho las delicias de diversas generaciones de espectadores.

Y es que el Manojo de Sagi es quizá el mayor emblema del regista asturiano, al menos en relación con el teatro lírico español, pues el resultado artístico conseguido con la puesta en escena del sainete lírico madrileño de Pablo Sorozábal, a su vez una de las creaciones más taquilleras del músico donostiarra, obtuvo indiscutiblemente el más perfecto de los acabados estéticos de toda su carrera, un hecho unánimemente reconocido tanto por público como por crítica. 

Entre esas virtudes se encuentra la capacidad de evocar con asombroso realismo el ambiente urbano de la década de los años 30 a través de la detallista y pulcra escenografía de Gerardo Trotti, de admirable buen gusto, con esa inolvidable fachada del bloque de viviendas en cuya calle se encuentran los tres negocios de la trama (la cafetería, la floristería y el taller mecánico). Unido a ello, el fascinante movimiento escénico, la mejor baza del montaje, que se apoya en las vigorosas, coloristas -y por qué no decirlo-, modernas coreografías herencia de musical americano que diseñó el fallecido Goyo Montero, ahora revividas con fervor por Nuria Castejón, sin olvidarnos del exquisito vestuario, cuidado hasta el detalle más nimio, que nos dejó la también desaparecida Pepa Ojanguren.

Pocos ejemplos de originalidad se han visto en un montaje contemporáneo de zarzuela como en la introducción instrumental de esta obra, en la que cantantes y bailarines van saliendo a escena (la calle en la que transcurre la acción), progresivamente y desde diferentes ángulos, quedándose congelados en variadas poses antes de que se oiga el persistente grito entre bambalinas del vendedor de mantecaos con la trompeta con sordina, cuyas nuevas apariciones hacen que vuelva a congelarse la estampa general. 

Raquel Lojendio y Milagros Martín. © 2020 by Javier del Real.Raquel Lojendio y Milagros Martín. © 2020 by Javier del Real.

Recursos claros y evidentes de cinematografía que aportan valor añadido a la obra más taquillera de Sorozábal junto a Katiuska y La tabernera del puerto , las tres mujeres de las que vivía, como él aseguraba, y que en el caso de la zarzuela que vio la luz en el madrileño Teatro Fuencarral en 1934, nadie había sido capaz antes de tal alarde de genial creatividad: concebir un sainete a partir de una sola frase de otro más antiguo. Aun así, no se trataba de un producto artístico sin más por parte del compositor y los libretistas, sino el compromiso de resucitar vivamente el ambiente castizo de La revoltosa de Ruperto Chapí en plena República a través de una más desarrollada zarzuela de género grande.

El gran mérito de todos los artistas que han participado en este feliz regreso de La del manojo de rosas ha sido el de ofrecer la función sin pausa alguna para evitar el descanso habitual como medida anticovid, por lo que parece que ésta va a ser una pauta a seguir en las demás producciones del coliseo de la calle Jovellanos mientras convivamos con el temido virus, obligando a todos los intérpretes a una continua concentración, especialmente a los cantantes, que se alternan cantando y hablando en una representación que alcanza casi las dos horas de duración total.

Indudablemente, la gran atracción de esta reposición era volver a ver al intérprete que encarnó al personaje de Joaquín en aquel 1990 en los muros de La Zarzuela, el barítono malagueño Carlos Álvarez, todo un déjà vu que ha supuesto el encuentro con sus orígenes como joven y prometedor cantante lírico, y quien no ha dejado de asombrar desde entonces a públicos de todo el mundo tanto en ópera como en zarzuela. Aun así, y siendo consciente de lo que suponía este gran acontecimiento, el que escribe pudo únicamente acudir al segundo reparto propuesto, donde la cantante femenina es la que se impone a su compañero masculino.

Raquel Lojendio. © 2020 by Javier del Real.Raquel Lojendio. © 2020 by Javier del Real.

La soprano canaria Raquel Lojendio tiene un carrerón por delante, ya lo está teniendo de hecho, pues ha participado en primeros repartos de otros títulos líricos en este teatro, y frecuenta en ocasiones el Real, paseándose por los más importantes coliseos operísticos nacionales. Su caracterización de Ascensión merece situarse entre las más granadas que hemos podido presenciar, desde la emblemática de Milagros Martín en ese mismo 1990 y en años sucesivos, cuya experiencia y veteranía vuelve a contribuir a este montaje dando vida ahora a una inolvidable Doña Mariana, con el saber hacer actoral de quien ha pisado muchas tablas y ya ha hecho escuela, algo compartido con el entrañable Don Daniel del barítono Enrique Baquerizo, también relegado ya a papeles maduros. Si en aquellos años (¡qué tiempos aquellos, como dice el dúo del segundo acto!) Milagros Martín imprimía una acendrada melancolía y una intachable presencia escénica que nos hacía llorar de emoción con ese desengaño que sufre la enamorada florista al descubrir el disfraz de Joaquín para conquistar su corazón, Raquel Lojendio sigue en esa misma línea, revistiendo a Ascensión de un halo de nostalgia que alterna con una determinación escénica propia de las actrices de raza, haciendo suyo el personaje de la sufriente vendedora. Lo redondea vivamente con una voz fresca y bien proyectada de asombrosa facilidad para el agudo y grato color, que provoca encendidos aplausos en su romanza, muy personal, “No corté más que una rosa”.

Vicenç Esteve, Raquel Lojendio y Gabriel Bermúdez. © 2020 by Javier del Real.Vicenç Esteve, Raquel Lojendio y Gabriel Bermúdez. © 2020 by Javier del Real.

Mejor actor que cantante se nos antoja el barítono Gabriel Bermúdez, que destaca en otro tipo de repertorio lírico. Defiende a un Joaquín con hechuras y mucha presencia, si bien emite sus notas con la voz impostada quizá en exceso, no llegando a estar engolada del todo, que priva de cierta espontaneidad a un canto que tiene que fluir con mayor naturalidad. Es la suya una prestación vocal que va de menos a más, exhibiendo un canto más natural y refinado junto a Lojendio en el dúo-habanera. El triángulo amoroso se completa con el rival de Joaquín, el antipático aviador Ricardo, al que el tenor Vicenç Esteve defiende con agallas y rigor vocal.

El incombustible Luis Varela había dejado el listón muy alto en esta producción como Espasa, ese personaje que si falla hace caer todo el castillo de naipes, pues ya se encargaron los libretistas Ramos de Castro y Cuadrado Carreño de convertirlo en el eje indiscutible de la trama, por su presuntuosa y zalamera verborrea. Ángel Ruiz, estupendo actor, sigue en todo momento el modelo de Varela, sin llegar a imitarlo en ningún momento. Tiene chispa, facilidad para el histrión y arranca carcajadas, por lo que se convierte en un más que digno heredero del veterano actor, de quien por otro lado se echan de menos esos buenísimos momentos que nos dejó en este mismo escenario. 

Joselu Pérez y  Nuria Pérez. © 2020 by Javier del Real.Joselu Pérez y Nuria Pérez. © 2020 by Javier del Real.

Desconocemos las razones de por qué se omiten ciertos detalles del texto, como la alusión a la “Plaza del Que Venga” por parte de Don Daniel, o el chiste que hace Espasa al comparar la bandera republicana con un chino ensangrentado con una berenjena en la boca, detalles que no deberían ofender ni herir susceptibilidades a estas alturas de la película, pese a la época de hegemónica Memoria Histórica en la que vivimos. 

La pareja cómica del sainete cumple igualmente con creces, brindando alegría y buen humor al lado de Ángel Ruiz, aquí encarnada por una pizpireta -y jovencísima- Nuria Pérez como Clarita y un gracioso Joselu López en Capó. Ambos bordan sus dos dúos ligeros, el fox trot y la farruca, con gran desenvoltura escénica.

El maestro titular del coliseo, Guillermo García Calvo, aprovecha las posibilidades de la reducida orquesta, poco más de dos decenas de instrumentistas en el foso, por esas exigencias de la distancia social, dirigiendo con brío y esmero una partitura brillante que ocupa un lugar de honor en el género lírico español y en la memoria colectiva de los aficionados. Coro Titular del Teatro y cuerpo de baile, ambos con el aderezo de las máscaras que aporta un óptimo añadido a nivel estético, dan lo mejor de sí en este ilusionante montaje de zarzuela que podemos ya calificar, pese a los 30 años transcurridos, de antológico.

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