Opinión

“Suena demasiado fuerte”

Maruxa Baliñas
martes, 8 de diciembre de 2020
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Llevo toda la vida escuchando música. En concierto cuando es posible, grabada cuando no lo es. Y lógicamente a lo largo de todo este tiempo he visto ya unos cuantos cambios en los sistemas de reproducción del sonido, la mayoría positivos. Pero hay una tendencia que creí que sería pasajera y que cada vez se va incrementando y está empezando a invadir -o ha invadido ya- espacios que deberían regirse por otros criterios. Estoy hablando de la calidad de la audición de la música grabada.

Recuerdo vagamente discos donde había mucho ruido de fondo, pero cuando empecé a tener vinilos propios los cuidaba bastante y no sonaban nada mal. Los discos compactos fueron una maravilla por sencillez, precio (pasados los primeros años de boom) y calidad de sonido. Nunca llegué a meterme con los laser disc y otros inventos porque el dvd, que me permitía también imagen, ya era suficiente para mí. Y por supuesto tenía también casetes que llevaba en el coche o en los sucesivos walkmans que para gran asombro de mis primeros alumnos me acompañaban siempre: esto no daba calidad pero sí facilidad y ocasión para escuchar música en momentos en que, si no, no podría hacerlo.

Pero a lo largo de este proceso, la calidad del sonido siempre fue un valor fundamental. En la medida de lo posible intentaba tener siempre los mejores reproductores y altavoces que me podía permitir, como por otra parte hacíamos todos los melómanos. Y cuando la calidad sonora no era suficientemente buena, intentaba mejorarla: comprar una grabación mejor, grabar un casette nuevo, renovar mis aparatos, etc. En ese camino, la radio era siempre un factor importante, con ella escuchaba Radio 2, luego Radio Clásica, y a veces grababa algo. Por eso mis aparatos de radio también solían ser de cierta calidad o cuando menos una compra meditada [por motivos de espacio, el tema de Radio Clásica quedará para un segundo capítulo de este artículo].

Tardé en empezar a escuchar música en el ordenador. Las grabaciones de internet eran para mí principalmente una herramienta de trabajo: con ellas buscaba grabaciones concretas, descubría versiones e intérpretes, exploraba nuevos compositores y obras, etc. Pero para escuchar música por placer seguía recurriendo a los discos, a veces comprándolos y a veces disfrutando de los compactos que en aquellos tiempos las discográficas enviaban con notable -casi excesiva- prodigalidad a los medios de prensa dedicados a la música … o no.

Me entusiasmé con youtube, se podían escuchar miles de cosas y sobre todo se podía -igual que con Wikipedia- acceder inmediatamente a casi todo. Esas conversaciones musicales adobadas con grabaciones buscadas en el momento en youtube, esos enlaces de amigos que recomendaban cosas eran -y son- una maravilla. Pero a menudo notaba que me faltaba algo y la compra de unos altavoces mejores para el ordenador no resolvió realmente el asunto. Escuchaba muchas cosas en youtube, pero pocas veces repetía la escucha como sí hacía -incesantemente- con mis compactos.

La clave, como tantas otras veces, me la dieron mis alumnos. Cuando como cada año los llevé a un ensayo abierto de la Orquesta Sinfónica de Galicia algunos se quejaron de que los músicos tocaban demasiado alto, demasiado fuerte. Eso nunca me había ocurrido, en todo caso los adolescentes querían más ‘marcha’, más ruido, cuando escuchaban música clásica.

Y descubrí entonces dos cosas. En primer lugar, y casi sin que me diera cuenta, la experiencia de escuchar música se había convertido en algo individual y no colectivo. Durante gran parte de mi vida cuando yo oía música alguien más -voluntariamente o no- la oía también: oías la música de tus hermanos, de tus vecinos, del coro de la iglesia, del macarra del coche, de la tele o la radio y por supuesto del resto de la gente que iba a la sala de conciertos o el teatro contigo. La experiencia de la música, gracias a las grabaciones, se había convertido en algo mucho más individual y libre de lo que podía serlo 100 o 50 años antes, pero seguía predominando la escucha compartida.

Sin embargo, mis alumnos -entre 12 y 16 años, la mayoría de ellos- casi siempre escuchan la música solos y nadie sabe qué están escuchando. Comparten algo sus gustos en las redes sociales y se envían enlaces de grabaciones, pero incluso en ese caso, no oyen la música juntos. Quizás por eso cuando les pido que me comenten las audiciones que les pongo en clase o en el examen los resultados son poco satisfactorios y mucho más breves que hace años. No están acostumbrados a hablar o escribir de lo que oyen, a defender sus gustos -algo básico cuando tenías que ‘disputar’ el terreno para que los demás escucharan lo que tú querías-, casi ni siquiera son conscientes de lo que oyen. La enorme variedad que les proporciona la música en internet no ha servido para que escuchen más cosas distintas, sino para que tengan poco criterio sobre lo que oyen [aunque a lo mejor estas apreciaciones mías ya son problema de la edad].

Pero lo más grave para mí es que mis alumnos y todos -melómanos incluidos- nos hemos acostumbrado a un estándar de calidad que es youtube, una web que, si bien permite diversas calidades de vídeo, en el caso del audio funciona exclusivamente con una codificación de dos canales de 48 o 96 kHz. O sea, youtube tiene que eliminar información de sonido para que los vídeos no pesen demasiado y lo hace -independientemente del estándar de calidad elegido- suprimiendo lo que considera información redundante o innecesaria. No es necesario que se reproduzcan diez instrumentos tocando lo mismo cuando uno sólo da ‘la información suficiente’, las frecuencias más agudas y más graves no son percibidas apenas por el oído, por lo tanto se pueden suprimir, y lo mismo pasa con las intensidades extremas. 

El resultado es un ‘resumen’ de la música, en el que falta gran parte de la riqueza que caracteriza su magnificencia: en primer lugar la riqueza tímbrica, pero también numerosos efectos armónicos o ‘trucos’ sonoros que desde hace siglos hemos considerado como uno de los principales parámetros de calidad de la música culta occidental. Youtube es una plataforma de vídeo que se ha convertido en estándar musical, sin que se haya preocupado de ofrecer una calidad sonora mínima ni nosotros se la hayamos exigido. Y así los aficionados a la música que debíamos buscar la calidad, que de hecho nos hemos pasado años preocupándonos por la obtención de esa calidad, estamos renunciando a ella casi sin darnos cuenta.

Y así llegará un momento en que también nosotros, los melómanos, asistiremos a un concierto y pensaremos como mis alumnos que “suena demasiado fuerte”.

Comentarios
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Jorge Ariel Binaghi
08/12/2020 12:03:27

Muy buen artículo. No lo había pensado porque yo sigo privilegiando la música en vivo, y en estos tiempos sufro bastante el streaming. Youtube y demás me han parecido siempre un buen complemento pero nunca 'the real thing' por más que ponga música en directo y a veces sea la única posibilidad....

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