Una jirafa en Copenhague

Everest

Omar Jerez
miércoles, 16 de diciembre de 2020
Anciano bereber © 2020 by Miguel Calero Anciano bereber © 2020 by Miguel Calero
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Últimamente cada vez que estoy disfrutando de mi deliciosa manzanilla, me gusta imaginar situaciones, como por ejemplo la de hoy mismo:

- (Imagina que) vas a una panadería, entras, das los buenos días/tardes , seleccionas (entre tanta variedad y tomándote tu tiempo) el producto, evidentemente es un producto que se corresponde con tus delicados gustos gastronómicos; satisfecho con la elección, te diriges a la caja y a la hora de pagar, sin dudar un instante, con un gesto de complicidad haces una seña al propietario, éste se acerca y tú con tu porte sofisticado a bocajarro le disparas: ¡Disculpe usted! ¿Me puedo llevar este pan de centeno ecológico sin abonar el coste? Te comento esto porque soy un influencer, aquí donde me ves tengo más de cien mil seguidores (tan descerebrados cómo yo) y altruistamente (llevarme el pan sin pagar es un detalle de usted hacía mi, ya que soy famoso en mi casa a la hora de comer) así promociono su negocio, yo puedo otorgarle gran visibilidad.

¡A ver! visto así puede tener cierto punto de comicidad; el humor es un salvoconducto para no saltar por un puente ante tanta impostura. Pero si te paras a pensar y le pides al influencer que te repita punto por punto y letra por letra la frase (como en el film Groundhog Day*) esta situación se antoja pesadillesca.

Pongámonos a evaluar fríamente y desde la distancia esta hilarante propuesta en dos direcciones antagónicas.

1-El panadero se ha levantado posiblemente a las dos de la madrugada.

2-El influencer lo ha hecho a las 11 de la mañana.

3-El panadero trabaja unos 12 horas diarias.

4-El influencer llama trabajo a editar 30 minutos una foto ( que normalmente le ha hecho otra persona) a la sombra de un aire acondicionado.

5-El panadero es autónomo.

6-El influencer en muchas ocasiones es un parásito que vive a costa de sus padres o su pareja ¡Vete tú a saber!

7-El panadero tiene dos hijos a los que alimentar

8-El influencer está atormentado por las nuevas Nike verde fluorescente (por si no le hace juego con el tono de sus ojos).

¿Os ha molado el chiste? (Por cierto odio los chistes).

Esta situación le sucede año tras año (sin que falle el cretino de concurso) al dibujante e ilustrador Miguel Calero. Un profesional del calibre de Miguel, se puede tirar 15, 16 o las horas que sean necesarias para completar los procesos de creación y entrega; un profesional real, es abordado por esta clase de analfabetos funcionales (que dicho sea de paso) merecen total y absoluto desprecio por parte de la mayoría del sector de los creativos y evidentemente por parte de un servidor.

Cuando dialogas con su obra, Miguel Calero tiene la capacidad de aunar la ensoñación de tu infancia con la asamblea de emociones que conducen al abrazo fetal. Dice uno de mis escritores fetiche Michel Houllebecq: no hay que temerle a la felicidad, pues no existe, y siempre he sido militante de esta proclama, pero con Miguel Calero sucede que la felicidad viene condicionada en una estructura endógena, es imposible moverte bajo el espectro del dolor cuando lo escuchas hablar, o cuando estableces un diálogo directo con su delicada obra.

Los adultos decidimos unilateralmente renunciar, con efectos secundarios de por vida, a nuestra niñez; Miguel Calero nos impulsa para que nos permitamos (como si de un estatuto se tratara) reivindicar esos años de la vida dónde la tragedia aún estaba muy muy lejos de tus prioridades.

Miguel Calero un ilustrador, Miguel Calero la cima de lo posible:


Yo, ¿bello artista?

Carmen. © 2020 by Miguel Calero.Carmen. © 2020 by Miguel Calero.

Escribo estas líneas a petición de mi querido amigo Omar Jerez, el cual me exhorta a que hable de mí como artista, así como de mi obra. Casualmente lo hace cuando en redes sociales se desata una polémica (oh, qué cosa más insólita) sobre las declaraciones que hizo la nueva directora del IVAM, cuestionando si el cómic es un arte o no. E hilando una cosa con la otra, lo primero que hago yo al afrontar esta tarea es cuestionarme si yo soy o no un artista.

Si le hacemos caso a la RAE (yo suelo hacerlo) se me podría considerar como tal. Aunque no es menos cierto que a mí siempre me han gustado mucho más, y me he sentido más identificado, con las distintas acepciones de la palabra profesional. A fin de cuentas, me gano la vida (en la mayor parte de las ocasiones me conformo con empatar) con mi trabajo. Y, como me decían cuando era pequeño al manifestar mi deseo de ser dibujante: “un artista se muere de hambre y pobre”. Visto así y desde un punto de vista pragmático, casi que es mejor ser un profesional que un artista. Bromas aparte, por el tipo de actividad que realizo sería más ajustado hablar de mí como un ilustrador profesional que como un artista. ¿O no?

Hace algunos años tuvimos la oportunidad de disfrutar de una exposición sobre Edward Hopper en el museo Tyssen-Bornemisza de Madrid. Recuerdo que en las noticias de Antena 3, el presentador (no recuerdo quién era por aquel entonces) al hablar del pintor dijo algo así como: “… no siempre fue un pintor de éxito, dedicándose durante varios años a ganarse la vida como un simple ilustrador para subsistir” (casi sic). Con un par. Recuerdo que me sentó mal. Rematadamente mal. No dejaba de ser un menoscabo para mi profesión, con la que me gano el pan de la manera más honrosa y honrada posible. Aunque lo más triste es que aquel adjetivo, aparentemente inocuo, no deja de ser un reflejo de lo poco que se conoce, se comprende y se valora el arte de la ilustración. ¿O debería decir oficio?

Porque, ¿qué es lo que hace un ilustrador profesional? Generalmente, como dice mi querida RAE en la tercera acepción de ilustrar: Adornar un impreso con láminas o grabados alusivos al texto. Según esta definición (un tanto simple, la verdad), el arte de la ilustración está, en cierto modo, supeditado a una obra creada mediante otro arte (este sí aceptado como tal sin cortapisas), como es la literatura. ¿Hace eso que la ilustración sea menos arte que la escultura, por ejemplo, o la misma literatura? Según Charles Batteux, que fue uno de los primeros en clasificar las bellas artes allá por el año 1746, estas no deben tener una aplicación práctica sino que deben ser destinadas exclusivamente a la contemplación. Es evidente que el gremio de arquitectos tenía mucha mano en el siglo XVIII.

Realmente, los ilustradores debemos ser comunicadores. Con la creación de nuestras imágenes transmitimos conceptos, ideas, historias que puede que hayan creado inicialmente otras personas, y es en ese momento en el que ejercemos nuestra labor de traductores. Traducimos palabras (esas ideas, historias o conceptos) a imágenes. Pero para ello hemos de crearlas inspiradas en el texto que acompañarán; a veces complementándolo, a veces clarificándolo. Curiosamente, clarificar significa iluminar, alumbrar, sinónimos ambos de ilustrar. Y además, debemos hacerlo con cierto sentido y valor estético, con una evidente naturaleza creativa. ¡Vaya! Según algunas de las definiciones más aceptadas, las Bellas Artes son el conjunto de manifestaciones artísticas de naturaleza creativa y con valor estético (sic). ¿A que al final va a resultar que sí somos artistas? Bueno, aunque no Bellos Artistas, ya que nuestra labor tiene una función utilitaria evidente. Va a ser que somos artistas aplicados. Etiquetas. Cómo odio las etiquetas.

Toda esta divagación para decir que lo que yo hago es crear imágenes. A veces para que un niño o una niña entienda de manera más clara el ciclo del agua, al ver mi dibujo en su libro de texto de ciencias. O para que asocie visualmente lo que significa la palabra parrot, que aparece en su libro de inglés. O para despertar su imaginación al observar mi ilustración en su cuento sobre gigantes o en su novela de aventuras. Me encanta que mi labor creativa tenga una aplicación práctica. Las artes en sí mismas, da igual si hablamos de Bellas Artes o de artes aplicadas, son útiles. ¿O acaso, durante los duros meses de confinamiento provocados por la pandemia mundial, no hemos buscado con mayor ahínco el solaz de todo tipo de arte? ¿No tiene una función utilitaria, para la mente y el alma al menos, la contemplación de un cuadro, el visionado de una película, la lectura de un poema?

A todo artista se le presupone un cierto índice de ego en sangre. A mí, me invitan a hablar sobre mi persona y mi obra, y acabo haciendo una disertación sobre el arte, mi profesión y, por extensión, sobre todas las personas que la ejercen. No. Definitivamente no soy un artista. ¿O sí?

-Sí Miguel , sí!
Notas

«Groundhog Day» traducida al español como «Atrapado en el tiempo» es un film de culto protagonizado por Bill Murray donde narra el día a día de un hombre que repite todos los días las mismas escenas, diálogos y personas.

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