España - Valencia

El tiempo, ese canalla

Rafael Díaz Gómez
lunes, 21 de diciembre de 2020
Joaquín Achúcarro © 2020 by Palau de les Arts Joaquín Achúcarro © 2020 by Palau de les Arts
Valencia, miércoles, 25 de noviembre de 2020. Les Arts (Auditori) y Teatro Principal. Joaquín Achúcarro, piano. Orquesta de Valencia. Josep Vicent, director. W.A. Mozart: Concierto para piano y orquesta n.º 20 en re menor, KV 466. M. de Falla: Noches en los jardines de España; El sombrero de tres picos, suites 1 y 2 (selección). J. Brahms: Sonata en fa menor, op. 5 n.º 3. C. Debussy: Claro de luna. G. Gershwin: Tres preludios. F. Liszt: Sueño de amor. F. Chopin: Fantasia impromptu; Polonesa en la bemol mayor, op. 53. Cuarto y quinto conciertos de abono de la temporada de otoño del Palau de la Música, miércoles, 25-11-2020 y sábado, 28-11-2020.
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A la altura del lugar que servidor ocupaba en la más o menos espaciada cola que daba acceso al Teatro Principal, una joven con apariencia de estar instalada no hace mucho en la veintena preguntó por el ritual al que conducía la fila. Se trata de un concierto, le indicó alguien ¿Un concierto?, se sorprendió ella como si esta circunstancia se le hubiese escapado de su agenda de espectáculos. Sí, un recital de piano, le aclaró otra voz. ¡Ah, gracias!, respondió la chica con actitud verdaderamente angelical. Y siguió su camino. Pero no tan rápido como que para que todavía solazados en nuestra condescendiente sonrisa no pudiéramos escuchar el comentario que le deslizó a su compañera: claro, por la media de edad deberíamos haberlo deducido. El dolor del puñal en las entrañas me impidió verbalizar lo que pensé en ese momento: ¡pues anda que si supieras la edad del pianista!

Y es que Joaquín Achúcarro, 88 años recién cumplidos, se vino a Valencia para seguir reivindicándose en un escenario y para homenajear a José Iturbi en el 125 aniversario de su nacimiento (un 28 de noviembre de 1895). El escenario no pudo ser, por las razones conocidas, el de la sala que lleva su nombre en el Palau de la Música, así que se recurrió a dos de los lugares donde la estructura del organismo municipal deriva las actuaciones musicales programadas: Les Arts y el Teatro Principal. Allí es donde se resolvieron los dos ambiciosos programas. El primero trataba de recordar la gira de la Orquesta de Valencia de 1957, cuando Iturbi, el rutilante músico que venía de Hollywood, cancelando sus compromisos, se puso al frente de la formación a fin de obtener fondos con los que paliar los efectos de la tremenda riada del Turia de octubre de ese mismo año. El valenciano, que ya había tenido ocasión de escuchar a Achúcarro unos años antes, enroló al entonces joven vasco en la aventura. Y por otra parte, el segundo de los programas, esta vez para piano solo, se acercaba en la segunda mitad a un ramillete variado de obras que Iturbi popularizó (y que lo popularizaron a él) en cantidades millonarias.

Vayamos a la primera de las veladas. Ni más ni menos que 63 años han transcurrido desde esa gira de noviembre de 1957. De la orquesta no queda ni el nombre intacto, pues se le ha caído aquello de “Municipal” que ostentaba entonces. De Iturbi, fallecido en 1980, le ha correspondido hacer en esta ocasión al alicantino Josep Vicent (nacido en 1970). Pero el pianista, parece mentira, sí que es el mismo. Ni la pandemia ni el temporal (hubo revolcón metereológico en Valencia esos días) arredraron a Achúcarro. Tampoco, al menos en apariencia, el sentimentalismo. Historia activa del piano, el de Bilbao sólo quiso ser lo que es: un profesional de la música que ama su trabajo.

Pieza enlazada

Y eso es lo que trasluce y lo que le agradece el público, en una parte significativa del aforo aplaudiendo en pie, sin tener en cuenta algunos yerros en la precisión de las teclas o caídas de memoria de las que no obstante se rehacía con rapidez (en el movimiento central del concierto mozartiano, que me hizo recordar aquella de la gran Alicia de Larrocha también en un concierto de Mozart en la que supuso mi primera colaboración en mundoclasico.com, hace ya ¡20 años!). 

A la expuesta transparencia de la música del compositor salzburgués, llevada por el solista y director con pértigas de equilibrista no siempre compensadas, le siguió una más sugerente lectura de las Noches de Falla. Así que Achúcarro, el que huía en su juventud del que consideraba peligro de que le encasillaran en el apartado de la música española, fue al menos en esta sesión consagrado por su versión de la obra de Falla. Por su parte, Josep Vicent, evocador sin emborronar en la obra concertante, dio la sensación de liberar tensiones en la selección de El sombrero de tres picos, que lanzó potente y enérgica para la catarsis colectiva.

Tres días después estaba de nuevo Achúcarro frente al piano y al público del Teatro Principal. Abriendo boca, la Sonata n.º 3 de Brahms, ¡ahí es nada! Y abriendo la boca también el pianista para explicar que el segundo y cuarto movimientos de la obra, relacionados entre sí, quizás se explicaran desde la óptica de una relación amorosa entre Johannes y Clara, cosa que de ser cierta no dejaría de tener su mérito, pues parece que el hamburgués cuando llegó a Dusseldorf para conocer a la familia Schumann ya llevaba bajo el brazo esos dos movimientos escritos. Sea como fuere, Achúcarro hizo una lectura de la extensa sonata en la que pese a la falta de vigor y las ocasionales inexactitudes impuso una sensibilidad refinada que parecía regir desde una mano izquierda magistral.

Sin apenas descanso, como en la jornada anterior en Les Arts, llegó la parte dedicada al recuerdo de Iturbi. Sus grandes éxitos. No quiso aquí ya el pianista volver a coger el micrófono. No narró las anécdotas que quizás esperábamos de alguien quien hizo música con Iturbi y a quien suele gustarle comentar sus conciertos. Y, bueno, tampoco es que hiciera mucha falta, pues Achúcarro, a lo suyo, fue degustando el conjunto de las conocidas piezas con la brillantez de la experiencia y sin monotonía. Pero si con alguna me hubiera de quedar sería con los Tres preludios de Gershwin, sorprendente revitalización de la atmósfera del recinto, que incluso hubiera hecho vibrar a esa veinteañera despiadada que he citado al comienzo tan poco interesada en hacer de la curiosidad virtud. Y es el que el tiempo, se mire por donde se mire, siempre será un canalla.

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