Opinión

El virus de “La Corona”. Apuntes críticos sobre una pandemia televisiva

Agustín Blanco Bazán
jueves, 24 de diciembre de 2020
The Crown. Temporada 4 © 2020 by Netflix The Crown. Temporada 4 © 2020 by Netflix
0,0008357

¿Cómo vive Inglaterra una ficción televisiva aparentemente tan interminable como el reinado de Isabel II? Un persistente interrogante es si concluirá antes de su muerte. Algunos de sus responsables han dicho que sí, pero como lo mas probable es que ellos sobrevivan por muchos años a una anciana de 94, sospecho que les será imposible resistirse a nuevas invenciones. Hay temas demasiado jugosos para dejar de lucrarse con una audiencia cautiva y dispuesta a maravillarse con lo que Netflix les ponga en pantalla. Por ejemplo: la enfermedad final, las exequias y las intrigas post mortem de la familia y sus cortesanos.

Mientras tanto, y en medio de la crisis del Brexit, los encierros del coronavirus parecen haber incrementado la ansiedad colectiva local frente a The Crown. Prueba de ello es que, a menos de un mes de la salida al aire de la cuarta temporada, un comentarista político de la jerarquía de Simon Jenkins ha advertido que la saga presenta tantos peligros a la monarquía como las fake news que hacen circular los anti-vacunas o los inventores de teorías conspirativas. “Dios prohíba una oficina de censuras… pero alguna regulación tiene que haber” escribió Jenkins en The Guardian. A lo que el Secretario de Cultura, Oliver Dowden, agregó que Netflix debería incluir la advertencia sobre el carácter ficticio de cada episodio. A esto The Economist retruca con tajante solidez: “Si la monarquía es tan vulnerable que puede ser dañada porque alguien que actúa como el Príncipe Carlos dice cosas mezquinas a la mujer que actúa como su esposa, es probable que la utilidad de la institución esté perimida”. 

¿Puede imaginarse el lector a miembros del gobierno y los mejores comentaristas políticos españoles o franceses discutiendo sobre si es necesaria una advertencia antes de representar el drama íntimo de Felipe II e Isabel de Valois en el Don Carlos de Schiller? ¿O, en relación a este mismo autor y en la misma Inglaterra, si es preciso desenmascarar públicamente las falsedades históricas de María Estuardo para que los espectadores no se las creanEn la misma vena, ¿existe algún televidente dispuesto a enfrascarse en una investigación histórica con datos suministrados por The Crown

La paradoja de que en el país de Shakespeare tantos de sus habitantes pretendan asociar la ficción de esta telenovela de Netflix con una realidad extra-televisiva es, creo, una excusa válida para reflexionar sobre el tema en Mundoclásico.com, una publicación tan asidua en su dedicación a melodramas operísticos. Antes de abordar los mitos explotados en la cuarta temporada, conviene recordar que nadie pretende en Gran Bretaña que los reyes y reinas de las obras de Shakespeare reflejen verdades documentables. Nadie se cree que Enrique V haya motivado a sus huestes con la arenga que pone Shakespeare en su boca antes de la batalla de Agincourt. Y todos saben que la maldad casi caricaturesca de Ricardo III es una exageración de “El Bardo” para congraciarse con los Tudor a expensas de los Plantagenet. ¿Todos? No sé, porque aún estas ficciones parecen desbordar a la realidad a través de un subconsciente colectivo que a veces pareciera recibirlas como una chispa mítica similar a la enciende en algunos el Cid Campeador. Es así que la oración de Agincourt ha sido esgrimida por los brexitistas como palabras de aliento en una isla acosada por la gran amenaza continental europea (Thatcher afirmó una vez que ella había crecido en la convicción que todo lo malo venía de “el continente.”) Y cuando los restos de Ricardo III fueron descubiertos debajo del asfalto de un garaje, algunos medios se sintieron obligados recordar que este monarca no había sido tan malo como para no merecer sepultura en la Catedral de Leicester, luego de un meticuloso proceso de ADN. A salvo de Shakespeare y sus mitos quedó el sucesor de Ricardo, Enrique VII, y ello por una razón muy simple: parece que fue tan buen gobernante que su perfil dramático daba para el teatro tan poco como el de la actual presidente de la Confederación Suiza (se llama Simonetta Sommaruga, como seguramente saben los lectores de Mundo Clásico y los televidentes de The Crown). 

El mito de la corona

Pero claro está que el debate nacional desencadenado por la cuarta temporada obedece a la confrontación con figuras menos remotas que las fantaseadas por Schiller y Shakespeare. Mas precisamente: en la cuarta temporada la ficción se atreve a hacer quedar mal al presente heredero a un trono que, contra las esperanzas cifradas por la masa plebeya local, nunca llegará a compartir con Diana, la princesa que quería ser feliz. Aunque gobernantes y pueblo quieran negarlo, esta insólita pasión nacional desatada para descubrir la verdad existente detrás de un culebrón televisivo indica que la monarquía inglesa es, como lo sugiere The Economist, una institución perimida. Perimida al menos en un factor decisivo: los súbditos se niegan a confrontarse con personas de carne y hueso para buscar el soslayo de un cuento fantástico. 

¡Y eso que la monarquía inglesa podría haberse reinventado al estilo escandinavo, si aparte de reducir costos y fortunas personales Isabel II hubiera abdicado a tiempo, siguiendo así el ejemplo dado en este siglo por notorios “de por vida” como el Emperador de Japón o el Papa! Pero no, la insistencia de la nonagenaria en aferrarse a su condición totémica pareciera incrementar una idolatría que The Crown expone como un arma de doble filo: por un lado, muchos súbditos aspiran a sentirse representados en una pompa evocadora de una hegemonía ya inexistente. Y por el otro, los idólatras hacen lo que siempre hacen, esto es, tratar de destruir sus ídolos asociándolos con percances comunes a cualquier mortal. Es así que la primera temporada de The Crown comienza con los enfermizos esputos de Jorge VI y, en la cuarta volvemos a un inodoro real para asistir a los vómitos bulímicos de Diana. Lady Di, le decían todos fuera del Reino Unido, para recibir airadas reprimendas de los idólatras locales: “¡No es más Lady Di, es la Princesa Gales!” 

Hace unos años, la risueña confusión de mitos con realidades alrededor de esta monarquía exhausta por la duración desmesurada del presente reinado comenzó a adquirir caracteres esquizofrénicos con La Reina y El discurso del Rey. Después de ver estas dos películas, no era raro encontrar en Gran Bretaña espectadores que mencionaban las situaciones de alcoba y palacio imaginadas en ambas como verdades ocurridas frente a sus propios ojos.

Como protagonista en La Reina, Helen Mirren se salvó del ridículo con una monarca estupendamente actuada, aún cuando desmerecida por un guion pedestre. Particularmente divertidos por su torpeza eran los diálogos entre Tony Blair y su esposa y el progresivo enamoramiento de Blair en su soberana. En El discurso del Rey muchos creyeron conocer a la mala de Wallis Simpson, y a un Jorge VI aparentemente heroico, contra los testimonios, muchos de ellos escritos, de quienes insisten en que sus limitaciones excedían el mero tartamudeo. Después vino Dunkerque, con aquel Churchill pintado como una especie de Enrique V, a despecho de sus trasnochadas convicciones sobre la superioridad racial de los ingleses como justificación ética para la persistencia del Imperio Británico. Y por el entusiasmo que, como racista de buena ley, profesaba por la eutanasia. De cualquier manera, la retirada en Dunkerque de una Europa rendida a los nazis también fue hábilmente utilizada como propaganda antieuropea durante la tramitación del Brexit: en el momento de escribir estas líneas el gobierno se preocupa por publicitar que buques de guerra de Su Majestad se aprestan a defender las aguas de la corona contra la invasión de pesqueros franceses. 

Las invenciones de reyes y reinas que se portan bien o mal son fatalmente catalogables en el archivo rotulado “El corazón entiende razones que la razón no entiende”, y, lo dijo bien claro Richard Wagner, los mitos son verdades del corazón que no necesitan de una correcta apreciación de realidades exteriores. En las dos primeras temporadas de The Crown, la mitomanía del corazón fue alimentada sin mayor transcendencia gracias a su evocación de una historia lejana para la mayoría de los netflixeros. En la tercera en cambio, la separación entre ficción y realidad comenzó a dislocarse con el anuncio de que Olivia Colman haría de Reina. Algunos no veían a Colman lo suficientemente digna y distinguida para el rol (en Inglaterra una mayoría considera a Isabel II una mujer elegante). La agitación se incrementó cuando los televidentes fueron confrontados con los desordenados adulterios de Carlos y Diana, porque son todavía muchos los que no han podido recuperarse de la desilusión de un cuento de hadas transformado en pesadilla. 

El mito del cuento de hadas 

Hay varias películas con personificaciones de Carlos y Diana pero hasta ahora todas han sido lo suficientemente malas como para no alcanzar demasiada notoriedad. El caso de The Crown es distinto, porque se trata de una telenovela excelente, uno de los mejores ejemplos de “si non e vero e ben trovato” que hayan pasado por la pantalla chica. Los actores son magníficos, y la narrativa brillante en su mezcla de suspense, premonición y costumbrismo social: nunca una familia real tan irrelevante fue mitificada con mayor pericia. Clichés como la nonchalance de los aristócratas frente a las clases inferiores y la fastidiosa reiteración de idas y venidas por corredores palaciegos pueden disculparse frente a la percepción con que el culebrón selecciona momentos claves de la historia del reinado de Isabel II para convertirlos en símbolos de una ficción sobre los valores contradictorios de una monarquía rancia y una sociedad en conflicto con sus propias instituciones. Uno solo puede imaginarse qué hubieran hecho los creadores de The Crown con algo más interesante, como por ejemplo la decadencia borbónica en España de los siglos XX y XXI.  

En los días siguientes a la boda de Carlos y Diana, el obispo oficiante fue repetidamente caricaturizado con ese legendario humor local para el cual no hay situación, por más seria que sea, que no merezca una tomadura de pelo. En este caso, la burla se centró en el famoso sermón que incluía una comparación que The Crown repite palabra por palabra. Se trataba, según el obispo, del comienzo de una historia digna del mejor cuento de hadas, con una diferencia importante: en los cuentos de hadas, el casamiento es un final feliz. En este caso la felicidad recién comenzaba como duradera bienaventuranza para los esposos y la nación toda. Una publicación satírica parodió la ingenua pomposidad de esta oratoria describiendo al príncipe de Gales como un experimentado Jumbo Jet que aterrizaba definitivamente sobre una pista llamada DianaEl aeropuerto era nuevo, porque el Palacio había implícitamente certificado la virginidad de novia, al anunciar formalmente que no se le conocían relaciones anteriores al pretendiente real. “Debe ser una estúpida” afirmó una amiga cuando nos reunimos algunos en mi casa la víspera de la boda para comer algo antes de ir a ver los fuegos artificiales. Y continuó: “seguramente hay muchas vírgenes en el Reino Unido, ¡pero que en Londres alguien sea virgen a los dieciocho años! Francamente ¡es de no creer!" A lo cual otra amiga retrucó: “Darling, ¡no todo el mundo es como nosotras! En este caso tal vez es importante que no se haya acostado con nadie antes de la boda. ¿Te imaginas un amante apareciendo a contar secretos cuando Diana sea reina?” Exacto: el cuento de hadas debía funcionar virginalmente para la esposa del futuro rey, y no necesariamente para este último. En The Crown, Carlos y su amante Camila dialogan sobre el adocenado “cuento de hadas” con palabras de novela rosa: Camila dice algo así como “¡No! ¡Ella siempre me ganará, aunque tú me ames sólo a mí! ¡Ganará! ¡Porque en los cuentos de hadas siempre triunfa la más joven y la más bella!” ¡Pero ocurre que en este cuento de hadas la más bella perdió y la bruja terminó siendo la mismísima Reina! No sabemos si la próxima temporada cubrirá la muerte de una princesa que hizo trizas el mito del cuento de hadas con solo encontrar la felicidad en un robusto magnate egipcio. Pero lo cierto es que al acercarse al presente con una genial caracterización de Diana, The Crown se ha metido en un terreno difícil: los extravíos de su hermana Margaret no hacen sino solidificar la pretendida rectitud de la Reina. Pero toda pretensión desaparece con la sola mención de Diana. 

En los días que siguieron al accidente fatal la bruja fue criticada simplemente por su inicial silencio: “¡No tiene vergüenza! ¡Es que son alemanes!” decían mis colegas de oficina. “¡Diana en cambio sí que era una inglesa verdadera!” Finalmente, a la bruja no le quedó más remedio que cambiar de libreto y honrar a la víctima junto a una multitud en estado de conmoción similar al que rodeó la despedida a Eva Perón. Y así terminaron las fabulescas fantasías del obispo casamentero de la catedral de San Pablo, con Elton John en la abadía de Westminster espetando a esta realeza pseudo-germánica esa canción con texto reformateado para despedir a la inolvidable Lady Di como una “Rosa de Inglaterra.” Fue la única ocasión a lo largo de su larguísimo reinado que Isabel II, una excelente funcionaria pública por su dedicación al cargo, tuvo que confrontar a su pueblo como un mito agrietado por su tozudo apego a un tradicionalismo tan implacable como absurdo. 

Del mito a la realidad 

The Crown no aspira a ser una crónica verídica pero sí una ficción que asocia magníficamente las crisis atravesadas por una familia cuya última figura notable fue la Reina Victoria con la no menos accidentada vida política de un reino también en crisis desde la independencia de la India. No sabemos si Felipe llegó a comparar la sexualidad de su Reina con la de Jacqueline Kennedy pero, ¿qué importa? Se trata de una ficción tan creíble como la similitud en el sufrir de dos madres, una monarca preocupada porque un hijo suyo quiere participar en una acción militar en el Atlántico Sur y una Primer Ministro preparándose para la misma guerra mientras la carcome la ansiedad de su vástago desaparecido en el desierto. ¿Qué importa que todo esto sea mentira? ¿Qué importa que Mark Thatcher fuera encontrado meses antes de que los militares argentinos invadieran las Malvinas? La ficción de estas comparaciones es contundente y plena en su dramatismo teatral. ¿Y qué decir de la invitación de los Thatcher, ella hija de un verdulero, él un reaccionario nuevo rico, a la residencia de Balmoral? ¿Cuántos televidentes se hubieran sentido tan incómodos como los Thatcher de la serie frente a lo que imaginan como el despreocupado sans souci de la ruralísima realeza británica? Inevitablemente, algunos detractores de la serie siguen afanándose por señalar muchas otras mentiras. Por ejemplo, la Reina nunca fue a visitar a un Churchill moribundo, y Lord Mountbatten jamás escribió a Carlos una carta admonitoria justo antes de subir a la lancha que una bomba del Ejercito Revolucionario Irlandés haría saltar en pedazos. Peor aún, en el mundo según Netflix el pobre Mountbatten muere sin haberse sacado de encima la sospecha, inventada en una de las temporadas anteriores, de haber querido usar a la monarca para legitimar un golpe de estado contra el gobierno laborista. 

Un factor fundamental de la confusión entre mito y realidad que tan efectivamente parece haber logrado afectar la psique de muchos seguidores de The Crown es la radical fantasía sobre lo que ocurre en los encuentros a solas y sin testigos ni minutas entre la Reina y los primeros ministros. ¡Rito adorable y conmovedor, esta confesión del Jefe de Gobierno a una Jefe de Estado sacralizada como Reina Ungida con los Santos Óleos el día de su coronación! El lado oscuro de este trasnochado minué es la telaraña de chimentos y trascendidos tejida por los cortesanos y la prensa a partir de los gestos faciales o los pasos apresurados de los secretarios y confidentes de la Reina o de su Primer Ministro. La invención de las admoniciones de la Reina en una audiencia privada a una Thatcher remisa a imponer sanciones a África del Sur es para quienes seguimos el problema día a día, una de las escenas mas risibles de la cuarta temporada. Ciertamente, el conflicto entre Thatcher y la Commonwealth a causa de África del Sur existió, pero los transcendidos de un conflicto con la Corona impresos por el Sunday Times no fueron mas que una efímera historieta para los lectores de diario dominicales y no una crisis similar a la sublevación de Antonio Tejero. Más divertida aún es la escena donde unos burócratas desesperados corren de madrugada a comprar el diario a Victoria Station, porque, también se han encargado de recordarlo los sobrevivientes, las primeras ediciones, y también las que siguen, van por Delivery a Buckingham Palace y Downing Street. 

Conclusión: la realidad del mito 

Cuando el año pasado el gobierno manipuló a la Reina para cerrar un Parlamento que la Suprema Corte ordenó reabrir, me sorprendió que, tal vez influídos por The Crown, muchos ocasionales contertulios indicaran que había llegado la hora de que la Reina reaccionara para poner las cosas en orden. La realidad es que la Reina puede reaccionar tanto como un títere, y The Crown no nos ha regalado aún la dramatización del rito que la sublima como marioneta: periódicamente, la Soberana anuncia ante el Parlamento un programa de gobierno escrito por el gobierno de turno. A veces ha ocurrido que cuando el gobierno cambia de manos, la Reina aparece diciendo cosas opuestas en menos de un año. 

¿Es posible conciliar la pública exhibición de una Reina títere con la ilusión de una Soberana cambiando el curso de la historia con amonestaciones en privado a su Primer Ministro? The Crown ha venido luchando talentosamente en este sentido, con su dramatización de personajes francamente intranscendentes y dramas del corazón heroicamente teatralizados. Pero finalmente, estos méritos se derrumban frente a una devastadora confrontación con la realidad que aspira a fantasear. Porque es imposible elevar a Isabel II y su disfuncional familia a la altura de los monarcas que Shakespeare inmortalizó con ficciones más poderosas que la realidad misma. 

Salvo en el caso de Alice von Battemberg, el único personaje en The Crown cuya realidad excede cualquier ficción jamás concebible por los sesos de los libretistas de la sagaUno de sus hijos se cambió el apellido y renunció a todos sus títulos para casarse con Shirley Temple (el inolvidable seudónimo acuñado por Wallis Simpson para la joven Isabel II), pero Alice siguió siendo la misma hasta su muerte en 1969: una princesa sorda de nacimiento que logró dominar cuatro idiomas y sólo abandonó sus títulos para convertirse en monja ortodoxa. Después de la separación de su esposo, un príncipe griego, su esquizofrenia declarada motivó internamientos y un tratamiento errado por parte de Sigmund Freud. Pero en la década de 1930 los esquizofrénicos solían ser más cuerdos que muchos políticos y nobles coronados. Es así que Alice, finalmente escapada de uno de los asilos donde la había recluido su familia, prefirió alejarse de la rama nazi de la misma y se radicó en Atenas. Allí alojó clandestinamente a judíos perseguidos por la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Poco se habla de ella en Inglaterra, tal vez porque publicitar su estatura irremediablemente disminuiría el falso esplendor de la Reina y su familia. Pero gracias a The Crown muchos netflixeros pueden confrontar ficción con realidad viendo la excelente evocación de Alice en un documental de YouTube.

Un comentarista apodó como “la otra Reina Madre” a esta monja indómita que después de la caída de la monarquía en Grecia en 1967 fue arrastrada a Buckingham Palace, donde murió en 1969 dejando como inventario solo dos hábitos. Y en hábito de monja se la ve en la foto que la muestra caminando apartada de todo cortejo ceremonial por el corredor central de la Abadía de Westminster durante la coronación de Isabel II. Alice finalmente logró salir del circuito real inglés gracias a su pedido testamentario de ser sepultada en la Iglesia de María Magdalena en Jerusalén, a poca distancia del árbol plantado en su homenaje en Yad -Vashem, el Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá. 

The Crown también dedica un merecido capítulo a otro esquizofrénico marginado de Buckingham, Michael Fagan, el hoy septuagenario que en 1982 se coló en el palacio para sorprender a la Reina en camisón. Sus antecedentes de inestabilidad mental y drogadicción son reales pero el diálogo que mantiene con la soberana en The Crown es totalmente imaginario. Así lo ha vuelto a reiterar Fagan en unas entrevistas recientes durante las cuales parece haberse divertido mucho con los periodistas de turno. El vino del secretario del príncipe Carlos que se tomó durante su primera incursión al palacio era un baratísimo californiano, y, no, él no sacó del sueño a una Reina que estaba bien despierta durante su segunda irrupción clandestina. Después de criticar a The Crown por no haber elegido un actor con más sex appeal para interpretarlo, Fagan confiesa estar esperando a que la Reina cumpla los cien para enviarle un telegrama. Con ello retrucará el rito de Isabel II de enviar felicitaciones a cada uno de los súbditos que llegan a esa edad. Un gesto protocolario genuinamente conmovedor. Y sin ficciones “de palacio.” 

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.