España - Cataluña

Con la mitad sí se puede

Jorge Binaghi
martes, 5 de enero de 2021
Lisette Oropesa y Dmitry Korchak © 2020 by A. Bofill Lisette Oropesa y Dmitry Korchak © 2020 by A. Bofill
Barcelona, sábado, 19 de diciembre de 2020. Gran Teatre del Liceu. La traviata, Venecia, La Fenice, 6 de marzo de 1853. Libreto de F.M.Piave y música de G. Verdi. Intérpretes: Lisette Oropesa (Violetta), Dmitry Korchak (Alfredo), Giovanni Meoni (Germont), y otros. Escenografía y vestuario: Tanya McCallin. Coreografía. Andrew George. Puesta en escena: David McVicar (Repositora: Marie Lambert). Coro (preparado por Conxita García) y Orquesta del Teatro. Dirección: Daniel Montané
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España es un país curioso: Ni en Alemania ni en Francia una región o estado confederado tiene teatros o cines abiertos cuando en otras están cerrados. 

No seré yo quien me queje de que haya alguno abierto (al contrario, no sólo por convicción en general sino por interés particular aunque tenga que viajar con un salvoconducto que espero que no sea como el del barón Scarpia), pero si en dos autonomías de signo político contrario están abiertos, y en una tercera se han cerrado tardíamente, el caso de Catalunya (en realidad de Barcelona en esta oportunidad) es delirante: se abrió en septiembre/octubre, se cerró en octubre, se reabrió en noviembre con horario cambiado y una selección de un título en vez de la ópera completa en dos horarios distintos para ubicar a quienes habían comprado entradas (que luego no asistieron, véase mi reseña de Mitridate), se comenzó con esta Traviata con localidades reducidas a 500 plazas (una locura como bien señalaron las autoridades del Liceu que pidieron una excepción, y como tardó en llegar se suspendieron dos o tres funciones), y ahora –llegado el famoso permiso- se retomó (y curiosamente, cuando yo me esperaba que para estas fechas se volvieran a suspender y me apresuré a ir, parece que por fortuna continúan). 

Me perdonarán ustedes este principio ‘extraño’, pero es que toda la situación lo es, y no sólo por la pandemia (ahí tienen ustedes a Capuçon tocando su violín en un mercado francés pidiendo la reapertura de los teatros…).

Pieza enlazada

Así que en la fecha señalada me dirigí presuroso al Teatro recordando que había visto la última función de Don Giovanni, la última de Mitridate, y temiendo ser gafe de nuevo, pero aquí se cortó la racha. Así que debo decir que fue una ‘alegría’ estar de nuevo sentado en una butaca de un teatro y verlo ‘lleno’ (es decir con mil entradas vendidas, que no llega ni al cincuenta por ciento del aforo). 

Pieza enlazada

Y después fue el reencuentro con viejos amigos o conocidos, el más viejo y conocido de los cuales fue este título tan amado de Verdi (era tan claro que el público lo conoce muy bien por la exactitud de los aplausos, que incluyó incluso el que no oía en un teatro después de ‘Amami Alfredo’ en 1960 y 1965 cuando Violetta era Anna Moffo). Así que por una vez no insistiré en que ciertas obras sólo habría que reponerlas con todas las garantías para no caer en la saturación.

Me habría gustado escuchar un reparto más al menos (hay cuatro sopranos, tres tenores, tres barítonos, dos directores), pero claro en estas circunstancias… Y me tocó el segundo de los directores, a quien no conocía de nada (hubiera estado bien escuchar el trabajo de Speranza Scappucci que días antes –con el Teatro cerrado- había dado una clase magistral bien interesante sobre los problemas que La Traviata presenta para el director de orquesta). Debo decir que no me impresionó particularmente, salvo por ciertos ‘forte’ exagerados en particular en el primer acto y en el segundo cuadro del segundo, o por la velocidad de algunos pasajes en que se impidió a los cantantes cualquier intento de fraseo o de matiz (la llegada de Alfredo en el último acto, salvo para ‘Parigi o cara’, fue frenética). La orquesta sonó bien.

Sin duda alguna Oropesa fue el elemento más destacado de la función (y, hasta donde conozco a las otras protagonistas –me falta la armenia Mkhitaryan- la más completa).

Dmitry Korchak y Lisette Oropesa. © 2020 by A. Bofill.Dmitry Korchak y Lisette Oropesa. © 2020 by A. Bofill.

Sigo creyendo que no es la gran figura que muchos dicen, pero sí es muy buena y competente. No tiene un timbre especialmente bello ni muy personal, y se maneja con el volumen: obviamente sus inicios de soubrette siguen presentes pero ahora el centro tiene más consistencia, la voz algo más de volumen, los agudos siguen siendo buenos, y sólo falta peso suficiente para pocas pero importantes frases que la obligan a inventar y abrir el sonido o a recurrir a efectos ‘extraños’. Lo más relevante de su actuación estuvo, sin embargo, para mí, en el segundo acto. Y cantó muy bien el ‘Addio del passato’ completo (a diferencia de ‘Ah, fors’è lui’), como últimamente se viene haciendo, pero no para pedirle un bis (aquí no fue el caso, pero sí hace poco en Madrid, donde parece tener no sé si menos fans, pero sí menos fanáticos, que aquí. O será que la pandemia ha hecho mermar el entusiasmo o el temor a los horarios la duración, que no la intensidad, de los aplausos).

Korchak es un muy buen elemento, y aquí muy querido. Que su timbre y su emisión nasal sean los de un papel de tenor verdiano de cualquier época me parece cuestionable (si me lo parece Flórez…). ¿Alguien se imagina al gran Rockwell Blake cantando Verdi?

Giovanni Meoni y Lisette Oropesa. © 2020 by A. Bofill.Giovanni Meoni y Lisette Oropesa. © 2020 by A. Bofill.

Sin duda tiene buena técnica (aunque le hizo agua al principio de ‘Un dí felice’) y ejecuta todas las medias voces, que resultan destimbradas y por lo mismo casi inaudibles. Es un buen actor y tiene buena presencia.

Meoni, tras una carrera para mí plena de altibajos y no habiendo alcanzado nunca la primera fila, tiene menos volumen y el agudo es opaco, pero canta con más matices y se mueve correctamente. Como el tenor, ejecutó su cabaletta (la más fea de todas las de Verdi y no muy oportuna en una ópera que es un modelo de acción dramática) dos veces.

De los secundarios destacaré sobre todo al barón de Bullón y las correctas Flora y Annina de Vila y Coma-Alabert (ésta había sido Flora en ediciones anteriores; no acabo de entender si se trata de un cambio-siempre bienvenido- o de qué). Los demás, como los bailarines, discretos.

¿Qué me falta? Ah, sí: la parte escénica. Me voy a repetir respecto de lo que vi aquí mismo hace cinco y cuatro años respectivamente: 

McVicar hizo una puesta en escena clásica, elegante, bien resuelta en los coros (tal vez demasiados gritos de alegría en el primer acto y un innecesario reclamo de prostituta a cliente que no paga en el cuadro de Flora): que las ‘zingarelle’ bailen can can está bien (lástima que el efecto sea menor porque ya lo ha usado en el primer acto) y reducir a lo esencial (con un torero amanerado) el coro de ‘matadores’ muy eficaz. Al empezar el preludio del acto primero un Alfredo de negro recoge una flor mientras un telón negro vela el salón de Violetta, y el tono fúnebre ya está dado y la música cobra la primacía que debe tener. En el segundo, muy imaginativa la solución de partir la escena en dos, aunque no sé si ‘De’ miei bollenti spiriti’ cantado por un Alfredo que se viste saliendo del lecho donde duerme la protagonista es una buena solución para la situación dramática (al margen de que algún cantante, como es el caso, pueda lucir sus pectorales; menos mal que no lo puso en calzoncillos o desnudo). En general evitó los desmelenamientos melodramáticos y eso es positivo, y el último acto fue adecuadamente sombrío.

La Traviata. Producción de David McVicar. © 2020 by A. Bofill.La Traviata. Producción de David McVicar. © 2020 by A. Bofill.

Tal vez en esta oportunidad me gustó algo menos el can can durante el ‘brindis’, me pareció más equivocado que nunca que los salones de Violetta y Flora fueran de conducta tan hortera (con un Grenvil absolutamente beodo, por ejemplo, y parejas que se magreaban antes de estar bebidas) porque se sigue sin entender que no estamos en el ambiente de una prostitución con aspiraciones pero sin educación, porque Violetta al menos (y si Flora es su amiga íntima…) era una ‘démi-mondaine’ y como el modelo de la vida real alternaba con gente culta y de buena cuna. Es como decir que Aspasia era una prostituta en la Grecia de Pericles. Y no era una ‘hetera’ (que por etimología significa compañera), tan libre e independiente como Giuseppina Strepponi en la casa de Verdi, como él mismo tuviera que recordarle a su suegro Barezzi. ¿La Strepponi era una prostituta (hasta tuvo hijos de otro-s- amante-s- anteriores a Verdi)? En cualquier caso esta ópera sigue siendo imbatible, maravillosa, única… Feliz Navidad y próspero año


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