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La larga sombra de Mao Zedong

Juan Carlos Tellechea
jueves, 28 de enero de 2021
Maos langer Schatten © 2020 by C.H. Beck Maos langer Schatten © 2020 by C.H. Beck
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Pese al resurgimiento de la pandemia, el vertiginoso crecimiento de la economía y del comercio en el último año han convertido ahora a China en la locomotora económica mundial. Mientras que Estados Unidos seguirá siendo un país profundamente dividido bajo el presidente Joe Biden, la gran mayoría de los chinos celebran al presidente Xi Jinping como el "vencedor de la pandemia". No hace falta ser un profeta para predecir que la previsible dominación económica mundial de China es también un legado del perturbado Donald Trump.

El Centro de Investigaciones Económicas y Empresariales, con sede en Londres, espera que el producto interno bruto de China supere al de los Estados Unidos ya en 2028. Los investigadores ven una razón importante para ello en el fracaso del presidente Donald Trump en la lucha contra la pandemia de Covid 19 que ha desacreditado permanentemente el liderazgo político de esa potencia hegemónica.

Basta mirar la historia de China para explicar la actual situación. Las élites de China en particular tienen una larga memoria histórica. No olvidan que Hong Kong fue virtualmente saqueada por Gran Bretaña después de la Primera Guerra del Opio de 1839 a 1842. China incluso tuvo que pagar reparaciones por la destrucción del opio británico.

También saben que el Tratado de Nankín, que puso fin a la Guerra del Opio en 1842, marcó el comienzo de un período de casi un siglo de "Tratados desiguales" en el que China perdió su soberanía comercial y los buques de guerra que patrullaban frente a sus costas obligaron a abrir el mercado interno de China a los británicos y otros europeos. Saben asimismo que el esotérico movimiento católico de Taiping, apoyado por misioneros estadounidenses, sumió al país en la guerra civil más sangrienta de la historia de la humanidad a mediados del siglo XIX, con 30 millones de muertos.

China en el siglo XX y XXI

En este contexto histórico, no es sorprendente que las justificadas quejas de Occidente sobre las violaciones de los derechos humanos o la persecución de minorías como los uigures caigan en saco roto entre la élite política de China y grandes sectores de la población. Por lo tanto, no es realista esperar que el reciente acuerdo sobre un tratado de inversión entre la Unión Europea y Pekín (un regalo de Año Nuevo para el presidente Xi) ponga fin a los trabajos forzados en China. En cambio, la experiencia histórica del país está ahora en retroceso en Occidente y preparará el camino para la dominación económica mundial de China a finales de la década.

Pero veamos la historia más reciente de ese milenario país. Cuando Hua Guofeng, el sucesor todavía nombrado por el propio Mao Zedong y, por lo tanto, el hombre más poderoso de China, decidió que la Banda de los Cuatro fuera arrestada poco después de la muerte del gran líder y maestro presidente el 9 de septiembre de 1976, la era de la Revolución Cultural terminaba definitivamente y comenzaba el camino hacia un auge económico sin precedentes, principiando con las Cuatro Modernizaciones.

Aunque sólo fuera para asegurar el margen de maniobra necesario, los líderes del partido y del estado de China tuvieron que despedirse del Gran Timonel y sus políticas. Sin embargo, al mismo tiempo, estaba claro para todos que la figura de Mao Zedong seguiría siendo indispensable para la autoimagen y la cohesión de la República Popular China, proclamada en 1949. Por lo tanto, aunque todavía hoy hay voces que afirman que Mao Zedong quería ser incinerado, planearon el mausoleo en el centro de la Plaza de Tian'anmen con un retrato gigantesco para el cuerpo embalsamado de Mao.

El partido Comunista Chino se planteó en aquel entonces la cuestión de cómo lidiar con el legado de injusticia y crímenes de estado cometidos bajo su gobierno, afirma el sinólogo Daniel Leese, de la Universidad de Friburgo, en su nuevo libro Maos langer Schatten. Chinas Umgang mit der Vergangenheit (La larga sombra de Mao. Cómo lidia China con el pasado)*, publicado por la prestigiosa editorial C. H. Beck, de Múnich.

Lo ocurrido

Leese se basa en un gran número de documentos internos hasta ahora desconocidos para analizar detenidamente el crítico período de agitación entre 1976 y 1987 de la política y la sociedad chinas. El pueblo chino y no el partido Comunista es en realidad el verdadero gestor de lo alcanzado por ese gran país en los últimos 71 años que lleva de vida moderna.

Los dictadores que conocemos hasta ahora, incluido el tenebroso Adolf Hitler, parecen inofensivos aprendices al lado de Mao Zedong. Las campañas masivas del Gran Presidente entre 1958 y 1962 se cobraron más de 45 millones de muertos (y un sinnúmero de suicidios) y llevaron a la República Popular China al borde de la guerra civil.

Bajo sus sucesores, el partido Comunista comenzó un experimento a gran escala en el manejo de crisis históricas. Se rehabilitaron millones de perseguidos políticos, se pagaron indemnizaciones y se llevó a los autores ante la justicia, sobre todo a la "Banda de los Cuatro" que rodeaba a la esposa de Mao, Jiang Qing.

El objetivo era pasar raya a la historia y canalizar todas las energías en las políticas de reforma económica. Pero las sombras del pasado no podían ser desterradas tan fácilmente. El sinólogo de la Universidad de Friburgo reunió una amplia gama de fuentes hasta ahora desconocidas - desde discursos de la dirección del partido, antes secretos, hasta cartas de petición de ciudadanos comunes.

China convertida al capitalismo

El resultado es un cuadro muy diferenciado de la década que siguió a la muerte de Mao. Los efectos de esa lucha por la justicia histórica se pueden sentir todavía hoy y permiten comprender mejor la política y la sociedad de la República Popular China de nuestros días.

A la muerte de Mao Zedong, los revolucionarios y las “masas” estaban tan agotados y desilusionados que terminaron por entender por fin que las visiones del Gran Presidente ya no tenían ninguna posibilidad. Lo que Mao quiso evitar con el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, lo logró él mismo: China se volvió capitalista.

Pieza enlazada

A Mao todavía se lo venera hoy en China, no porque su política haya demostrado en principio ser el camino hacia el éxito, sino porque el partido Comunista Chino no puede admitir sin los suyos la magnitud de sus crímenes en la era del culto a la personalidad en torno al Gran Timonel; no puede renunciar a la pretensión de liderar el país incluso después del fracaso de la utopía maoísta. También Karl Marx y Friedrich Engels son venerados en China, cuyo partido Comunista donó sendas estatuas emplazadas en las ciudades natales de estos grandes filósofos y revolucionarios de izquierda en Tréveris y Wuppertal.

Mao llamaría en 1966 a la juventud revolucionaria a barrer (de sus cargos) con todos los monstruos y demonios, a perseguir a los gobernantes que toman el camino capitalista, a condenar el revisionismo de características soviéticas, y establecer una nueva cultura proletaria que celebre el heroísmo de las masas revolucionarias en lugar de la milenaria cultura confuciana. Nada de eso queda hoy. Todo lo contrario. La sabiduría de Confucio es más necesaria que nunca en la actual evolución de la sociedad china.

Corrupción

Lucas (Lucce) Cervigni y José Mujica, «Worte des "ärmsten Präsidenten der Welt" José "Pepe" Mujica». © 2020 by Nomen Verlag.Lucas (Lucce) Cervigni y José Mujica, «Worte des "ärmsten Präsidenten der Welt" José "Pepe" Mujica». © 2020 by Nomen Verlag.

Ciertamente, había corrupción a todos los niveles en el partido Comunista Chino en ese momento, como la hay hoy. Es bien sabido que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe absolutamente (un ex guerrillero urbano y presidente de Uruguay, el compañero José “Pepe“ Mujica sostiene, en cambio, todo lo contrario en su Librito Rojo publicado ahora en alemán por la editorial Nomen, de Fráncfort del Meno, bajo el título de Worte des “ärmsten Präsidenten der Welt“ (Palabras del presidente más humilde del mundo: el poder no cambia a las personas, solo revela quiénes son verdaderamente)*.

Sin duda, Mao tenía razón cuando afirmaba que en el partido estaba surgiendo una “nueva burguesía”, menos preocupada por la Revolución que por asegurar sus beneficios. Era precisamente este fenómeno el que preocupaba al maestro de Mao, Iósif Stalin. Su respuesta fue un terror permanente y arbitrario.

Como muchas personas de su generación en todo el mundo, Mao Zedong quería salir del papel de víctima que la historia les había atribuido a los chinos durante tanto tiempo, para entrar en una era de autodeterminación y libertad. En su biografía se lee cómo puso en práctica la idea de que China, más allá de toda autoridad y de todas las nociones preconcebidas, tiene derecho a una libertad que nunca antes tuvo.

En este sentido Mao fue un visionario que soñó con la gran liberación como muchos pensadores en el siglo XX. Pero Stalin sería criticado por Nikita Jrushchov en el vigésimo congreso del partido Comunista de la Unión Soviética. Jrushchov propagó el comunismo gulash, incentivos materiales en lugar de consignas revolucionarias y la renuncia a la revolución mundial.

Oponente de la Unión Soviética

Sobre todo, Jruschov se dirigió contra la política voluntarista del Gran Salto con la que se suponía que China superaría a Rusia a través de la colectivización forzada, la organización militar del trabajo y la industrialización y ganaría el liderazgo en el mundo comunista. Después del catastrófico fracaso de esta política, Mao quedaría aislado y amenazado con perder el poder que tenía.

Como Stalin, Mao solo conocía una solución para cada problema: el terror. Su genio consistió en desarrollar aún más la política estalinista y hacer del terror un asunto de masas: primero en las escuelas y universidades, luego en las instituciones culturales, y finalmente en las fábricas y municipios. Jóvenes y fanáticos Guardias Rojos perseguían a profesores, maestros y músicos burgueses, pintores y escritores, directores e ingenieros.

Ajuste de cuentas personales

Fue un proyecto atrevido que tenía como objetivo borrar todo rastro del pasado. Como muchos dictadores, Mao mezcló hábilmente grandiosas ideas sobre su propio destino histórico con una extraordinaria capacidad de malicia.

La Revolución Cultural 

trataba también de un anciano (Mao) que saldaba cuentas personales al final de su vida. Estos dos aspectos -la visión de un mundo socialista sin revisionismo y el sucio y vengativo complot contra enemigos reales e imaginarios- no eran mutuamente excluyentes. Mao no diferenciaba entre él y la revolución.

Durante la Larga Marcha de Mao Zedong en 1934 lo que en realidad fue una quiebra se convertiría en un gran golpe publicitario. Mao y 100.000 combatientes comunistas huirían de las tropas de Chiang Kai-shek. Después de 12.000 kilómetros, solo quedarían vivos unos pocos miles de hombres.

Daniel Cohn-Bendit, «Le Gauchisme, remède à la maladie sénile du communisme». © 1968 by Seuil.Daniel Cohn-Bendit, «Le Gauchisme, remède à la maladie sénile du communisme». © 1968 by Seuil.

Pero, ¿cómo pudo Mao inspirar no solo a millones de jóvenes en la propia China, sino también a la juventud rebelde de las metrópolis occidentales? Ciertamente, hubo un gran malentendido al principio: Mao y los Guardias Rojos eran vistos como antiautoritarios, cuyo radicalismo de izquierda era visto como una cura para la violencia contra la enfermedad de la vejez del comunismo, como describía el hoy diputado del parlamento Europeo Daniel Cohn-Bendit en un bestseller en aquel momento*

Pero la verdad sobre el entusiasmo por Mao es más tenebrosa y esclarecedora a la vez. Es la fascinación por la violencia y el cruce de fronteras, el auto-empoderamiento y la intimidación; en resumen, el terror. 

Carl Schmitt, «Teoría del partisano». © 2013 by Editorial Trotta.Carl Schmitt, «Teoría del partisano». © 2013 by Editorial Trotta.

No es coincidencia que Carl Schmitt, el ideólogo jurídico del nazismo refugiado en España, elogiara los escritos de Mao sobre la guerra de guerrillas en su conferencia Teoría del partisano* dictada en Zaragoza en 1962 como parte del Tercer Curso sobre defensa nacional de la Cátedra General Palafox.

El partisano, según Schmitt, es el último individuo telúrico, es decir, terrenal, en la lucha contra un mundo burocrático-técnico. El experto en Schmitt, el activista Hans-Jürgen Krahl, llevaría más tarde estos pensamientos a la “Unión de Estudiantes Socialistas Alemanes” (SDS), donde Rudi Dutschke los popularizaría.

El terrorista

Pieza enlazada

Ya sea como miembro de las SA hitlerianas, los Guardias Rojos o los islamistas y los yihadistas, ser peligroso y temido es un gran placer, como aseguraba Friedrich Nietzsche. Es cierto que todo lo reaccionario no cae a menos que sea derribado, dice el Librito Rojo de Mao.

El eros de derribar es el núcleo del maoísmo. ¿Un camino al éxito hasta el día de hoy? Por desgracia, sí, afirma el también sinólogo Helwig Schmidt-Glintzer, director del China Zentrum de la Universidad de Tubinga, cuyo reciente libro Das neue China (La nueva China), también de la editorial C. H. Beck, de Múnich, reseñamos en mayo pasado. La historia continúa y nos llevará a otra próxima reseña sobre los empeños de China por influir aún más en Europa y Occidente.

Nuevas generaciones

Cuando Deng Xiaoping, a quien Mao tenía en gran estima y al mismo tiempo ponía ocasionalmente en su lugar, y que entre tanto se había convertido en el hombre más poderoso de China, anunció ya en 1978 que los méritos y errores de Mao estaban en una proporción de 70 a 30, pero que no sería tratado de la misma manera que la Unión Soviética trataba a Stalin, se colocaba así en la sucesión de Mao. Ya que este último había proclamado en marzo de 1956 sobre Stalin, 

los méritos y deméritos de Stalin están en una proporción de 70 a 30. 

Un mes más tarde, Mao había declarado en el Politburó, con vistas a las controversias internas del partido, que hay que dar a todos la oportunidad de corregir sus errores. Incluso con respecto a Rusia, dijo, uno debe diferenciar y no debe decir que no podemos aprender nada de la Unión Soviética. Pero, subrayó, uno debe no imitar ciegamente sino proceder analíticamente. 

Hay pedos fragantes y pedos malolientes. No hay que pensar que todos los pedos soviéticos son fragantes. [...] Debemos aprender todo lo que es útil. Lo que es bueno del capitalismo también debemos aprenderlo.

Veinte años más tarde, cuando el ajuste de cuentas con Mao estaba en la agenda de China, el partido y el estado también trataron de proceder analíticamente. Comentando el Gran Salto Adelante, que resultó en una hambruna y casi 50 millones de muertes, Deng Xiaoping declaró: 

El Gran Salto Adelante llenó al camarada Mao Zedong de excesivo entusiasmo, ¿pero no se aplicó a todos nosotros?

 Un poco más tarde, en 1981, dijo: 

El camarada Mao Zedong fue un gran marxista y un gran revolucionario proletario, estratega y teórico. Aunque cometió graves errores en la Revolución Cultural, todos sus servicios a la revolución china los superan. Sus méritos son indudablemente primarios, sus errores son secundarios.

Pero, sobre todo, el partido, que se veía a sí mismo como una élite, no podía necesariamente exponer sus propios puntos de vista a las masas, como el propio Mao había decidido con respecto a Stalin: 

Algunas cosas se pueden hablar en todas partes. Es probable que los actos malvados cometidos por Stalin y la Tercera Internacional se extiendan hasta el nivel de los secretarios de los comités de área. […]. No pretendemos insistir en esto en los periódicos y ante las masas.

Así, aún hoy, la veneración debe mantenerse, como lo exige el mausoleo blanco y de color arena, erigido con materiales de todas partes del país, colocado en el centro de la plaza frente a la Puerta de la Paz Celestial. Dentro, sobre la cabeza del sarcófago está blasonada la inscripción ¡Gloria Eterna al Gran Líder y Maestro Presidente Mao Zedong!

Seguir la revolución

Cuando Xi Jinping suplicó en septiembre de 2015 y repetidamente después que hay que seguir luchando por el ideal revolucionario porque es más alto que el cielo, pedía prestada la consigna directamente a Mao, que hasta el día de hoy es la clave tanto para la esperanza futura como para el desastre. La abolición del principio del tazón de arroz de hierro del gobierno de Mao Zedong por sus sucesores no significa que el partido ya no se considere responsable de asegurar la estabilidad social.

Al mismo tiempo, continúa la búsqueda de un sentido de comunidad a nivel nacional que esté institucionalmente anclado más allá del partido y al mismo tiempo en la conciencia pública. Y a pesar de todos los crímenes de Mao Zedong contra la humanidad, la mayoría de los biógrafos están de acuerdo en que su vida no puede ser reducida a una sola dimensión.

Hoy por hoy, mucho más que una China fuerte, una China débil representa una amenaza para el mundo. La narrativa de que China quiere desarrollar la hegemonía en todo el mundo está ganando terreno en Occidente. Dado que el país es un estado totalitario, esto despierta miedos y reflejos defensivos. Se presta muy poca atención al hecho de que podría ser imprudente debilitar a China, porque una China débil presenta muchos riesgos para todo el mundo.

Pekín ya está convirtiendo su poder económico en influencia geopolítica. Esto se pone de manifiesto en sus esfuerzos de expansión en el Mar de China Meridional, el estacionamiento de tropas chinas en Yibuti, el extremo nororiental de África, y la creciente presión sobre la ruptura de Taiwán. A esto se añade el proyecto Nueva Ruta de la Seda que ya incluye a más de 60 países de Asia, África e incluso Europa, que en conjunto representan un buen 60 por ciento de la población mundial. China no libra guerras de conquista, sino que practica el comercio como forma de influencia. El atractivo de la Ruta de la Seda se basa en el rápido éxito económico de China y en la desconfianza en los principios del libre mercado que a menudo sólo se camuflan en la mayoría de los países asociados, lo que no es raro que sea un eco tardío de anteriores experiencias coloniales.

Notas

Daniel Leese, «Maos langer Schatten: Chinas Umgang mit der Vergangenheit», München: C.H. Beck, 2020, 606 Seiten. ISBN 978-3406755453

Lucas (lucce) Cervigni & José Mujica, «Worte des "ärmsten Präsidenten der Welt" José "Pepe" Mujica», Fráncfort: Nomen Verlag, 2020, 148 Seiten. ISBN 9783939816515

Daniel Cohn-Bendit, «Le Gauchisme, remède à la maladie sénile du communisme», Paris: Seuil, 1968, 271 pages. ISBN 978-2020024907

Carl Schmitt, «Teoría Del Partisano: Acotación al concepto de lo político», Madrid: Editorial Trotta, 2013, 120 páginas. ISBN 978-8498794694

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