Entre meros conceptos

El círculo de la música y el más allá

Javier Moreno
martes, 12 de enero de 2021
George Dickie © Marige R / MC George Dickie © Marige R / MC
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Algunas personas encuentran degradante concebir el arte como “un mundo” independiente del entorno habitual de objetos e ideas. 

Este concepto se utilizó en un artículo anterior para expresar la idea de que la misión de Riccardo Muti no es de este mundo, en términos similares a como Jesucristo decía que su reino no estaba aquí, sino allí

Es fácil entender lo que quiso decir Muti porque ya conocíamos a Jesucristo. Entonces, ¿Cuál es el problema?

Pieza enlazada

Recordemos que con la expresión “mundo del arte”, cuya autoría corresponde a George Dickie, se pretende proporcionar una teoría comprensiva del arte que no dependa de los esquemas que se nutren del concepto platónico de esencia. Según el griego y sus seguidores, las obras de arte vienen a ser artefactos (es decir, objetos hechos por el ser humano y no por la naturaleza) que contienen en sí la esencia del arte, esencia que, por definición, no puede ser una creación humana. Al genio, es decir, al artista consumado, se le reconocen los poderes trascendentales de conectar con el más allá y, por la vía de la intuición, revelarnos algo de la esencia mediante la imitación. La idea es así de loca, pero esto no ha sido óbice para que haya estado vigente durante siglos. Y tampoco para que ahí siga.

Si queremos descender de los cielos platónicos a la mundanidad del día a día, donde las conexiones con el más allá son precarias, no tenemos más opción que reconocer que una obra de arte solo adquiere naturaleza contra el trasfondo de la historia de una estructura social que le otorga la categoría de arte: “Esto es arte porque nosotros decimos que es arte”. Prosaico y relativista a más no poder, pero al menos no es carne de manicomio.

Dentro de esa estructura social, el “mundo del arte” o, en el caso de la música clásica, “el mundo de la música clásica” está compuesta por quienes componen, quienes interpretan, quienes programan desde los teatros y auditorios, las agencias que envían las notas de prensa más rimbombantes presentando a los artistas como el non plus ultra de su categoría, las y los que hacen críticas y también quienes las leen y acuden a conciertos. Ellos y ellas son, en mayor o menor medida, los “entendidos en música clásica”, es decir, los especialistas, o “el mundo de la música clásica”.  Ellos y ellas entienden de la movida de la música clásica como otros y otras entienden de la movida de la fontanería.

Al aplicar la teoría nos encontramos con que la novena sinfonía de Beethoven es una obra de arte solo porque el mundo del arte la reconoce como tal, sin que goce de ninguna otra cualidad que la haga ser artística. Cómo se las apaña el mundo del arte para señalar qué obras merecen reconocimiento y cuáles no, es un asunto de política, no de musicología. Pero, por el momento, nos basta con saber que quien no sea especialista tendrá dificultad para señalar que dicha obra musical es una obra de arte, pues esa es la limitación de quien no es especialista. También está que el conocimiento de las obras maestras y la predilección por ellas frente a otras más populares es un signo de distinción en los términos en los que lo utiliza Bourdieu. Hay un canon que los especialistas, pero también todas las personas con gusto, conocen y saben apreciar. Una marca de pertenencia a una clase. 

Esto no significa que uno no pueda disfrutar de la novena de Beethoven. Solo significa que la disfruta sin saber que es una obra de arte, es decir, de la misma manera en la que disfruta una canción de Shakira o un pastel de fresa. Como acertadamente señala George Dickie, “la obra de arte es visualmente (o auditivamente) indistinguible de un objeto que no es una obra de arte. Este hecho demuestra que el objeto que es una obra de arte debe estar inserto en algún tipo de marco… que es responsable de que sea una obra de arte” (Dickie, El círculo del arte, Paidós, 2005, p. 92, la cursiva es mía). Shakira, Beethoven o el pastel de fresa son o podrían ser arte en la medida de que el circulo del arte decidiera que lo son.

Con tan poca cosa se consigue una teoría capaz de explicar por qué tienen razón quienes consideran el concierto vienés de Año Nuevo como un evento artístico de primera magnitud y también quienes lo consideran una insoportable cutrada burguesona, sin que sea posible (ni necesario) apelar a alguna instancia que resuelva una irresoluble cuestión. Se podrá decir que los últimos no entienden de arte o, mejor expresado, no entienden de arte mainstream, porque el mundo del arte será un mundo, pero no es un monolito: hay wagnerianos y verdianos que llevan siglos disputándose el concepto de ópera como si les fuera la vida en ello. Y después está Muti, que nos suelta el rollo de que la música no es entretenimiento después de endosarnos una docena de polkas y un ramillete de danubios de todos los colores.

No obstante, es verdad que al desmitificar el arte se produce una cierta degradación. Pero esto solo ocurre si uno tiene al mito como el modelo con el que ha de compararse una actividad humana para alcanzar el nivel de excelencia. Puede que funcione en la música, en la medida en que esta no quiera ser más que un pasatiempo o una religión, pero no funciona en la matemática, la física, la biología, la medicina o cualquier otra actividad necesitada de expresar sus logros mediante argumentos capaces de reconocimiento universal.

El problema es que, sin la esencia platónica, al mundo del arte le cuesta formular una argumentación capaz de convencer al más acá de la importancia de la música clásica. ¿Cómo convencer a los millones de personas que no distinguen la Tritsch Tratsch Polka de El Anillo del Nibelungo? ¿O a las personas que las distinguen pero que afirman que tiene más méritos la Tritsch Tratsch para ser la obra de arte total?. ¿Y para qué convencerlos? Estas personas podrán gozar del mayor desprecio imaginable de la parte del mundo del arte más recalcitrante. Pero a ellos no les va a afectar gran cosa, acostumbrados como están a disfrutar del relativismo y la anarquía del gusto. Relativismo y anarquía que explican, por otra parte, por qué hay que dibujar un círculo para señalar quién queda dentro y quien fuera. El delirio llega cuando los de dentro pretenden estar por encima de los de afuera, cuando en realidad sólo están más allá.

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