España - Galicia

El Coliseum aún no tiene alma

Maruxa Baliñas
martes, 26 de enero de 2021
A Coruña, viernes, 15 de enero de 2021. Coliseum. Robert Schumann, Concierto para violín en re menor. Serguei Prokofiev, Cenicienta, suites 1 y 2 (selección). Frank Peter Zimmermann, violín. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director. Concierto de abono nº 9 de la temporada 2020/21
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Segunda vez que asisto al Coliseum de A Coruña a escuchar a la Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG) y sigo sin acostumbrarme porque es un recinto enorme donde la orquesta toca en una especie de palco y el público ocupa sillas apilables colocadas manteniendo una correcta distancia entre sí. La anterior sede de la OSG, el Palacio de la Ópera, es un edificio enfermo, descuidado, y con una acústica problemática, de modo que la orquesta no se plantea volver allí excepto que se realicen unas importantes reformas que tampoco hay interés -ni presupuesto- para hacer. Porque como declaraba Dima Slobodeniouk (Moscú, 1975), el director titular de la OSG, a un periódico local hace unos días, “la Sinfónica es una marca de identidad de la ciudad y de Galicia y no tiene casa” y eso es algo que está pesando en el ánimo de los miembros y el público de la Sinfónica. Mantener la ilusión en estos tiempos no es cosa fácil, pero cuando además las circunstancias se complican, se hace aún más difícil. 

Y sin embargo este fue un concierto donde la calidad de la interpretación nos hizo olvidar en muchos momentos la frialdad de la sala, tanto metafórica como objetiva. Zimmermann dio una interpretación cálida del Concierto para violín de Schumann compuesto en el  otoño de 1853, poco antes de su ingreso en Endenich, y una de esas obras estigmatizadas del autor, que se dieron a conocer tarde y mal. Slobodeniouk y la OSG acompañaron muy bien su interpretación: conocen la sala y sus posibilidades y supieron aprovecharlas. 

La selección de números de las suites 1 y 2 -¿por qué de la suite 3 no se eligió nada?- del ballet Cenicienta de Prokofiev tuvo momentos mejores y peores. Slobodeniouk pretendía presentar la historia cronológicamente y con una mayor coherencia desde el punto de vista formal -las notas al programa de este concierto hablan de “la necesaria alteración del orden de las piezas para adecuar la música incidental a una forma sinfónica”-, algo que no creo que se consiguiera. En concreto el orden fue: Introducción (suite 1, nº 1), Danza del mantón (suite 1, nº 2), Pelea (suite 1, nº 3), Hada Madrina y Hada de Invierno (suite 1, nº 4), Mazurka (suite 1, nº 5), Los sueños de Cenicienta (suite 2, nº 1), La partida de Cenicienta al baile (suite 1, nº 6), Cenicienta en el castillo (suite 2, nº 5), Galop (suite 2, nº 6), El vals de Cenicienta (suite 1, nº 7), y Medianoche (suite 1, nº 8). 

La interpretación me convenció menos que la de Schumann. Acaso estoy muy marcada por la música del ballet, pero no acabé de entrar en la historia, no percibí coherencia musical y algunos tempi me parecieron discutibles. Pero sobre todo eché en falta la ligereza y facilidad con que suena esta obra cuando se interpreta acompañando el ballet. O sea, Slobodeniouk hizo una buena interpretación desde el punto de vista sinfónico y técnico, pero la música no fluía, excepto en algunos momentos concretos, y era fácil perderse porque no había suficiente contraste entre las diferentes escenas. Me gustó la Mazurka que Slobodeniouk planteó, más cercana a la tradición de los bailes de corte decimonónicos rusos que a la mazurka polaca chopiniana que solemos escuchar. En cambio los números de baile en el castillo no fueron ni bailables ni suficientemente estilizados y se quedaron en un divertimento frívolo. Algo parecido a lo que ocurrió en la discusión de La pelea, falta de esa agilidad que es uno de los principales valores de Prokofiev. 

Al intentar resumir mis sensaciones en este concierto recuerdo nuevamente una anécdota que creo haber escrito ya anteriormente. Cuando la ciudad de Bonn se estaba planteando la necesidad de construir una nueva sala de conciertos, coincidiendo con la celebración del Beethovenfest, algunos periodistas extranjeros fuimos preguntados por las cualidades que veíamos necesarias para esta nueva sala y casi todos hablamos de accesos para minusválidos, acústica, aparcamientos, aseos, distribución y tipología de las butacas, etc. Pero la periodista rusa no decía nada y cuando le pedimos su opinión concreta nos dijo que todo eso era importante, pero no necesario, que lo que tenía que tener una sala de conciertos era ‘alma’. Nos quedamos desconcertados y sin saber qué decir, pero de vez en cuando me acuerdo de su curiosa palabra y creo que uno de los problemas en el Coliseum es que el público habitual todavía no siente esa alma que debe tener una sala de conciertos. Eso que se crea cuando uno ya se siente en casa, se ha acostumbrado al sonido, a su asiento, pero sobre todo ha tenido experiencias asociadas a esa sala que le hacen sentirla como propia. Si el Coliseum y la OSG siguen ofreciendo conciertos de esta calidad, creo que pronto podremos hablar del alma de esta sala, incluso aunque sea provisional, porque cuando acabe la alarma sanitaria, volverán a celebrarse conciertos y reuniones multitudinarias en esta sala y no podrá seguir siendo sede de la orquesta.  

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