Opinión

La pandemia, Cataluña y lo que necesitamos con urgencia

J.G. Messerschmidt
lunes, 8 de febrero de 2021
La primera salida © 1877 by Renoir / National Gallery Londres La primera salida © 1877 by Renoir / National Gallery Londres
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En algo más de 400 días la por todos conocida pandemia ha matado a unas 2.300.000 personas en todo el mundo, según cifras oficiales; es decir, lo que crece la población humana de toda la tierra en aproximadamente 10 días; o lo que es lo mismo, un 0,029 % de los 7.860.000.000 de aterrorizados humanos que pueblan el planeta y luchan desesperadamente por no morir de esta peste, armados de mascarillas y guantes, desollándose las manos con desinfectantes, ensayando diversos grados de confinamiento, evitando el potencialmente letal aliento (ni hablar de un apretón de manos) del prójimo, inyectándose improvisadas vacunas (inglesas, rusas, chinas, estadounidenses, etc., etc.) que compiten jubilosamente en el mercado libre globalizado, cantadas sus virtudes por las multinacionales farmacéuticas y las autoridades "responsables" o "competentes", convertidas en tediosos plagios del alegre Dr. Dulcamara de El elixir de amor

Las elecciones catalanas y el cine del oeste

En medio de esta apocalíptica catástrofe que ha paralizado la actividad de mucho más de medio mundo y que está a punto de exterminar al homo sapiens en un abrir y cerrar de ojos, el votante de Cataluña vive su propio apocalipsis político en forma de unas elecciones autonómicas que se celebran un domingo de carnaval que, además, coincide con la festividad de San Valentín, día de los enamorados. Dadas estas fechas y las circunstancias apocalíptico-pandémico-políticas del Principado de Cataluña en particular y de todo el Reino y del orbe en general, uno no puede sino preguntarse qué habría surgido de la pluma de Valle-Inclán a la vista de este esperpento sin precedentes. A mí personalmente se me ocurre que las elecciones catalanas tienen mucho de película del oeste; en realidad, no puedo verlas de otro modo. 

Una poderosa coalición de tribus prepara un peligroso alzamiento. El gobernador del territorio, pusilánime, engreído y bobalicón, considera que la cosa no es más que una alharaca inofensiva, una danza ritual guerrera para pasar el rato. In extremis, cuando los indios en pie de guerra empiezan a lanzar flechas y a quemar granjas, aparece un maltratado destacamento del séptimo de caballería que pone en fuga a los caciques, quienes resultan ser igual de cagones (perdón por el exabrupto) que el gobernador Mr. Rajoy y que no dudan en cruzar la frontera de México para ponerse a salvo, dejando en la estacada a sus abnegados guerreros. Algunos jefes de tribu caen prisioneros. Los consejos de ancianos eligen nuevos caciques, que podrían todos llevar dignamente el nombre de Caballo Loco, y las tribus con sus respectivos caudillos empiezan a pelearse entre ellas: apaches de Borrás, comanches de Pascal, navajos de Chacón, sioux de Aragonés, cheyenes de Sabater y todos los demás compiten por el comando en la guerra contra los blancos que está a punto de empezar. La cosa se complica porque un grupo de mestizos (encabezados por Ada Colau) y unos cuantos funcionarios federales traidores, a cuyo frente se halla un cierto Mr. Illa, venden rifles y alcohol a los indios. El séptimo de caballería tiene algunos oficiales arrojados y heroicos, como la teniente Álvarez de Toledo, pero su comandante, el general Casado, es un panoli y la tropa está desmoralizada, mal armada y peor entrenada. Además, los soldados se llevan mal con los colonos de la caravana guiada por Mrs. Arrimadas; una caravana a la cual su anterior guía, el presuntamente dotado de dones proféticos, pero en realidad egocéntrico y tontorrón reverendo Rivera, llevó, en vez de a la tierra prometida, a una emboscada enemiga que la dejó diezmada. Para acabar de arreglarlo, el sheriff Abascal y sus hombres, unos vaqueros adustos con dos pistolas al cinto, intentan poner orden a su manera.

Sin música no hay salvación ni consuelo

Y mientras tanto, por razones de seguridad sanitaria, la humanidad va inexorablemente aboliendo la cultura, demoliendo sus propios medios de vida y lo que queda del sistema educativo y de las históricas ruinas del sanitario, maltratando aún más el medio ambiente y autoflagelándose de todos los modos posibles, con tal de huir de ese terrorífico bichito mal denominado "coronavirus", cuando en realidad se lo debería llamar virus corona, como Dios y la Real Academia mandan. Hay científicos que hablan de una cifra "negra" de muertes que podría ser hasta cinco veces mayor que la oficialmente publicada, con lo cual el porcentaje de fenecidos en la población mundial llegaría a la astronómica cifra de 0,14%. Así, tardaríamos 50 días en recuperar la pérdida de los últimos 400 antes de seguir superpoblando la sufrida bola giratoria que tanto nos gusta maltratar sin piedad.

Lo peor de todo es que nos falta algo que, en situaciones como esta, nos consolaría enormemente, aportaría una buena dosis de vitaminas intelectuales (tan necesarias para no perder el sentido crítico frente a tanta intoxicación mediática) y sería la mejor vacuna contra la memez, el aborregamiento y la histeria colectivos, la verdaderamente más peligrosa pandemia que nos afecta, que se contagia sin que se note, que pasa inadvertida, que ningún médico trata ni virólogo investiga, cuyos síntomas se aceptan como normales y hasta deseables, que ya parece haber infectado a la mayoría de nuestros congéneres y que tiene visos de ser difícilmente curable: contra ella nos falta el antídoto de la cultura y del pensamiento reflexivo; y los instrumentos que los hacen posibles: museos, bibliotecas, universidades, escuelas, conferencias, exposiciones, cines, espacios de discusión (como cafés y terrazas), que en tantísimos lugares están total o parcialmente cerrados o son apenas accesibles. Y por encima de todo, necesitamos urgentemente funciones de ballet y ópera, conciertos sinfónicos y de cámara, pues sin música (los lectores y redactores de Mundo Clásico lo sabemos de sobras) no hay salvación ni consuelo. 

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