España - Madrid

Sombras nocturnas

Germán García Tomás
jueves, 18 de febrero de 2021
Dmytro Choni © 2020 by dmytrochoni.com Dmytro Choni © 2020 by dmytrochoni.com
Madrid, lunes, 8 de febrero de 2021. Auditorio Nacional de Música (Sala Sinfónica). Dmytro Choni (piano), Orquesta de la Comunidad de Madrid. Baldur Brönnimann (director). Marcos Fernández-Barrero: Nocturno sinfónico. Wolfgang Amadé Mozart: Concierto para piano y orquesta nº 20 en re menor K. 466. Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 1 en do mayor op. 21. Ocupación: 65%.
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Concierto recuperado de la anterior temporada este que nos proponía la ORCAM bajo la batuta del suizo Baldur Brönnimann, director invitado por la formación madrileña que hizo las veces de entrevistador al barcelonés Marcos Fernández-Barrero, el autor de la primera obra contemporánea en programa, Nocturno sinfónico, composición estrenada en 2017 por el propio Brönnimann al frente de la Real Filharmonía de Galicia, aunque, como apuntó el compositor, ya se ha escuchado en varias salas de concierto españolas. En sus palabras, 

es una obra evocadora de la noche basada en el mágico y misterioso mundo de los sueños e inspirada en los estados psicológicos que se dan con frecuencia en el descanso nocturno.

Por medio de un gran eclecticismo que mira de lejos a Bartók o Stravinski, Fernández-Barrero despliega con interés, desde las iniciales cuerdas tremolantes, un gran espectro tímbrico por medio de pequeños motivos rítmicos, ostinatos y células pseudomelódicas. La descripción del sueño y la pesadilla que propone la partitura adquiere tintes más ambientales y climáticos que puramente programáticos, en una instantaneidad del discurso sonoro que llega a sobresaturar por el exceso de entramados tímbricos y polifónicos, pese a instantes mesurados de cierta solvencia. 

La impresión general es la de que el discurso quiere llegar a alguna parte, pero la retórica sonora entre la amalgama de timbres y texturas es muy abigarrada y la obra discurre entre una general estridencia y un continuo escapismo del material temático. Aun así, la Orquesta de la Comunidad se entregó al noble empeño de traducir una música elevadamente abstracta que no reservó más que unos deferentes aplausos por parte del público.

El joven pianista Dmytro Choni (Kiev: 1993), finalista del XIX Concurso Internacional de Piano Paloma O’Shea, sirvió a continuación una excelente traducción del Concierto para piano nº 20 de Mozart, puerta de entrada al Romanticismo. No nos convenció demasiado tanto el empuje como el ánimo que Brönnimann imprimió a la oscura introducción orquestal, con unas cuerdas fraseando el primer tema delineándolo muy en staccato, más requerido de potencia dramática como la tonalidad en re menor demanda, pero durante su transcurso el acompañamiento se convirtió en un útil sostén para el trabajo del solista, que esbozó un primer movimiento con grandes dosis de buen gusto y musicalidad.

Fraseo elegante, ataques precisos y limpios, no revestidos de encendido nervio, pero en ágiles alternancias con el tutti, que condujeron a una cadenza beethoveniana decidida y sumamente heroica, en la línea de la que culminó el desenfadado Rondó conclusivo, llevado con un virtuosismo sin excesos por el pianista. Entre medias, un gran encanto poético y capacidad para frasear con esmerado trazo y exquisita cantabilità en la tripartita Romanza. Como propina, Soirée de Vienne, una exigente paráfrasis sobre temas de la opereta El murciélago de Johann Strauss (hijo) y de otras de sus obras debida al desconocido compositor austriaco de origen checo Alfred Grünfeld con la que Choni asombró al auditorio extrayendo cascadas de sonidos en el registro agudo del piano.

Vino luego otra obra que mira hacia el futuro, la Primera Sinfonía de Beethoven, una pieza que cierra el Clasicismo vienés de aparentemente fácil ejecución pero de difícil equilibrio por su intrínseca naturaleza ambivalente, que adoleció de un desabrido discurso con elección de tempi vivos y animados. La planificación de planos no estuvo muy bien conseguida, pues la riqueza de líneas se resintió en una concepción en la que el ritmo lo invadió todo restando claridad expositiva al conjunto. Sólo el movimiento lento nos pareció acorde con el espíritu haydniano que destila.

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