España - Castilla y León

Personalidad por streaming

Samuel González Casado
martes, 23 de febrero de 2021
Jan Lisiecki © OSCL Jan Lisiecki © OSCL
Valladoloid, viernes, 19 de febrero de 2021. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Jan Lisiecki, piano. Roberto González-Monjas, director. Rachmáninov: Concierto para piano n.º 2 en do menor, op. 18. Humperdinck/González-Monjas: Hänsel y Gretel (Suite).
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El concierto de abono n.º 9 de la OSCyL se celebró en un solo día y sin entradas a la venta, como el anterior. La retransmisión en directo por el canal de YouTube de la orquesta arrojó alrededor de 1300 conexiones, lo cual puede calificarse de éxito.

Como ocurrió en el n.º 8, lo anunciado en el libro de temporada no pudo llevarse a cabo, y se cambió solista y el programa de la primera parte. Jan Lisiecki fue el joven pianista que abordó el Concierto para piano n.º 2 de Rachmáninov, y lo hizo desde una visión muy personal, repleta de silencios y de una actitud reflexiva que expresó una vía para esta obra que se aleja de cualquier exhibicionismo.

Los acordes iniciales constituyen una especie de marcador que nunca falla: definen el concepto interpretativo de todo el concierto. En este caso, el tempo dilatado elegido para ese comienzo dio a entender que Lisiecki dispondría de un holgado campo para expresar todo lo que creyera oportuno, y así sucedió. Muy dotado musicalmente, se reveló como un artista sensible, bordador de frases amplias planificadas con equilibrio que destilaban gracilidad, siempre desde una visión moderna, alejada de lo sentimental. El pianista estaba perfectamente seguro de a qué terreno quería llevar su parte.

Es cierto que hubo algunos rasgos susceptibles de mejora: por ejemplo, en toda la entrada virtuosística del tercer movimiento faltó definición rítmica y un poco más de riqueza en las medias voces; también los forti sonaron algo duros (ataque susceptible de evolución). Igualmente, dio la sensación de que faltaba cierto dominio conceptual: la personalidad y las ideas aparecen con fuerza, pero no estaría mal desarrollarlas un poco más y conseguir profundidad y variedad en ciertos detalles (conclusiones de frases, por ejemplo); algo así como interiorizar aún más la obra para que la interpretación alcance mayor libertad. Con todo, y pese a intervenciones no demasiado redondas de algunas maderas, el segundo movimiento fue simplemente encantador. El pianista destacó sobre todo en aquellos momentos en que no debía competir con la orquesta y, después de no defenderse nada mal en otros, al final la media fue muy alta.

La OSCyL sonó exuberante, y asombra la capacidad de Roberto González-Monjas para adaptarse a los rasgos del pianista añadiendo más y más detalles de su propia cosecha sin desviarse de las líneas maestras. ¡Qué distinto habría sido todo —aunque seguramente igual de bueno— con Yuja Wang, la solista inicialmente prevista! Pocas veces he escuchado una parte orquestal en este concierto cuyo trabajo haya sido tan exhaustivo y entusiasta: desde los momentos más espectaculares (el director no escatima en decibelios cuando es necesario) hasta preciosos detalles de la cuerda: el comienzo del Adagio sostenuto o toda la descripción de los arcos más intensamente melódicos del primer movimiento fueron un prodigio de sutileza. Los contrabajos otorgaron a toda la labor un empaque muy especial que subrayaba que la orquesta tiene un importante lugar dentro de la obra, muy alejada del mero acompañamiento, y los metales respondieron matizados y a veces con una preponderancia (trompas) que añadían una visión fresca al asunto.

Todo lo anterior puede aplicarse a la segunda parte del programa: una suite de Hänsel y Gretel preparada por el propio González-Monjas. En la entrevista correspondiente a este programa, el director explica que ha tratado de incluir partes menos conocidas de la ópera y hacer notar cómo la música se va oscureciendo desde las canciones infantiles.

El resultado es espectacular: la suite dura nada menos que 45 minutos, pero no se hace larga; de hecho, con ella se tiene la sensación de que la ópera es mucho más animada de lo que realmente es. La clave para esto, aparte de las inherentes melodías ligeras y el exhaustivo trabajo armónico y contrapuntístico de Humperdinck, es que el arreglo de González-Monjas se organiza a partir de los momentos más expresivos desde un juego de tensiones y distensiones que hacen que el interés no decaiga. Se pone el acento en cierta espectacularidad, que el director no escatima en su interpretación, y al igual que en el concierto de Rajmáninov se combina con delicados detalles de color y fraseo (oración vespertina, por ejemplo).

Se trata de una suite muy fiel a la ópera, porque el que lo conoce puede seguir el argumento sin problemas; pero en su carácter predomina su creación como trabajo sinfónico para que pueda disfrutarse así en la sala de conciertos. Y es que llevar a cabo una suite a partir de esta composición es tan loable como astuto: sus melodías son tan pegadizas como en el original, la riqueza compositiva de Humperdinck permanece incólume, la fidelidad a la obra también, pero a la vez el ritmo se acelera, se crea un mecanismo musical con reglas propias y todo el conjunto pone de manifiesto, sin falsearlas, muchas de las grandes cualidades de la ópera. Perdemos voz y escena, pero esta suite abraza su entorno renovado de tal manera que se convierte en una especie de tributo autónomo, que disfrutará más quien esté familiarizado con Hänsel y Gretel, pero que en cualquier caso tiene unas armas muy poderosas —perfectamente caviladas— para gustar a neófitos.

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