España - Madrid

Adicción al amor

Germán García Tomás
viernes, 5 de marzo de 2021
Escena de 'Diva' de Albert Boadella © Teatros del Canal Escena de 'Diva' de Albert Boadella © Teatros del Canal
Madrid, domingo, 21 de febrero de 2021. Teatros del Canal (Sala Roja). Diva. Un retrato de Maria Callas en el ocaso de su vida. Estreno absoluto. Autor y director de escena: Albert Boadella. Director musical: Manuel Coves. Intérpretes: María Rey-Joly, soprano (Maria Callas) y Antonio Comas, tenor (Onassis) Asesoría artística: Dolors Caminal. Iluminador: Bernat Jansà. Diseño de sonido: Pedro Lastra. Ayudante de dirección: Martina Cabanas. Coreografía: Silvia Brossa. Música grabada por la Real Filharmonía de Galicia. Arias y dúos de Norma, La traviata, La Gioconda, Otello, Manon Lescaut, Andrea Chénier, Madama Butterfly, La Wally, Tosca, Gianni Schicchi, Carmen, Las bodas de Fígaro… además de temas de Franz Schubert, Jimmy Fontana y Mikis Theodorakis, entre otros. Ocupación: 65%.
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Maria Callas y Aristóteles Onassis. La relación amorosa más convulsa, tóxica y mediática de la historia de la ópera que ha vertido ríos de tinta entre biografías, artículos del corazón, documentales o guiones cinematográficos, y que curiosamente aún no ha alcanzado al propio terreno de la ópera contemporánea, pero todo se andará. Faltaba también un espectáculo teatral sugerente, atractivo, original y con las dosis de inteligencia y sapiencia necesarias para revivir el episodio más feliz pero a la vez más desazonador en la vida de la más popular cantante de ópera. 

Con Diva Albert Boadella rinde su particular homenaje a la soprano griega a través de un retrato de gran dramatismo por medio de sus dos protagonistas. Los Teatros del Canal en su Sala Verde han visto este año el estreno absoluto del nuevo espectáculo del gran amante de la lírica (tanto de la ópera como de la zarzuela) que confiesa ser el regista catalán, como lo ha demostrado en precedentes creaciones (El Nacional, Amadeu, El Pimiento Verdi, ¿Y si nos enamoramos de Scarpia?, su puesta en escena para Don Carlo de Verdi, etc), pero ante la gran aceptación de público y las limitaciones de aforo que impone la pandemia, esta red de teatros madrileños bajo la dirección de la coreógrafa Blanca Li se vieron obligados a prorrogar el espectáculo en su Sala Roja, que es donde el que firma estas líneas pudo presenciarla, in extremis, en su última función.

Aquí, a diferencia de sus otras dramaturgias, Boadella no exhibe su polemista faceta de artista independiente, políticamente incorrecto y que le definen como uno de los mejores ejemplos de la famosa máxima “nadie es profeta en su tierra” -entiéndase aquí su tierra de origen del que se considera expulsado-, sino que, sin renunciar a su estilo mordaz, siempre directo y en conexión con el espectador, presenta un retrato humano de la cantante, haciéndola cercana, desmitificando el mito que se nos ha descrito en múltiples textos hagiográficos. Y es que la aureola de la Callas, que sigue alimentando cohortes de devotos admiradores de su arte en todo el mundo, también tuvo un declive profundamente triste y descorazonador. En su caso, como en el de tantas otras estrellas, lo personal arrastró a lo artístico, y es ahí donde incide Boadella, donde focaliza su atención para mostrarnos la decadencia, el ocaso de la diva. Pero no lo hace con truculencias ni especiales crudezas. Sin renunciar a la tensión y al impacto dramático, prefiere optar en su mayor parte por lo jocoso, marca de la casa, empleando el modo Doctor Jekyll y Mister Hyde.

La soprano, sombra de sí misma, vive en soledad sus últimos años en su apartamento parisino. Recuerda cómo cantaba el aria de Norma (haciéndose playback a su propia voz grabada –que es en todo momento la de la soprano María Rey-Joly-) pero en el momento del ascenso al agudo en la zona de paso se le quiebra la voz. Reniega para sí misma de su otrora amante Onassis, con quien vivió una de sus más arrebatadoras pasiones amorosas, al que llamaba cariñosamente Aristo, y que fue el culpable de que ella abandonase el canto. En una aparente visión de la cantante, él se le aparece, pero no como un espectro, sino en carne y hueso, dejando atrás su helicóptero, y trayéndole un ramo de flores. A Maria se le ilumina la cara, pues recuerda esos bellos momentos, cuando ella era feliz con él, pero pronto empiezan los duros reproches, las discusiones por haber acabado con su carrera artística. Mientras hablan en un babel de griego, italiano o inglés, el armador afirma que sigue siendo suya como parte de su propiedad, un objeto suyo, uno más de sus yates. Él posee al mito. Es lo que siempre quiso. El nombre de Jackie Kennedy está continuamente en los labios de la soprano y el de su exmarido Meneghini en los de él, al que Aristo rememora con desprecio. Un mercachifle, un explotador de la carrera de su esposa. Ella lo recuerda en un popurrí de temas operísticos, remembranza de una agotadora gira mundial con óperas de vocalidades incompatibles.

Hasta el multimillonario se permite el lujo de revivir la fiesta donde conoció a Maria y cómo la conquistó delante de su torpe marido bailando vertiginosos bailes de su patria griega. Suena Zorba el griego de Theodorakis. Cuánta nostalgia de sus orígenes. Eso la cautivó. Onassis sabe hasta cantar con glamour exitosos temas americanos. Y qué bien entona Il mondo de Jimmy Fontana. O una nostálgica versión en español de Mi serenata de Schubert. Era imposible que ella se sustrajese a su seducción, su carisma, su atracción monetaria. Le lanza a Maria billetes, para recordárselo. Su descubrimiento del sexo de verdad fue con él. También se lo hace ver a ella. El seductor invita de nuevo a la diva a su barco, el Cristina, para continuar en un crucero el idilio frustrado del pasado. “¡Bebe conmigo, Maria!”. Los forcejeos entre ambos se suceden, como un toma y daca. Él aplaude a la diva cuando ésta borda un aria. “Dannato! Maledetto! Eres un miserable. A ti nunca te agradó la ópera”.

Curiosa frase la que repite el magnate y que complace a la Callas en su vanidad herida: “esto son muslos, no los de Jackie, que es un saco de huesos”. La viuda del presidente es un tema recurrente, el reproche continuo que le lanza Maria. Ésta le ataca diciéndole que sólo quiere cazar mujeres. “Yo te sigo queriendo a ti, Maria, eres mía”. Pero la cantante no cae en su trampa de depredador. “Cómo te hubiera gustado que Marilyn te hubiese cantado a ti: ‘Happy birthday, mister president…’. Qué bien te vino que lo asesinaran… ¡Te hubiera gustado ser el presidente!”. Durísimos dardos en los que Boadella nos muestra el dolor infinito y el resentimiento que debió invadir a la Callas madura, una mujer profundamente enamorada, cuando se vio abandonada por Onassis, sustituida por Jacqueline Kennedy. “Sola, perduta, abbandonata”, como la Manon Lescaut de Puccini. En un par de ocasiones, Toy, su perrito, reclamará la atención de su dueña.

En un ejercicio teatral de gran efecto, propio de la famosa novela de Robert Louis Stevenson a la que aludíamos, la personalidad del despreciable Onassis se desdobla continuamente en la de su fidelísimo y adulador criado Ferruccio, con quien Callas prepara las arias, su répétiteur, sincero apoyo que consuela y da ánimos a la Divina ante su desesperación. Y como en otros montajes, Boadella vuelve a asociar el contenido de cada aria con lo que vemos en el escenario. Callas en un momento dado recita con emoción el texto en español de “Ebben? Ne andrò lontana” de La Wally de Catalani, y Onassis se convierte en una especie de Scarpia de la Tosca pucciniana cuando ella le empuja hacia el piano, que al chocar contra él hará sonar el ritmo de marcha de los condenados a muerte que precede al aria “Vissi d’arte”. Casi al final, Ferruccio querrá adoptar el papel de Onassis en la vida de Maria, pero ella echará en cara al servil pianista que nunca llegará a parecerse en nada a Aristo.

María Rey-Joly como Maria Callas en «Diva». © 2021 by Teatros del Canal.María Rey-Joly como Maria Callas en «Diva». © 2021 by Teatros del Canal.

Albert Boadella ha contado con inmejorables intérpretes, colaboradores habituales suyos en este género del teatro musical, que han conferido toda la verdad e intención a sus personajes. Como en anteriores espectáculos del comediante, María Rey-Joly vuelve a ser aquí un animal de la escena, una artista que devora el escenario. Su caracterización de Maria Callas es creíble y verosímil hasta extremos sorprendentes. Elegancia, distinción y temperamento definen su recreación, la de una actriz entregada a dar vida a un personaje repleto de fantasmas, una mujer sufridora, amante hasta la extenuación. Todo ello nos lo muestra Rey-Joly, cuyo torrente vocal pasa de un registro a otro con gran facilidad, pese a la exigencia de los fragmentos operísticos convocados -en su mayoría de repertorio verista-, a los que imprime todo el peso dramático, con cierta incisividad y agresividad en ocasiones, pero que no renuncia a dosis de refinamiento, como su versión final del Ave Maria de Otello de Verdi, cuando Aristo la deja para tomar su helicóptero y ella vuelve a su diván, en el que comenzó la función.

A su lado, el polivalente Antonio Comas combina una vez más sus facetas de tenor, actor y pianista con desenvoltura, desparpajo y gracia natural en los dos personajes que encarna, diferenciando hasta el más pequeño detalle cada uno de los dos registros escénicos, el seductor de Onassis y la verborrea macarrónica de Ferruccio. Las piezas que Comas no acompaña al teclado han sido grabadas por la Real Filharmonía de Galicia dirigida por Manuel Coves, sobre cuyos acordes Rey-Joly hace playback. Apreciable y afortunada propuesta por tanto la de revivir por medio de una cantante de carne y hueso al mito -en vez de optar por otro tipo de experimentos técnicos que se han podido ver en otros escenarios-. Cuando finaliza Diva, el mensaje que ha querido transmitir Boadella al espectador ha quedado claro: la fortísima adicción al amor de esta artista en horas bajas, tanto como la que tenía a las pastillas, acabaría con ella.

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