España - Cataluña

Una Molinera peculiar

Jorge Binaghi
martes, 30 de marzo de 2021
Andrè Schuen y Daniel Heide, © 2021 by Silvia Pujalte Andrè Schuen y Daniel Heide, © 2021 by Silvia Pujalte
Barcelona, jueves, 18 de marzo de 2021. L’Auditori (Sala Oriol Martorell). Andrè Schuen, barítono, y Daniel Heide, piano. Die schöne Müllerin, D 795 (1823) de F. Schubert sobre textos de W. Müller.
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No es la primera vez que escucho a Schuen en el marco de la Schubertiada de estos lares, pero sí la primera vez que escribo. El pasado verano decidí tomarme unas breves vacaciones tras correr como un gamo por Italia (como dicen las tres ‘señoras’ de Manon de Massenet ‘à votr’âge’) y pude ir por primera vez (uno no es ubicuo, pese a que se lo pide cada año al buen Dios, que como Roma no paga traidores) a Vilabertran (en realidad mi lejana primera vez fue un concierto inolvidable de Victoria de los Ángeles, con su segundo hijo a mi lado, pero esa es otra historia) para dos conciertos de la Schubertiada sin tener que hacer crítica, loado sea el Señor, porque me pagué mis entradas. Allí, entre otros, escuché a Schuen, de quien había oído hablar, y me llevé una gratísima sorpresa ya que últimamente soy escéptico sobre los nuevos grandes valores tras algunas desilusiones importantes con artistas ‘de primer nivel’ que, con suerte, son de segundo.

Me impresionó, y creo que su origen familiar, en el cruce de caminos europeos entre Austria, Alemania e Italia, lenguas las dos que habla a la perfección más el ladino, lo hace especialmente apto para cultivar el lied (y también la canción de cámara italiana, que sí existe y no es sólo ni principalmente O sole mio, y menos en la versión de los tres tenores) y, creo, cierto tipo de óperas (en las que hasta ahora, y señaladamente en Viena, se me ha escapado. Por supuesto me refiero a Mozart).

Pieza enlazada

Entonces no hizo un programa monográfico sino variado con unos Mahler y Schubert estupendos. Y ya entonces, además de la belleza del timbre, parejo en toda la gama y con una extensión que no puedo calibrar con los parámetros de la ópera pero que en este repertorio es más que importante (igual me ocurría con el gran Wolfgang Holzmair, su profesor, al que rara pude seguir en un título operístico, pero cuyas prestaciones liederísticas disfruté y cómo en Bruselas, aunque nunca llegué a escribir sobre él en estas páginas en su faceta de liederista).

También entonces no me sentí igualmente entusiasmado por su acompañante ‘titular’ (ha grabado discos siempre con él, entre ellos este programa del que aquí me ocupo). Heide me sigue pareciendo un pianista sobrio (demasiado), correcto (demasiado), poco o nada inspirado, y con unos tiempos con los que el barítono estará de acuerdo, pero que a veces cuesta comprender.

Si se aplica esto a la versión que escuchamos en el Auditori y por estos días se ofrece u ofreció en Madrid queda algo muy singular, con una belleza vocal extraordinaria, con medias voces para nada forzadas o ‘falseteadas’ en la mejor tradición germánica, muy interior (lo que no me molesta en lo más mínimo), pero por momentos (y desde mi punto de vista ‘gracias’ al piano) anémica (jamás he escuchado un ‘Wohin?’ más chirle y deslavazado), con lentitudes eternas que no se aplican al ciclo y menos, por ejemplo, a ‘Ungeduld’. El caso es que pese a la belleza y a la verdad de la interpretación vocal por primera vez las veinte canciones en algún momento me parecieron algo largas y/o desestructuradas (Mein!, y eso que en las más excitadas o rápidas Heide salía un poco de la corrección y el letargo, como en los ‘liebe’ y los ‘böse’ Farbe). Por suerte, esas particularidades sirvieron para dos números finales, si no todo lo espléndidos que podían ser, sí bellos, Der Müller und der Bach y Des Baches Wiegenlied. El público, numeroso para el caso y con el mal tiempo reinante, estuvo muy atento y al final aplaudidor, pero me gustaría saber quién fue le insensate (o el insensato o la insensata) que dejó por unos largos segundos abierto su móvil.


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