España - Madrid

Kissin o la huella del coloso

Pelayo Jardón
jueves, 1 de abril de 2021
Evgeny Kissin © by Johann Sebastian Haenel Evgeny Kissin © by Johann Sebastian Haenel
Madrid, lunes, 15 de marzo de 2021. Auditorio Nacional de Música. Evgeny Kissin, piano. Programa: A. Berg, Sonata para piano, op.1; Khrennikov: Cinco piezas para piano op.2 (Estreno Europeo); G. Gershwin: Tres preludios; F. Chopin: Nocturno núm. 1 en Si Mayor, op.62, Impromptus núms. 1, 2 y 3, Polonesa núm. 6 en La bemol Mayor, op.53
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Hay conciertos que dejan un rastro de pólvora en la memoria auditiva y plástica: evocar el pianismo de Kissin es recordar la huella indeleble que un gigante ha dejado en la bruma.

Arrancó el recital con la Sonata de Alban Berg, obra que, tal vez por no ser apta para todos los públicos, se echa algo de menos en el repertorio. La versión de Kissin fue prodigiosa en su infinidad de irreales matices, en lo onírico de esa atmósfera desmaterializada de la Viena del cambio de siglo. El fraseo evanescente, así como un pedal misteriosamente administrado obraron el milagro, la ilusión de un reflejo suspendido en el aire, un eco transmitido a través de las tenebrosas simas del inconsciente.

Los Tres Preludios de Gershwin, como los retratos de Tamara de Lempicka, son la prueba evidente de que la vanguardia por sofisticada que sea, no ha de pecar por fuerza de áspera o abstrusa ni ha de renunciar necesariamente a cierto decorativismo. En manos de Kissin cobra, empero, una nueva dimensión, una visión con un perfume más austero y más soviético, en la que los ecos del jazz, del art déco y de las divas de Hollywood ceden ante otros valores como el intelectualismo, una técnica implacable y una gélida asertividad.

En cuanto al Chopin de Kissin cabría aventurar que no es un Chopin grácil ni frágil. Tampoco destaca por esa cualidad acuática que insistentemente evocaran las damas inglesas de las soirées de 1848. No es, en efecto, el dandi que mantiene el tipo bajo el yugo de la tisis, sino un músico rebosante de salud y testosterona. 

Comparar al Chopin que fue, con el Chopin resucitado por Kissin es comparar la delicadeza de una porcelana de Sèvres con la colosal escultura de Vera Muhkina, que coronaba el pabellón ruso de la Exposición Internacional de París de 1937. No hay intimismo de salón, o confidencias o guiños a la luz de las velas. Ni en las apoyaturas ni en los cromatismos hay asomo de pátina mundana, sino desnudez ática, arabescos depurados a la luz de los arcos voltaicos de la razón: los detalles están puestos al servicio de una idea que trasciende la forma. 

En este sentido, no es el de Kissin un Chopin historicista, sino abstracto y minimalista, liberado de bizantinismos, un Chopin transfigurado por las aspiraciones futuristas de un Listz y el individualismo temperamental de un Rachmaninov. Esta perspectiva alcanza resultados especialmente afortunados en obras con suficiente margen para una concepción más sinfónica, como la Polonesa Militar, realmente memorable, por lo sensacional, en manos de Kissin: fortissimi en los que jamás hay la impotencia del grito, sino el aplomo del trueno y la cegadora claridad del relámpago; plenitud orquestal más que propiamente pianística; esencialidad del fraseo, progresiones dinámicas rayanas en la perfección y un generoso uso del pedal hacen, en fin, de este Chopin un auténtico titán. 

Si hay algo que distingue a los gigantes, quizá sea esa capacidad de apropiarse de un paisaje sonoro y de revitalizarlo con su aliento inconfundible.

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