Italia

Hiperbólica 'Aida'

Andrea Merli
martes, 2 de julio de 2002
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Verona, viernes, 21 de junio de 2002. Giuseppe Verdi, 'Aida', ópera en cuatro actos sobre libreto de Antonio Ghislanzoni (1871) . Director de escena y escenografia: Franco Zeffirelli. Vestuario: Anna Anni. Coreografia: Vladimir Vassiliev. Iluminación: Paolo Mazzon. Elenco: Fiorenza Cedolins (Aida), Salvatore Licitra (Radamés), Marianne Cornetti (Amneris), Ambrogio Maestri (Amonasro), Giacomo Prestia (Ramfis), Orlin Anastassov (El Rey), Aldo Orsolini (Un Mensajero), Antonella Trevisan (Una Sacerdotisa), Carla Fracci (Akmen), Myrna Kamara, Alessandro Bolle (Primeros Bailarines). Orquesta y coro de la Fundación Arena de Verona. Maestro del coro: Armando Tasso. Director: Daniel Oren. Aforo: Localidades, 20.000, Ocupación 100%
0,0001912 ¿Quien lo hubiese imaginado? Era el 10 de agosto de 1913 cuando debutó la ópera en la Arena, uno de los mas grandes anfiteatros romanos. Aida se representó por la tenaz voluntad del tenor veronés Giuseppe Zennatello, ilustre 'Radames' en esa época lejana. El festival de verano, que atrae miles de turistas italianos y, sobre todo, extranjeros (alemanes en su mayoría) cumple así la friolera de ochenta años, que se dice pronto. También se dice pronto 20.000 personas que son, más o menos, las que caben en este espectacular espacio teatral, ocupando buena parte de la ‘arena’ propiamente dicha. Es, también, el único teatro de ópera al mundo que resulta un negocio redondo, que puede permitirse, con la sola venta de los billetes (no existen turnos de abono) fastuosas producciones, carteles con divos, masas de coros y de extras que dan espanto, y el doblamiento (algunos instrumentos se cuadruplican, el arpa por ejemplo) de la orquesta. ¡Y encima ganan un 'pastón'!Lo extraordinario, en todo esto, es que a un publico inevitablemente heterogéneo se le ofrece un producto que no es adocenado. Otra cosa increíble, en un momento de inventos tecnológicos muy elaborados, es la magnifica acústica que tiene esta enorme cazuela ovalada. Los romanos, ¡menudos arquitectos e ingenieros!. La voz, desde el escenario, las vibraciones de un solo violín desde el foso, se expanden como por milagro y hacen surgir un efecto de real encanto que, unido al ‘tremolo’ de las miles y miles de velitas cuando se apagan las luces y empieza el espectáculo, hacen de la Arena un lugar mágico, una experiencia que el melómano, al menos una vez en la vida, tendría que hacer, porque realmente es una emoción fuerte, y embriagadora.Si además coincide con una Aida, como esta que inauguró la temporada, está de suerte. Franco Zeffirelli no tiene rivales en crear montajes faraónicos (nunca mejor dicho). El exceso, la hipérbole, la magnitud, lejos de ser pesados, elefantiacos, son su elemento. La larga experiencia, incluyendo la cinematográfica, le concede esa facilidad y felicidad en saber escoger el enfoque apropiado para cada escena. Escena dibujada, como es habitual, por él mismo. Una grandísima pirámide dorada, rodeada por las estatuas de las divinidades, simbolizaba idealmente la ciudad de Menfis. Al ser apoyada sobre una base giratoria, pudo enseñar las cuatro caras, cada una de ellas caracterizada de forma distinta para las varias escenas de los cuatro actos. El vestuario, siempre pintoresco y muy colorado, de Anna Anni, simbiótica modista del inefable Franco, se adaptó maravillosamente jugando con inteligencia los efectos cromáticos que deben resultar sobretodo a la larga distancia. El diseño de luces de Paolo Mazzon completó idealmente la puesta en escena.La componente musical fue, también, de alto nivel. Empezando por la protagonista Fiorenza Cedolins, que une a una voz dionisíaca, de lírico puro con un agudo que sabe matizar en etéreos pianisimi, con una dosificación ejemplar de los fiati, con un uso musical e inteligente de los portamenti, de las messe in voce que están siempre al servicio de la música y nunca responden a una exigencia de lucimiento gratuito, de compromisos en la emisión.Pero, además, Cedolins es una interprete muy sensible, valiente y de gran talento. Su fraseo es ejemplar, su dicción perfecta –¡ay, la delicia de entender todo lo que canta una soprano!- y, de hecho, bordó su parte con una naturalidad y expresividad notables. Las ovaciones estruendosas fueron no solo merecidas, sino que fue inevitable unirse al coro de los 'brava’ lanzados a la soprano friulana (¡que por algo uno es compatriota!).Los demás, en lo bueno algunos y en lo aceptable pero con reserva otros, no alcanzaron ese nivel. Con todo, Ambrogio Maestri fue el que más convenció. El joven y gigantesco barítono fue un 'Amonasro' de fuerte impacto vocal y escénico y es un elemento a seguir con atención, pues la voz es importante: lo que se dice ‘auténticamente verdiana’, en fase de expansión, sin embargo acusa también los pocos años y la evidente inexperiencia.Marianne Cornetti, mezzo americana que había entusiasmado el año pasado como 'Azucena', decepcionó en el rol de 'Amneris', no tanto por fallos vocales, sino por su desahogo en el canto, por lo trivial de su interpretación, a la que quiso añadir aullidos y gemidos innecesarios en la escena del juicio a 'Radames', como si las notas escritas por Verdi no fueran suficientes.Los dos bajos, Giacomo Prestia, de voz ya tremebunda siendo muy joven, como 'Ramfis' y Orlin Astanassov, un 'Rey' de mucho empaque escénico, pero de voz sin méritos especiales, no fueron, como quien dice, 'nada del otro jueves'; cumplieron bastante bien, en sus breves cometidos, Aldo Orsolini (un 'Mensajero') y Antonella Trevisan (una 'Sacerdotisa').El coro, que se impone por su homogeneidad y por la precisión de los ataques, a pesar de estar esparcido en un escenario desmesurado (honor a su maestro Armando Tasso), y la orquesta obedecieron las ordenes de Daniel Oren, un director de casa en la Arena, que se conoce todos los trucos de estas Aidas al aire libre, pero que no corre el riesgo de ser inútilmente pompier. Al contrario, su lectura profundiza los aspectos íntimos de la partitura, que son la mayoría como bien se sabe, dedicando los ‘fuegos artificiales’ a la escena del triunfo, cuando la cantidad de fanfare en escena es, sencillamente, impresionante (y todas entonadísimas: ¡¡¡miracolo!!!).Otro elemento de relieve fue el numeroso cuerpo de baile, capitaneado por dos estrellas de punta en la danza: la bailarina Myrna Kamara y, muy especialmente, Alessandro Bolle, admiradísimo por sus movimientos acrobáticos y elegantes a la vez. Pero precisamente en la danza sobraron las injustificadas apariciones de Carla Fracci, para la que se inventó nada menos que un personaje ('Akmen', ¿¡!?) para que se paseara por el escenario cual bruja o Casandra, en los momentos tópicos de la acción. Es triste tener que decirlo, pero llega un momento en que a las ‘viejas glorias’ se les termina precisamente la gloria.El publico, por otra parte, fue generoso y no falló en subrayar con frecuentes aplausos los que, en Italia, llamamos colpi di scena. Un publico ingenuo, pero también severo. Por ejemplo tras el aria ‘Celeste Aida’, cuando una voz solitaria hizo abortar una tentativa de aplauso chillando ‘Vergogna!’ al tenor. Este era el super cotizado Salvatore Licitra, discípulo de Bergonzi y, según dicen, heredero de Pavarotti en el Met. Sin embargo sigue sin resolver sus problemas técnicos que repercuten en una emisión forzada y en la afinación precaria. Su entrada mejor olvidarla, pero tampoco lo que cantó a lo largo de la ópera fue memorable. Y es una lastima, porque lo que es la voz, es preciosa. ¿Pero cuantos se han perdido por el camino? Ojalá no le perdamos a él.
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