España - Canarias

Rigoletto en la isla del Duque de Mantua

Andrea Merli
jueves, 4 de julio de 2002
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Las Palmas de Gran Canaria, domingo, 16 de junio de 2002. Teatro Cuyas. Rigoletto. Ópera en tres actos de Giuseppe Verdi sobre libreto de Francesco Maria Piave (1851). Director de escena: Francisco López Gutiérrez. Escenografía: Jesús Ruiz. Producción del Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera. Desiree Rancatore (Gilda), Giorgio Casciarri (Duque), Jean Philippe Lafont (Rigoletto), Emilia Boteva (Magdalena), Stefano Palatchi (Sparafucile), Rodrigo García (Marullo/Un Ujier), Francisco Navarro (Borsa), Dori Cabrera (Condesa de Ceprano/Giovanna), Vicente Lacarcel (Ceprano), Kenia Reyes (Un paje). Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, Coro del Festival de Opera de Las Palmas, directora: Olga Santana. Director de orquesta: Lukas Karitynos. XXXV Festival de ópera de Las Palmas. Aforo: Localidades 900, ocupación 100%.
0,0001948 El 35 festival de ópera en Las Palmas de Gran Canaria se ha clausurado con la puesta en escena de Rigoletto, obra maestra de Verdi y muy amada por el publico. Es notorio que España ha proporcionado al mundo gloriosos tenores para el arduo rol del 'Duque de Mantua' y Las Palmas ha contribuido con la figura más emblemática, la del inolvidable Alfredo Kraus. El sublime tenor canario, precisamente en el precioso Auditorium que lleva su nombre, cual ideal faro musical proyectado hacia el océano, cantó su ultimo concierto un 17 de marzo de 1999; ofreció como 'bis' el aria 'La donna è mobile', que era su inconfundible firma en todos sus recitales.Enfrentarse con este rol en esta isla, todavía impregnada de tantos recuerdos, supone una igual dosis de inconsciencia y de valor. Substituyendo a un colega que, sin alegar ninguna excusa, no dio la cara en los ensayos –además reducidos al adelantarse la fecha de las funciones en vista de la huelga general del 20 pasado- Giorgio Casciarri, joven tenor florentino, ha ofrecido, ante todo, una prueba de valentía, trazando un personaje extrovertido, lleno de vida, con un carácter irresponsable en su juvenil intemperancia. Más que un libertino, vicioso y palaciego, un adolescente que vive el sexo con compulsividad, pero sinceramente.En un plano estrictamente musical, la voz de Casciarri se confirma como una de las más bonitas surgidas del vivero italiano en los últimos tiempos. Se expande con extrema facilidad hacia el agudo, que la naturaleza le ha dado fácil, brillante y muy potente (fue un ejemplo el Re natural con el que cerró la temible cabaletta 'Possente amor mi chiama'); por momentos es hasta demasiado generoso en la entrega, con un fraseo siempre ardiente y apasionado, a costa de algunos deslices en la entonación y de comprometer los fiati' y la emisión, que por momentos pierde homogeneidad. No obstante, el retrato del Duque le salió redondo y, tras una desenfrenada 'Donna è mobile', precedida por el cambio de las palabras del recitativo: 'tua sorella e del vino', cantada con desfachatez y desenfado, se ganó un merecido triunfo.Éxito rotundo también para la 'Gilda' de Desiree Rancatore, soprano palermitana que ya es mucho más que una simple promesa, y que se esta ganando, justamente, fama internacional. Un brote de primavera, su voz de lírico–ligera, dotada de timbre angelical y de una facilidad extrema al sobreagudo que suena con la seducción de las voces latinas, suave, luminoso sin estridencias. En principio infantil e inocente, luego conciente de su feminidad, rebelde al 'padre-padrone' al punto de elegir el sacrificio por amor y libertad, Rancatore supo ser creíble y eficaz en este recorrido dramático y su 'Gilda' no fue la 'clásica' muñequita ñoña. Sin embargo, quizá por ese complejo de inferioridad que tienen las 'coloratura', oscureció un poco la voz en la zona central, puede que para buscar un color que todavía no tiene. Un riesgo, el de traicionar la propia naturaleza, que a veces se paga caro; el consejo paternal que doy a esta cantante, venidera de grandes triunfos, es de encontrar una buena maestra que la afine para conseguir el salto de calidad que la pondría definitivamente en el firmamento de la ópera.Una relativa sorpresa, tras su pálida participación en el Sanson de la temporada milanesa en el Teatro degli Arcimboldi, la prestación de Jean Philippe Lafont en la parte del titulo. La voz ha sonado llena, armónicamente sostenida y timbrada en el agudo, sonoro y prolongado, sin fisuras en los fiati, sin oscilaciones. Su lectura, afortunadamente tradicional, del infeliz jorobado, llegó al ápice en la invectiva 'Cortigiani, vil razza dannata' alcanzando una tensión dramática que dejo el publico sin aliento y que le ganó una tremenda ovación.Muy profesionales y vocalmente irreprensibles, tanto el tenebroso 'Sparafucile' del bajo Stefano Palatchi, garantía de musicalidad y compostura, como la procaz y resonante 'Magdalena' de la mezzo Emilia Boteva. Sacando el solvente bajo coreano Soon Won Kang, que interpretaba el cameo de Monterone, los demás comprimarios eran todos isleños, todos más que suficientes.La dirección de la Filarmónica de Gran Canaria y del voluntarioso coro del Festival de Opera, muy disponible al juego escénico, todo hay que decirlo, dirigido con mucha paciencia por Olga Santana, estaba a cargo del maestro griego Lukas Karytinis, hábil concertador y fantasioso en los ritmos. Ha cedido, tan solo y en contados momentos, a la tentación de jugar a ser Muti, con improvisadas aceleraciones de los tempi, arriesgando en los assieme de perder algún solista por el camino.La ingeniosa puesta en escena, procedente del Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera, fue obra del que es, también, director en ese teatro: Francisco López Gutiérrez. Utilizando una escenografía corpórea de bella plasticidad y gran sugestión, diseñada por Jesús Ruiz (el vestuario aun siendo precioso no llevaba firma), el director de escena, que también diseñó las luces, transportó la acción a una hipotética época moderna, alrededor de los años treinta del pasado siglo, bajo una dictadura bastante alegre y poco amenazadora, por cierto. El dictador, ni que decirlo, era el duque libertino.La acción empezaba en el curso de una orgía en la que todos iban disfrazados ... de siglo XVI, época en la que debería transcurrir Rigoletto, hasta que llegaron los militares (¿franquistas?) que llevaron preso a 'Monterone', vestido de calle, personalmente no podía entender lo que pasaba. En fin, rinfrancato lo spirito tras el lío inicial, hay que reconocer que estas moderneces favorecen una actuación muy libre y, si sale bien, más natural que la que puede surgir respetando la dramaturgia original. Lo que pasa es que estas operaciones, aparte que ya dejaron de ser novedosas hace bastante tiempo, si bien me aseguraron que en la isla todavía causan sensación, requieren un gran rigor en la realización, ya que cualquier desliz puede rayar en lo cómico involuntario, en lo absurdo.En el racionalista Teatro Cuyás se arriesgó, siendo una escena muy próxima a la risa la que dio comienzo al segundo acto: el tenor, tirándose a una fulana en el suelo y sobre una manta (vamos, ¡es el Duque de Mantua! al menos a 'Scarpia', por ser barón, le ponen un sofá); tratábase, evidentemente, de un coitus interruptus, pues se levantó para entonar 'Ella mi fu rapita' y ya no hubo manera para la chica -que con nonchalance se llevó a los labios un pitillo a falta de otro tentempié- de reanimar lo que estaba alicaído... Todo ello mientras el tenor se enfrenta a la aria más comprometida, que, mira por donde, a Casciarri le salio muy bien estilísticamente. A lo mejor la inspiración de esa musa sirvió para enderezar... ¡la voz!
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