España - Castilla y León

Sin piedad

Samuel González Casado
miércoles, 30 de junio de 2021
Elim Chan © 2019 by Rahi Rezvani Elim Chan © 2019 by Rahi Rezvani
Valladolid, viernes, 25 de junio de 2021. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Dominique Vleeshouwers, percusión. Elim Chan, directora. MacMillan: Concierto para percusión n.º 2. Shostakóvich: Sinfonía n.º 10 en mi menor, op. 93. Ocupación: 95 %
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Este programa era el último del ciclo de abono de la OSCyL, y con él se puede decir que, pese a todas las vicisitudes que las orquesta ha tenido que pasar durante los últimos meses (conciertos en streaming, ampliación de escenario, público reducido), en cuanto a calidad ha sido una de las mejores temporadas que se le recuerdan. El programa n.º 19 puede servir de resumen certero: excelente solista, dirección de gran calidad, con voz propia, y orquesta capaz de recoger cualquier guante y dar lo mejor de sí misma. 

Debe reconocerse que el Concierto para percusión n.º 2 de MacMillan no es para todos los gustos: se trata de una obra muy potente, más radical en todos los sentidos que el n.º 1, Veni, veni, Emmanuel, que comienza apelando a ciertos extremos ya desde su comienzo con las tres notas características que se repiten entre los desarrollos. Me consta que hay quien terminó estresado, pero el hecho de sumergirse tan repentinamente en las mareas sonoras que propone el compositor escocés implica una experiencia extrema: no hay piedad para con el público desde el paso de los últimos comentarios con los amigos en la sala a las tres primeras notas de la obra. Aparte, toda la interpretación implica un espectáculo visual de lo más interesante, con el solista atacando con gran virtuosismo los más variados instrumentos, algunos ignotos para mí. Porque Vleeshouwers hace verdadera música cuando tiene la oportunidad y, aunque el concierto tiene mucho de exactitud mecánica, no desaprovechó las partes más reflexivas para dejar constancia de su indiscutible sensibilidad. 

Creo que la obra no transcurre a una altura sideral continuamente: por ejemplo, a veces la parte orquestal es tan interesante que algunos elementos repetitivos de la percusión (¿sobredosis de marimba?), que parecen querer silenciarla, me resultaron ligeramente molestos; pero tiene momentos de verdadera grandeza, sobre todo cuando el autor emplea ese recurso favorito de ordenar lo que parece anárquico, y se revelan procedimientos y sentido. Creo que el público disfrutó mucho en esos 25 minutos, y los aplausos fueron muy calurosos para el solista, algo poco habitual en el CCMD para una obra compuesta en la segunda década de los 2000. Gran mérito también para OSCyL y Elim Chan, que tenían una papeleta más que complicada y desempeñaron su labor con encomiable atención. 

Las sinfonías de Shostakóvich se han convertido en un must para triunfar. ¡Quién lo iba a decir hace no tantos años, cuando la música del ruso seguía siendo considerada difícil por una parte no desdeñable de las audiencias! Claro, en este caso, después de la obra de MacMillan, en cuanto a su posible aspereza la Décima podría haberse transformado en la Sinfonía de los juguetes; pero la versión de Elim Chan resultó tan seria y bien trabajada que esta parte de la velada volvió a constituir una experiencia extrema, un dilatado rafting por todo tipo de sentimientos tensionados. 

Y no es que la versión de Chan se caracterizara por llevar sus premisas hasta las últimas consecuencias: el concepto, en cierto aspectos, era más bien expansivo, no tanto en cuanto a tempi sino como a darse la oportunidad de frasear mucho y bien. Elim Chan hizo lo que quiso con la cuerda, y logró que la sección estuviera repleta de movimiento, de inquietud en el buen sentido. Su presencia, su redondez y su misión de verdadera guía fueron un prodigio. Los graves eran formidables, y dieron el fantástico equilibrio que la versión de Chan requería como conditio sine qua non, ya que la excepcional potencia de la interpretación residía justamente en la aportación audible y significada de todas las familias. Cuando la directora se apartó ligeramente de lo que mejor funcionaba (algunas partes del último movimiento y otras del Allegro) faltó un punto de definición, de claridad. Pero realmente todo el trabajo fue excelente, y maderas y metales volaron, animados por una directora de gesto exacto y entrega máxima. 

Entre los aplausos del público, Chan regaló su ramo de flores al primer trompa de la OSCyL, José Miguel Asensi, con lo que agradeció públicamente su perfecta labor; un reconocimiento que puede hacerse extensivo no solo a todos los profesores que tocaron en este programa, sino a una temporada que, más allá de lo meritorio, ha servido no solo para sobreponerse, sino para avanzar.

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