Estados Unidos

Rosa Antonelli desde el Steinway Hall de Nueva York

Juan Carlos Tellechea
viernes, 20 de agosto de 2021
Rosa Antonelli © 2020 by Rosa Antonelli Rosa Antonelli © 2020 by Rosa Antonelli
New York, lunes, 28 de junio de 2021. Steinway Hall de Manhattan. Alberto Ginastera, Idilio crepuscular, Danza del trigo, Malambo (del ballet Estancia). Astor Piazzolla, El mundo de los dos, Imperial, Milonga del Ángel, Libertango. Ángel Eugenio Lasala, Romancero (Preludio). Isaac Albéniz, Granada (Serenata), de la Primera suite española op. 47, L'automne-valse en sol menor op. 170 (Introduccion - Allegro). Bis: Astor Piazzolla, Adiós Nonino. Transmisión por internet de la grabación del concierto original en vivo del lunes 24 de octubre de 2016 a beneficio de The Lambs Foundation, una organizacion teatral profesional con larga tradición que se remonta a 1874 en Nueva York. La entidad se fundó en Londres en 1868 y recibió el nombre del poeta Charles Lamb y su hermana Mary. 100% del aforo.
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Generosa, idealista y emprendedora como es, Rosa Antonelli tomó la iniciativa de realizar este concierto a beneficio de la Fundación Lambs de Nueva York. Cada vez que ofrecía allí algún recital, Steinway me enviaba el piano, porque el de la institución no estaba en buen estado, evoca la consagrada pianista en un intercambio por escrito y vía correo electrónico con www.mundoclasico.com, tras su presentación en internet.

Hasta que un día -decidida y sin dudarlo ni un instante- le dije al presidente de la fundación, Marc Baron, que por qué no organizamos un concierto benéfico: yo dono mi concierto para recaudar fondos y así tener un piano Steinway permanentemente en el Auditorio. De esa manera todos los músicos podrían disfrutarlo. Me salió del corazón. Baron lo veía difícil por la cantidad de dinero que habría que recaudar, pero luego se acopló a mis sueños, a mi fe...aceptó...y ahí comenzó todo, como corrobora el propio presidente de The Lambs Foundation al inicio de la velada.

Pieza enlazada

The Lambs Foundation de Nueva York distribuye ayudas a artistas del mundo del espectáculo de avanzada edad necesitados, enfermos o indigentes, y respalda asimismo a organizaciones teatrales, institutos de educación en las artes, así como al desarrollo de nuevas obras de teatro y a talentos emergentes. A través del exitoso recital de Antonelli que tuvo lugar el 24 de octubre de 2016 con lleno total en la sala auditorio del Steinway Hall de Manhattan se recaudaron fondos para la compra no de uno, sino de dos píanos: uno de cola para el Auditorium y otro vertical para la sala de ensayos de la respetada fundación. La grabación de aquel maravilloso recital fue transmitida por primera vez vía internet el pasado 28 de junio.


De corazón a corazón

El interesante y poco habitual programa que conformó Antonelli para esta velada reunió obras clásicas de compositores del universo hispano e iberoamericano: Ángel Lasala (su admirado maestro del Conservatorio Nacional de Música Carlos López Buchardo, de Buenos Aires), Alberto Ginastera, Astor Piazzolla e Isaac Albéniz. La aclamada artista viene promocionando estas preciosas composiciones, algunas de ellas casi desconocidas o tocadas por primera vez en Nueva York, desde el lanzamiento de su exitoso CD Esperanza (Albany Records), seguido después por Remembranza, Abrazando y Bridges, el más reciente y del mismo sello grabador.

Como era un concierto benéfico sentí que debía presentar obras con contenido romántico o con un final feliz, declara Rosa Antonelli (ella misma hija de una celebrada actriz teatral). Esa es la atmósfera, por momentos también meditativa, pero siempre positiva, que crea la pianista con sus interpretaciones y su aura. Es su propio corazón el que se abre ante el teclado. El piano es un sol, está lleno de luminosidad, respira aire fresco y habla.

Su ejecución es virtuosa, clara, honesta, límpida y equilibrada. Cada nota es tocada con exactitud y con la debida valoración. La serenidad de su figura impone en la sala y magnetiza al público; nunca un exceso en pos de espectacularidades sin contenido. Rosa Antonelli se concentra magistralmente en la música por el mismo amor a la música que siente hasta las entrañas.

Amor

Arranca con Idilio crepuscular, esa romántica pieza transcripta del ballet Estancia, originalmente compuesto por Alberto Ginastera para ser estrenado en 1942 en Nueva York por el American Ballet Caravan, con coreografía de George Balanchine. Un acontecimiento que finalmente no pudo ser. La compañía se disolvió antes y finalmente la obra tuvo que esperar hasta 1952 para ser presentada por primera vez en el Teatro Colón de Buenos, bajo la batuta de Juan Emilio Martini y dirección del coreógrafo Michel Borowski (ex integrante de los Ballets de Monte Carlo que emigrara a la Argentina a finales de la década de 1940). Una suite para orquesta surgiría entretanto de las manos de Ginastera. La que se convertiría en una de sus composiciones más conocidas internacionalmente, sería estrenada en 1943 en Buenos Aires con un éxito que perdura inquebrantado hasta nuestros días.

El Idilio, narra una historia romántica, como la de Romeo y Julieta o la de la Bella molinera, pero con un final afortunadamente feliz, y un amor correspondido: la hija del estanciero (hacendado) se enamora de uno de los trabajadores de su padre y el compromiso transcurre durante uno de esos atardeceres inefables en las llanuras pamperas.

El amor es el hilo conductor a lo largo de todo el recital. Antonelli es puntillosa y derrama pasión en El mundo de los dos, de Astor Piazzolla, un alumno de Ginastera. Es esta otra narración inspirada en un amor tal vez imposible, pero inolvidable, vivido durante un tórrido verano en algún lugar de este planeta. El poeta que escribió la letra, Albino Alberto Gómez, de 92 años, amigo personal de Piazzolla, había esperado todo este tiempo para conocer a la artista idónea que pudiera interpretar la pieza. Por fin, decidió obsequiarle la partitura personalmente a Rosa Antonelli en Nueva York. Ese momento fue muy emocionante para mí y me sentí muy honrada por tan memorable gesto, evoca la pianista.

Mademoiselle

Imperial es un tango escrito por Piazzolla cuando vivía en París, recibía lecciones de la maestra de los grandes maestros, Nadia Boulanger -a quien todos sus alumnos llamaban Mademoiselle- y se sentía enamorado de la arquitectura y los palacios de la Ciudad Luz, emoción compartida por Antonelli cada vez que cumple actuaciones allí. Ese mismo estado emocional es el que exhala Romancero (Preludio) de Ángel Eugenio Lasala. El maestro de Rosa, que conocía el sentimiento y la pasión extrema que ponía su alumna en las interpretaciones, esperaba que ella pudiera estrenar la composición algún día.

Ese momento llegó (aunque póstumamente para Lasala, no empero para su viuda, Zulema Castello, quien pudo seguir emocionada su evolución) a partir de 2010, cuando fue tocada por Antonelli por primera vez con carácter mundial en Nueva York e incluso llevada al disco. Vendrá asimismo el día en que la Argentina escriba la historia completa de sus compositores del siglo XX y en ella la obra de Ángel Eugenio Lasala deberá ocupar un sitial de honor con su perfil de creador auténtico, entroncado notablemente en la cultura hispanoamericana. Por lo pronto, su biografía es posible leerla ya en wikipedia en alemán, de forma extensa, y en catalán, de manera sintetizada, pero en ningún otro idioma....¡paradójicamente!

Albéniz

Rosa Antonelli, especializada en música española en los Cursos de Música en Compostela, a través de una beca del gobierno de España, nos regala la magia de una interpretación deslumbrante de Granada (serenata), con un virtuosismo impecable y con el alma y el espíritu del gran maestro Albéniz. Fue mi primer encuentro con España, una época maravillosa, recuerda la pianista. Me enamoré de la música española y no me alcanzaban las horas para estudiar, quería aprender todas sus composiciones. Así perfeccioné Granada (serenata). Antonelli es auténtica, toca como es, sin fingir. Su sonido llega lejos, muy lejos...levitando.

En La automne valse (introducción y allegro) el resultado es una música en la que incluso la alegría y el tono se ven afectados por la melancolía que siente el compositor hacia su patria, esencialmente fantástica. Hay una rara elegancia y misterio en la ejecución de Antonelli, de asombrosa sensibiliad; una verdadera y bien controlada hispanidad, admirable en su pureza original. Esta obra la estudié en Madrid. Para mi gran sorpresa nunca había sido tocada en Nueva York en una gran sala de conciertos, y su estreno tuvo lugar cuando la interpreté en el Lincoln Center, relata Antonelli.

La inmigración

Milonga del Ángel, de Piazzolla, querendona y nostálgica, es una de las obras favoritas de la pianista. Narra la historia de un ángel que llega mágicamente en Navidad a Buenos Aires para sanar el alma triste y añorante de la enorme masa de inmigrantes (o sus descendientes), quienes echan de menos su patria. Es la melancolía que tienen arraigada en sus corazones por la distancia y la separación de sus seres queridos, algo que yo misma he vivido en mi familia; es una historia bellísima y romántica, señala Antonelli. De su mano, Piazzolla desvela esas enigmáticas regiones que caracterizan el ambiente de la esquiva y ajetreada capital porteña, llevándonos cada vez más lejos y hondamente a recónditos inverosímiles laberintos.

Final

La concertista vuelve su mirada al final de su concierto a Ginastera y otra vez al ballet Estancia que le encargara originalmente a este compositor el empresario, escritor, conocedor de los círculos artísticos neoyorquinos y filántropo Lincoln Kirstein en 1941. La música está llena de energía vital. La Danza del trigo es más comedida en cuanto a ritmo y melancolía. Antonelli acaricia literalmente el teclado con gran sensibilidad para entregarnos esta pieza hermosísima, lírica y serena. Los trabajadores de la estancia (hacienda) laboran en el trigal desde el albor de la mañana. La música, con su colorido diverso, refleja la luz del día a medida que el sol cambia de posición en el firmamento; un escenario maravilloso en medio del cual se conocieron el peón de la estancia y la hija del patrón.

El Malambo

La Danza final, un malambo, es un movimiento arremolinado, febril y endiablado que nada parece detener cuando emana del piano. Su golpeteo y zapateado frenético hacen de esta danza brillante y apasionada una obra perfecta para llegar con alegría y brío al clímax de este concierto tan especial de Rosa Antonelli. Por supuesto, el recital no podía terminar aquí, entre tantos aplausos y ovaciones. Los espectadores pedían insistentemente Adiós Nonino, de Piazzolla. La elegíaca pieza, interpretada con mucho amor y ternura por la concertista, rememora la hermosa relación que unía al renovador del tango con su padre, don Vicente, la muerte de éste y la evocación de los momentos felices que pasaron juntos.

Construyamos un mundo mejor

Fue un cierre muy emotivo el de Rosa Antonelli, una pianista, adorada por el público y aguardada ahora con expectación de nuevo en Europa. Este concierto fue muy especial para mí, porque me sentí muy honrada de ayudar a esta noble y venerable Fundación. Me colmó de felicidad el saber que un sueño se había hecho realidad; un sueño que nació de la esperanza, la pasión y el amor por los ideales. En estos tiempos tan difíciles, debemos guardar en nuestros corazones estos sentimientos positivos que nos ayudarán a ser más fuertes y a construir más unidos un mundo mejor.

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