Discos

Música y letra

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 10 de agosto de 2021
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Anton Bruckner: Sinfonías 1 a 9. Berliner Philharmoniker. Sinfonía nº 1 en Do menor (versión de Linz de 1865/66), director: Seiji Ozawa (Enero 2009); Sinfonía nº 2 en Do menor (versión de 1877), director: Paavo Järvi (Mayo 2019); Sinfonía nº 3 en Re menor (versión de 1872/73), director: Herbert Blomstedt (Diciembre 2017); Sinfonía nº 4 en Mi bemol mayor “Romántica” (versión de 1878/80), director: Bernard Haitink (Marzo 2014); Sinfonía nº 5 en Si bemol mayor, director: Bernard Haitink (Marzo 2011); Sinfonía nº 6 en La mayor, director: Mariss Jansons (Enero 2018); Sinfonía nº 7 en Mi mayor (versión de 1885), director: Christian Thielemann (Diciembre 2016); Sinfonía nº 8 en Do menor (versión de 1890), director: Zubin Mehta (Marzo 2012); Sinfonía nº 9 en Re menor (con el Finale en la versión de Nicola Samale, John A. Phillips, Benjamin-Gunnar Cohrs y Giuseppe Mazzuca de 1985-2008, revisada en 2010), director: Sir Simon Rattle (Mayo 2018). 9 SACDs grabados en la Philharmonie de Berlín. Productor ejecutivo: Olaf Maninger; director de la producción de audio: Christoph Franke. Berliner Philharmoniker Recordings BPHR 190283.
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“Ahora Bruckner nos pertenece”. Con estas palabras Richard Taruskin finaliza su extenso artículo en la carpetilla (veintidós páginas con letra microscópica), queriendo resumir sus planteamientos sobre los muchos “problemas Bruckner”: por supuesto el de las versiones, recordando que ese término no fue acuñado por Deryck Cooke sino por David Hall en los años cincuenta; el de su utilización política, llevada al máximo en las exequias por Hitler; el de si se puede hablar de las sinfonías de Bruckner como “música absoluta”, para concluir que “nadie se ha atrevido a decir que esta música carezca de significado”; o el de su irresoluble contraposición con Brahms, porque los baremos para su valoración son diferentes: la música de Brahms está muy bien hecha, y la de Bruckner produce un impacto muy poderoso. Incluso deja en el aire futuros “problemas” para ser investigados: además de Beethoven y Schubert, en La Creación de Haydn hay más de una semilla que Bruckner cultivó. Sólo por esta pieza literaria –como de costumbre en Taruskin, lección de humildad para quienes creemos dominar la lengua inglesa- vale la pena comprar el álbum.

El caso es que la Filarmónica de Berlín acaba de editar en su propio sello esta colección de las sinfonías (numeradas) brucknerianas, grabadas en la Philharmonie entre los años 2009 y 2019 (se trata de tomas de conciertos, aunque no hay mención de ello ni el menor atisbo sonoro de presencia de público), cada una de ellas encomendada a un director distinto, con la excepción de Bernard Haitink como conductor de la Cuarta y la Quinta. 

Excepción tanto más llamativa cuanto que en el otro texto que incluye la carpetilla, firmado por el periodista Volker Tarnow, se estudia la relación de la orquesta con las sinfonías del organista de Ansfelden. Todos sabemos cómo ha ido la cosa de Furtwängler a esta parte, pero resulta revelador saber qué hicieron (y qué no) sus predecesores: Nikisch fue un apóstol, pero Bülow o Weingartner no quisieron saber nada de él. Lo curioso es que quien más Bruckner ha dirigido a la Filarmónica de Berlín desde la muerte de Karajan (el artículo incluye estadística detallada) ha sido Daniel Barenboim, ausente en estos registros.

Nadie asocia el nombre de Seiji Ozawa con Bruckner, y sin embargo aquí está dirigiendo la Primera Sinfonía (49 min). Y dirigiéndola con ganas, con nervio, dándole personalidad gracias a que no pretende disimular las debilidades de la pieza: la coda del Scherzo es espectacular, y hay auténtico vértigo en la cuerda hasta que se alcanza la primera pausa del último movimiento (2’40’’). Paavo Järvi dio su primer concierto bruckneriano con los berlineses poniendo en atriles esta Segunda Sinfonía (57 min). También la coda del Scherzo le sale muy bien, pero porque es ahí y sólo ahí donde la dirección de Järvi tiene sentido: el estonio es un mago de la dirección y sabe llevar a sus orquestas más allá de sus límites, pero esto no es Beethoven ni Schumann (ni Brahms), y a Bruckner hay que dejarle respirar, tanto más en esta “sinfonía de las pausas”.

Respirar mucho y bien es lo que hace Herbert Blomstedt en la Tercera Sinfonía (63 min.) en su versión más wagneriana. Aquí sí se ve ladrillo a ladrillo la construcción de los clímax, ya en el primer movimiento donde alcanza una cumbre fervorosa (12’00’’) durante minuto y medio; por no hablar del majestuoso recuerdo de Tannhäuser en el tiempo lento. Blomstedt además respeta la prescripción de la partitura respecto al mantenimiento del tiempo en las tres partes del Scherzo, y así da todo un vals en el Trio. Personalmente prefiero la versión revisada de la obra, pero me quito el sombrero ante una interpretación magnífica, de lo mejor de este ciclo.

Esperaba más de Bernard Haitink, que ha dejado en Ámsterdam y en Viena mejores interpretaciones de las sinfonías Cuarta y Quinta. Aquí sus rendiciones son simplemente buenas: de la Cuarta (69 min) cabe destacar que no acelera en los “crescendo”, que el segundo movimiento –seguramente el más extraño de todo el corpus bruckneriano- es tedioso hasta que comienza el ascenso a la cima, y que la coda del Finale tiene nobleza; la Quinta (75 min.) es la obra más clásica de todas, pero Haitink se excede en seriedad cada vez que hay una fuga, y ni siquiera le pone un poco de lirismo al precioso Adagio, hasta el punto de que el grandísimo final suena con cierta indiferencia.

Mariss Jansons no tuvo más remedio que tocar Bruckner cuando se hizo cargo del Concertgebouw y de Radio Baviera (ha dejado abundantes ejemplos discográficos con unos y con otros), pero no era lo suyo. Por eso tal vez sea un acierto haber escogido esta Sexta Sinfonía (54 min.), seguramente la más afín a su manera de ser: es una interpretación rapidísima (la célula motora de los violines en el primer movimiento casi se desfigura) en la que hay cierto lirismo en el Adagio, mucho vértigo en el Scherzo, y poderío en el Finale.

Christian Thielemann, por el contrario, aprendió a dirigir Bruckner seguramente antes que montar en bicicleta; pero justamente ahí está su talón de Aquiles: lo ha hecho tantas veces, que siempre quiere poner algo nuevo, y no siempre acierta. En la Séptima Sinfonía (71 min.) hay desde luego algunas de las características que más aprecio en él (en el Allegro inicial ralentiza la llegada al primer gran tutti -5’55’’-, y deja una pausa eterna después del gran coral del Finale -7’45’’-); pero también hay alguna ocurrencia que me parece chocante (cambios de tiempo injustificados aquí y allí, y sobre todo unos “sforzando” contraproducentes en la cuerda mientras se acerca a la cima del glorioso Adagio –con platillazo, faltaría más-); eso sí, las conclusiones de los movimientos extremos están construidas con grandeza de la buena.

Desde su famosa Novena Sinfonía con la Filarmónica de Viena allá por 1965, a Zubin Mehta no se le han conocido grabaciones brucknerianas que merezcan la pena. Pues bien, su interpretación aquí de la Octava Sinfonía (81 min.) es de muchos quilates. El primer movimiento se dice sin prisas pero con pulso, con un poderoso clímax antes del final (13’40’’); el Scherzo, muy nervioso pero claro, está inteligentemente contrastado con un Trio muy lento y de pausas profundas; las audibles inspiraciones del maestro indio para señalar las anacrusas en el Adagio son prueba de la serenidad en un discurso que se toma su calma en las transiciones –delicadísimos violines (16’40’’) antes de recapitular el tema principal, dicho con gran expresividad-, y que construye –algo forzadamente- la subida a la cima, aunque una vez allí las vistas son espléndidas; el Finale arranca un tanto vulgar, pero Mehta se redime enseguida (el tutti en 6’00’’), y logra una conclusión a lo grande.

Tampoco Simon Rattle se ha prodigado como bruckneriano, y esta Novena Sinfonía (77 min.) no me acaba de convencer porque se apoya demasiado en tiempos rápidos y en concepto dramático (reconozco desde luego que se trata de una interpretación en sí misma coherente); las explosiones del primer movimiento (7’05’’ y 12’55’’) tienen garra, y por suerte Rattle pisa el freno en la coda, que sale como el mayestático momento de toda la música de Bruckner que es; el Scherzo es más contundente que infernal, tocado a la mayor gloria de una orquesta en estado de gracia; la urgencia del Adagio hace que el primer tutti se asemeje demasiado al arranque del Otello verdiano, las tres terribles disonancias del clímax (19’05’’) suenan verdaderamente escalofriantes (aquí sí hay un fuego infernal que crepita en los violines), y el movimiento –en buena lógica- no acaba en paz porque la cosa no ha terminado.

No había escuchado antes el Finale en la reconstrucción de Samale, Phillips, Cohrs y Mazzuca. De acuerdo en que Bruckner quería seguir aventurándose en armonías inexploradas, y de acuerdo en que la conclusión tiene que ser en modo mayor (con más razón en esta obra, dedicada “al buen Dios”); pero no me creo que en estos veinte minutos Bruckner apenas emplee dos de ellos para reflexionar, mientras todo lo demás se impulsa a velocidad de vértigo con un brevísimo y obsesivo núcleo motriz. “Todo lo que suena extraño en este Finale es cien por cien Bruckner”, defiende Rattle; en su artículo Taruskin concluye que “quienes prefieran el aura única –aunque fortuita- de la partitura inacabada, no tienen ninguna obligación de escucharlo.”  

En resumen, una integral bruckneriana variopinta en los protagonistas y en los resultados, con el denominador común de una orquesta estupenda tocando siempre a muy alto nivel –nadie en el mundo da mejor el “ritmo Bruckner” que los contrabajos berlineses-. Otra cosa es que su apreciación física resulte desigual, debido a las acostumbradas dificultades que presenta grabar en una sala en la que el sonido no llega de cara sino por detrás (extrañamente -al menos en mi lector- la mitad de los discos se identifican como CD y la otra mitad como SACD). Por lo demás, en la carpetilla –en esta edición elevada a la categoría de tratado, lo cual merece una felicitación para sus responsables- también se incluyen las biografías de los ocho maestros, y asimismo una muy útil ficha para cada sinfonía que indica su instrumentación y fecha de composición, el cuándo, dónde y quién las estrenó, así como los correspondientes datos de la primera interpretación por parte de la Filarmónica de Berlín.

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