España - Cantabria

Festival de Santander 2021

'Genio' es una palabra peligrosa

Xoán M. Carreira
lunes, 16 de agosto de 2021
Sheku e Isata Kanneh-Mason © 2021 by Pedro Puente Hoyos Sheku e Isata Kanneh-Mason © 2021 by Pedro Puente Hoyos
Santander, viernes, 13 de agosto de 2021. Palacio de Festivales. Sala Argenta. Sheku e Isata Kanneh-Mason, violonchelo y piano. Frank Bridge, Sonata para violonchelo y piano en re menor H. 125. Benjamin Britten, Tema Sacher. Serguei Rachmaninov, 14 Romanzas, Op. 34: “Muza” y “Ne mozhet byt!". Frank Bridge, Spring Song, H. 104, Nº 2, Melodia para violonchelo y piano en do sostenido menor H. 99, y Scherzo, H. 19a. Benjamin Britten, Sonata para violonchelo y piano Op. 65. Festival Internacional de Santander 2021.
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Sheku e Isata Kanneh-Mason son un violonchelista y una pianista de excelsa calidad y forman un dúo de chelo y piano que técnicamente va más allá incluso de la suma de la calidad individual de ambos. Esto es motivo sobrado para ser programados por el Festival Internacional de Santander 2021, al margen de que en estos momentos se encuentren en la cresta de la ola de las mareas de las agencias de conciertos y sellos discográficos. 

Súmese también a su favor la elección de un programa que ofreció la Sonata op. 65 del gran Benjamin Britten, precedida de un menú degustación de obras para chelo y piano del siempre elegante Frank Bridge, maestro y mentor de Britten, alumno díscolo donde los haya. Entre ambos un fresco sorbete britteniano, el Tema Sacher, y como complemento dos digestivas Romanzas de Rachmaninov

Injusto sería no calificar como sobresaliente el recital: la presencia escénica de los Kanneh-Mason es elegante, cálida y exenta de histrionismo; se nota que disfrutan tocando, el público lo percibe y lo disfruta a su vez; y este veterano cronista disfruta cuando el artista y el público disfrutan .... lo cual me deja campo libre para hacerme preguntas y compartirlas con los lectores, que es una de las cosas que más me gustan. 

Pieza enlazada

Cuando redacto esta reseña se cumplen exactamente 19 años desde la publicación de "Algunas reflexiones sobre el Concurso de Piano de Santander" de Maruxa Baliñas, un reportaje en el que nuestra actual directora evaluaba los criterios técnicos, estéticos, artísticos y emocionales que en aquellos momentos se esperaban / deseaban de los grandes virtuosos del siglo XXI, a la vez que daba testimonio de las virtudes que presuntamente se añoraban / deseaban por parte de un excelente, variado y veterano jurado. 

El reportaje fue escrito con indisimulada intención exegética, pero pasado el tiempo, ha adquirido un evidente sesgo profético. En 2002 analizaba las causas posibles de un premio desierto y concluía que lo más probable era que el tribunal de sabios hubiera decidido que aquellos brillantes finalistas poseían el virtuosismo técnico pero no habían alcanzado la madurez interpretativa (que ellos vinculaban a las corrientes mainstream anteriores a 1989).

Actualmente la fuente del saber son cada vez más las agencias y los sellos fonográficos, para los cuales el concepto de madurez tiene más que ver con las fruterías que con las variables estéticas: el valor de mercado de un melocotón radica en su semejanza con los melocotones "de toda la vida", admitiendo mejoras en el tamaño, perfección formal y visual, etc. La palatalidad importa, sin duda, pero los consumidores de melocotones tienden a ser neófobos y, por lo general, desean que la pieza evoque las sensaciones de su infancia o incluso deducidas de las descripciones de su abuelita. 

En el momento álgido del debate tras el incendio del Gran Teatro del Liceu, Eduardo Mendoza escribió que cuando se murió se abuelo se sintió muy triste, pero no se le ocurrió ir al asilo a buscar otro. Segovia, Casals, Heifetz, Rubinstein, Zabaleta, Rampal o Walcha son figuras totémicas de la tradición interpretativa, pero no pueden ser reeemplazadas por golems de alta tecnología. 

Los hermanos Kanneh-Mason diseñaron un programa en tres partes al estilo de hace cien años: una obra convencional de gran envergadura, una parte intermedia con un surtido de miniaturas-bombones, y una tercera parte con una obra maestra -mejor si es una sonata. Al igual que hace cien años, el público de Santander prefirió la bombonera, y muy especialmente -elogio su gusto- los de la repostería Rachmaninov. 

El problema es que todo ha cambiado en un siglo, no sólo Santander, y por más que el dúo Kanneh-Mason sea técnicamente mejor que el dúo Cortot - Casals, no sucede lo mismo si atendemos a la interpretación que se nos antoja un remedo de las versiones coloreadas de las obras maestras del cine con las que nos atormentaron en los años 1990. 

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