España - Cantabria

Festival de Santander 2021

La curiosidad que no desaparece

Maruxa Baliñas
viernes, 20 de agosto de 2021
Joaquín Achúcarro © 2021 by Teatro de la Zarzuela Joaquín Achúcarro © 2021 by Teatro de la Zarzuela
Santander, sábado, 14 de agosto de 2021. Palacio de Festivales. Sala Argenta. El Brahms joven - El Brahms último. Joaquín Achúcarro, piano. Johannes Brahms, Sonata para piano nº 3 op. 5, cuatro Intermezzi (op 119 nº 1, op 118 nº 1 y 2, y op 117 nº 2), y Rapsodia en sol menor op. 79. n. 2. Festival Internacional de Santander 2021.
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La presente edición del Festival Internacional de Santander ha convocado en la Sala Argenta del Palacio de Festivales a tres de los grandes pianistas de la segunda mitad del siglo XX y como no, del siglo XXI: Joaquín Achúcarro (Bilbao, 1932), Mitsuko Uchida (Tokio, 1948) y Grigori Sokolov (Leningrado, 1950). Tuve el placer de escuchar a Sokolov el 11 de agosto, y tres días después a Achúcarro, dieciocho años mayor que aquel, lo cual es mucho. A ellos se une el reciente concierto de Elisabeth Leonskaja (Tbilisi, 1945) cerca de Wiesbaden.  

Pieza enlazada

En esta etapa de su vida, cuando otros se vuelven a Beethoven, o a Schubert, o a Chopin, Achúcarro ha planteado un programa exclusivamente brahmsiano, con esa doble perspectiva del El Brahms joven - El Brahms último: la maravillosa Sonata para piano nº 3 op. 5 (que por cierto también tocará Leonskaja en su presentación en Madrid el próximo mes de octubre) escrita por Brahms cuando tenía apenas 20 años, y cuatro de los Intermezzi que compuso en 1892-93, rondando los 60 años. La elección de Brahms es ya en sí una elección vital, desde la complicación juvenil y un poco arrogante de la Sonata para piano nº 3 hasta las piezas op. 117, 118 y 119, y en concreto los Intermezzi, tanto o más difíciles de tocar que la Sonata, pero de una aparente sencillez muy engañosa, de una inocencia que oculta mucha vida vivida. 

El planteamiento era espléndido, pero la realización no siempre lo fue. La Sonata para piano nº 3, tan extensa en sus cinco movimientos y unos cuarenta minutos de música, requiere una concentración que acaso ya no es la principal virtud del Achúcarro actual. Sonó brillante casi siempre, pero faltó ese elán, esa unidad de concepto que también es necesaria en una sonata tal como la concebía Brahms en ese momento de su vida. 

Hubo momentos preciosos, como en general el cuarto movimiento, que según nos explicó Achúcarro antes de empezar, él concibe como "una marcha fúnebre muy triste, aunque de repente hay una fluctuación al optimismo, un recuerdo feliz [de lo planteado en el 2º movimiento: 'Dos corazones están unidos en un estrecho abrazo'] y vuelta a la desesperación", lo que se refuerza aún más por la cita que le acompaña: "Mirada hacia atrás". En cambio al final del primer movimiento hubo una caída de la tensión que ensombreció el comienzo del romántico segundo movimiento, y en el quinto movimiento nuevamente el final estuvo mal graduado, de modo que el crescendo se agotó demasiado pronto, antes de que llegara realmente el final de la obra. 

Por el contrario los Intermezzi, breves y auténticas joyas en sí mismos cada uno de ellos, fueron un placer, que en el caso de los dos primeros del op. 118, nº 1 Allegro non assai, ma molto appassionato en la menor y nº 2 Andante teneramente en la mayor me atrevería a calificar de modélicos. Aquí sí se disfrutó del Achúcarro de siempre, ese que nos ha encandilado a lo largo de más de siete décadas de carrera como concertista (en mi caso, ya han pasado casi cuarenta años desde la primera vez que lo escuché) por su sensibilidad, técnica y expresividad. 

Su versión de la Rapsodia op. 79 nº 2 fue una nueva decepción, por momentos Achúcarro parecía tocar 'por instinto', porque se sabe la obra, lleva décadas tocándola, sus dedos pueden tocarla incluso aunque él se despiste y me atrevería a decir que efectivamente se despistó (o usó una edición bastante distinta de la que yo conozco). Debo decir sin embargo que al público esta versión de la Rapsodia le gustó y respondió tanto o más entusiásticamente que a los Intermezzi que la precedieron con aplausos y algún bravo.  

Como propina, Achúcarro ofreció primero otro Intermezzo de Brahms que no identifiqué exactamente, y que me gustó menos que la serie de cuatro inicial, y luego el precioso Nocturno para la mano izquierda de Scriabin, nuevamente una interpretación donde curiosidad y experiencia se unieron para ofrecernos una versión memorable, con un asombroso dominio de pulsación y pedal en una persona de su edad. 

El balance final del concierto es agridulce. Achúcarro sigue siendo un maravilloso pianista, pero temo que ya no volveré a escuchar al Achúcarro que tanto admiré, esta es otra etapa de su vida, tiene mucho que aportar todavía, pero sus cualidades físicas y por lo tanto su técnica y concentración se están reduciendo. Quedan la capacidad de expresión y la emoción, y esas no desaparecerán, aunque ya no siempre sean tan accesibles. Queda además algo mucho más inexpresable pero que distingue a los ancianos de aquellos que a pesar de su edad no llegan a serlo. Achúcarro en una entrevista en 2019, ya con 87 venerables años, lo explicaba como un 'seguir preguntándose': "Sé que tendré que parar en algún momento, por lo que sea, pero mientras esa parada no se manifieste yo seguiré estudiando, y seguiré intentando progresar, y seguiré preguntándole cosas al piano"

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