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Admirable, como de costumbre

Joseba Lopezortega
martes, 21 de septiembre de 2021
Ivan Fischer © 2019 by Marco Borggreve Ivan Fischer © 2019 by Marco Borggreve
San Sebastián, viernes, 27 de agosto de 2021. Auditorio Kursaal. Darius Milhaud: Le boeuf sur le toit op.58. Ravel: Concierto para piano y orquesta en sol mayor. Erik Satie: Gymnopédie Nº1 (orquestación de Debussy); Gnossienne nº 3 (orquestación de Poulenc); Zoltan Kodaly: Danzas de Galanta. Budapest Festival Orchestra. Ivan Fischer, director. 82ª Quincena Musical.
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Budapest Festival Orchestra es la orquesta protagonista en Quincena en la última década. Siempre con su titular, Ivan Fischer, la estupenda orquesta húngara ha estado en San Sebastián en varias ediciones, dejando recuerdos perdurables. En esta edición anunciaba un solo programa, que recordaba una de sus dos actuaciones de 2014, cuando hizo música de Brahms (Danzas húngaras 14, 7 y 6), Schubert (Inacabada), Josef y Johann Strauss (Música de las esferas y Danubio azul y Galope de los bandidos), Dvorak (Leyenda número 10 del op. 59), Mahler -dos lieder del ciclo del Wunderhorn- y Kodaly (las Danzas de Galanta, que ha vuelto a presentar en esta edición). El paso de Fischer por la Quincena de 2021 seguía esa estela: proponer un encuentro con una música variada y liberada de la gravedad programática de tantos conciertos. La mera elección del programa posibilitaba una lectura esperanzadora del momento que vivimos, quizá un mandato: gocemos, disfrutemos. Y el concierto, como no, fue una verdadera gozada y fue algo más. Fue un concierto espléndido. 

La Budapest Festival Orchestra mantiene su pleno vigor y su mágica tersura casi juvenil, pese a que en muchos atriles mandan las canas. Logra transmitir al público la sensación de estar disfrutando del privilegio de tocar, y lo hace tocando a un nivel francamente admirable, con la homogeneidad, el empaste y el fondo de las más grandes orquestas. Con el programa Milhaud, Ravel, Satie y Kodaly lucieron sección por sección, aunque de alguna  manera fue una velada en la que se enseñorearon las maderas. Difícil glosar la calidad del oboe, o la flautista, o una corno inglés simplemente fabulosa en el Concierto en sol de Ravel, pero lo mismo sirve para los chelos de las Danzas de Galanta. Toda la orquesta es muy buena y probablemente merece esa posición de protagonismo sostenido en Quincena en la última década.

Le boeuf sur le toit de Milhaud invocaba una alegría vital y despreocupada; las orquestaciones de Debussy y Poulenc sobre composiciones de Satie remitían a la belleza del sonido, una belleza casi hipnótica. Curiosamente, estas obras aparentemente menores son de las que ponen nota a una orquesta. En una línea bien trabada entre estas obras, el Concierto en sol de Ravel contó con un Dejan Lazic francamente bueno, completamente implicado en la obra, ensimismado incluso, brillante en algunos momentos, que enfatizó los contrastes de la obra y supo ceder el protagonismo a la corno inglés -situada por Fischer muy cerca del pianista- proporcionando quizá los mejores compases de un Concierto muy equilibrado entre sus diversos materiales. Una muy buena versión, en suma. 

Danzas de Galanta, grabada por Fischer y la BFO hace ya más de 20 años y quizá una de sus señas de identidad, aportó a la clausura de Quincena una interpretación maravillosa e inolvidable, de nuevo con las maderas tocando desde el cielo, pero con todos y cada uno de los músicos haciendo gala de una gran calidad. Fueron unas Danzas de poderosa vitalidad, redondas, suaves y temperamentales, con Fischer dirigiendo con una clase y una claridad que hacían de las Danzas una experiencia de las que se recuerdan. Maestro y orquesta son un binomio magnífico y en esta obra de Kodaly lo expresan simplemente a la perfección. 

Fischer es un activo defensor de los valores democráticos y de las señas de identidad europeas más inclusivas y evolucionadas en un país, Hungría, que atraviesa años de gobierno reaccionario y marcada mueca ultranacionalista. Difícil imaginar una reivindicación de la identidad y singularidad húngaras más elevada que la proporcionada por la Budapest Festival Orchestra tocando estas soberbias Danzas de Kodaly; de modo que, adherida a esta música de estirpe romaní de una forma indisociable, Quincena Musical se clausuraba con una visión liberadora de lo que significan el origen, la cultura y el arte en términos no coyunturales. No es fácil imaginar una clausura mas hermosa y sólidamente trabada para un festival musical del S. XXI. 

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