250 aniversario de Ludwig van Beethoven

Mientras Beethoven construye, la música de Schubert sucede

Juan Carlos Tellechea
viernes, 24 de septiembre de 2021
Die Kunst des Interpretierens: Gespräche über Schubert und Beethoven © 2020 by Bärenreiter / J.B. Metzler Die Kunst des Interpretierens: Gespräche über Schubert und Beethoven © 2020 by Bärenreiter / J.B. Metzler
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El pianista Alfred Brendel, de 90 años cumplidos el pasado 5 de enero, y el director de orquesta Peter Gülke son maestros de la interpretación musical. Es igual de fascinante cuando hablan de música. En un curso magistral durante la penúltima Schubertiade se reunieron ambos para conversar, lo que dio lugar a un libro que merece verdaderamente la pena leer: Die Kunst des Interpretierens. Gespräch über Schubert und Beethoven, (El arte de interpretar. Conversaciones sobre Schubert y Beethoven) publicado -ya va por su segunda edición- por Bärenreiter, de Kassel, y Metzler, de Berlín.*

Brendel y Gülke cultivan el arte de la interpretación de una manera única: Brendel, como pianista de fama mundial, alumno del gran Edwin Fischer y maestro de nuevas generaciones (Till Fellner, Herbert Schuch y Kit Armstrong), publica libros sobre música y afirma, con la misma humildad heredada de Fischer que transmite a sus discípulos: 

Siempre he subrayado que no soy un esclavo del compositor, sino que quiero servirle libremente con mis propias posibilidades. Pero nunca olvido que sin el compositor no existiría en absoluto.

Gülke, quien además es musicólogo (alumno de Heinrich Besseler) ha ganado varios premios como autor por su arte lingüístico de la interpretación. Ambos interlocutores poseen mentes brillantes que reflejan su profesión. Uno, el filósofo del piano, como se le llama a veces a Brendel; y el otro, el musicólogo, profesor de dirección orquestal entre 1996 y 2000 en la Escuela Superior de Música de la Universidad de Friburgo, orientado hacia la práctica. En fin, son dos que se han buscado y se han encontrado.

En este libro, de gran riqueza conceptual, en el que está garantizado un placer de lectura filosóficamente exquisita, reflexionan juntos sobre la práctica de la interpretación en un intercambio de ideas y experiencias inagotable. Por un lado, de forma muy concreta con referencia a la música de Franz Schubert y de Ludwig van Beethoven. Por otro, se discuten asuntos fundamentales como la cuestión de la libertad de los músicos a la hora de la interpretación musical, y las posibilidades de hablar de forma significativa sobre la música, es decir, de interpretarla lingüísticamente.

Brendel y Gülke poseen el mayor grado de conocimiento posible sobre Beethoven y Schubert. Ambos cuentan con una gran experiencia propia en el oficio y además han estudiado los originales autógrafos de las partituras que arrojan nueva luz sobre las piezas musicales.

En primer lugar, hay que destacar la revisión de la imagen de Schubert que persiguen. Curiosamente, durante mucho tiempo, al compositor se lo ha asociado con la idea de una figura aburguesada que encajaría más con una viñeta decorativa estampada sobre un sofá que con la constatación de que en su corta pero inmensamente productiva existencia hizo volar literalmente la historia de la música.

Los dos interlocutores están convencidos de este logro que hace época y son capaces de demostrarlo de forma plausible. Franz Schubert inauguró una nueva era del Lied. Mientras que Johann Wolfgang von Goethe imaginaba todavía canciones -y las hacía componer por Carl Friedrich Zelter y Johann Friedrich Reichardt- en las que el canto debía tener indiscutiblemente la voz principal, Schubert asignaba entonces un papel igualmente importante al piano; el instrumento reacciona de forma independiente a los textos y en ocasiones es capaz incluso de subordinarlos a sí mismo.

Lo que a Schubert, quien por cierto era principalmente amigo de las figuras literarias, lo había instigado de esta manera solo se haría evidente de manera gradual, por supuesto; el rapsoda se desplaza desde el centro y se une en una interacción abierta.

También necesita una corrección urgente la imagen de un Schubert depresivo que ha prevalecido en los últimos tiempos, que expresaba el sentimiento de soledad y desamparo del individuo en grado sumo, como en Winterreise (Fremd bin ich eingezogen, fremd zieh' ich wieder aus), por ejemplo. Aunque era consciente de los aterradores abismos, de la disminución de las visiones seguras del mundo y de la amenaza a la vida humana, también era capaz de mostrarse extremadamente alegre y exuberante. Gülke habla de un amigo suyo, violista, que después de trabajar en el primer movimiento de la Quinta Sinfonía, tuvo que exclamar involuntariamente: ¡Dios mío, qué música tan inocente y de tan buen humor!

A Beethoven se le hace aquí una justicia igual de meticulosa. Por un lado, trabajaba con más rigor que Schubert, más como un arquitecto que se esfuerza por conseguir un orden duradero. Por otra parte, también era sumamente complejo y, en ocasiones, incluso humorístico. Gülke señala con respecto al Adagio del op. 127, uno de los últimos cuartetos de cuerda: Los primeros compases suenan como si uno entrara vacilante y reverentemente en la cella de un templo. De Beethoven no puede decirse que se comporte como un don Herbert von Karajan que se idolatraba a sí mismo. Para resumir la comparación entre los dos compositores -uno más comedido, el otro más abierto a la experiencia- Brendel los describe así: mientras Beethoven construye, la música de Schubert sucede.

Para Gülke la diferencia entre Beethoven y Schubert radica en que el primero 

puede dominar la música, a menudo lo hace, y sin embargo sabe exactamente dónde puede no hacerlo. Schubert se entrega a menudo a la música, se abandona a ella, es más profundo en ella de una manera difícil de determinar (…).

Aquí está precisamente lo que Friedrich Hegel dijera con acierto sobre el sujeto compositor que se repliega a su interior, haciendo hincapié en la idea de la libertad absoluta, determinante para la filosofía del idealismo alemán en su conjunto.

Yo mismo veo, oigo y pienso en la Sonata Hammerklavier de Beethoven como una obra musical integral, no como una pieza medio mártir, medio sensacional (para virtuosos), cuyos movimientos exteriores se lanzan al público entre dientes apretados. (Brendel)

También se explica y discute en detalle la cuestión de hasta qué punto las biografías de los compositores contribuyen a la comprensión de sus obras. En esto coinciden ambos músicos: el genio musical siempre apunta más allá del contexto vital de su portador. 

Las obras alegres suelen crearse en horas de oscuridad o viceversa.

Por último, los dialogantes recuerdan a Robert Musil, quien en El hombre sin atributos había pedido a su antihéroe Ulrich que creara una Secretaría General de Precisión y Alma. Que la unidad de la precisión y la emoción es de hecho posible, lo demuestran Brendel y Gülke en este libro, y todos los que escriben sobre fenómenos estéticos debieran colgarse esto de forma bien visible en sus espejos como un lema.

Desde abril de 2020, las reuniones ya no fueron posibles entre ambos interlocutores por la pandemia, y a partir de entonces hubo que recurrir a la comunicación por escrito. Esto dio lugar a pequeños y brillantes ensayos, aunque hubiera una ligera sensación nostálgica por el hecho de que la informalidad de la conversación cara a cara ya no se daba en este intercambio epistolar y que cada uno tenía que volver a buscar las palabras adecuadas por su cuenta.

Notas

Brendel, Alfred & Gülke, Peter, «Die Kunst des Interpretierens Gespräche über Schubert und Beethoven», Kassel: Bärenreiter Verlag & J.B. Metzler, 2021, 193 Seiten. ISBN 978-3662616314

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