España - Madrid

Circe: el hechizo operístico de Chapí

Germán García Tomás
miércoles, 29 de septiembre de 2021
Circe © 2021 by Teatro de la Zarzuela Circe © 2021 by Teatro de la Zarzuela
Madrid, domingo, 12 de septiembre de 2021. Teatro de la Zarzuela. Circe. Ópera en tres actos. Música: Ruperto Chapí. Libreto: Miguel Ramos Carrión, basado en El mayor encanto, amor de Calderón de la Barca y la Odisea de Homero. Versión de concierto. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Reparto: Saioa Hernández (Circe), Alejandro Roy (Ulises), Rubén Amoretti (Arsidas), Marina Pinchuk (La voz de Juno / La sombra de Aquiles), Paula Alonso, Elena Miró, Miriam Valado y Alicia Martínez (ninfas), Milagros Poblador, Elena Salvatierra, Patricia Illera (sirenas). Coro del Teatro de la Zarzuela. Director: Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Ocupación: 70%.
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La historia de la ópera española es la de una constante de esfuerzos infructuosos y por lo general representó para los compositores que la cultivaron un empeño escasamente alentador pese a éxitos efímeros y transitorios. 

Ruperto Chapí y Tomás Bretón, los dos grandes adalides del género operístico en España en el transcurso del siglo XIX al XX, lucharon lo indecible por establecer una ópera nacional, que chocaba frontalmente con la preponderancia de la todopoderosa zarzuela como género definidor de la más pura esencia hispana.

Circe, del compositor alicantino, es uno más de esos eslabones perdidos de nuestra ópera patria, como lo son Los amantes de Teruel o Farinelli del salmantino. Al igual que hizo con esta última hace dos temporadas, el Teatro de la Zarzuela ha querido abrir la presente con la versión de concierto del título de Chapí de mayor influencia wagneriana, en donde acudió a la mitología griega de la Odisea homérica contando con su fiel colaborador, el genial y polifacético Miguel Ramos Carrión, quien le sirvió un libreto muy lírico, plagado de encantos fantásticos y situaciones musicales. 

Antonio Navarro Santafé, Monumento a Chapí (1947). © by Dominio público.Antonio Navarro Santafé, Monumento a Chapí (1947). © by Dominio público.

Todo ello enmarcado dentro de un ambicioso proyecto teatral que Chapí anhelaba materializar, un sueño que vio cumplido gracias a las gestiones del influyente empresario Luciano Berriatúa. El rompedor Gran Teatro Lírico de Madrid estaba llamado a convertirse en otro de los grandes coliseos de la lírica española, como lo fuera el de la calle Jovellanos en época de Barbieri, estrenando en esta ocasión las óperas de los más grandes compositores nacionales. 

Con esa pompa inauguró su escenario el 7 de mayo de 1902 con el estreno de Circe, testimonio singular de su éxito antes del ulterior fracaso como proyecto artístico que llevó a la ópera española en su conjunto a cierta condena de ostracismo que siempre la acompañó en esa casi continua rivalidad con la zarzuela, por más que en 1909 un ya exhausto Ruperto Chapí agotara todos sus esfuerzos en su adorada Margarita la Tornera, que vio subir a escena en el Teatro Real, ingrato durante largos años hacia la ópera española por la hegemonía de la italiana.

Muchos podrán decir que si una obra no ha prevalecido en el repertorio es por su escaso mérito y valor artístico. No es el caso de Circe, pues lo que más llama la atención en un primer momento escuchando esta ópera es su lenguaje orquestal. El grado de maestría instrumental es insólito, de lo más conseguido hasta ese momento por el autor levantino, destinando una de sus más opulentas y densas orquestaciones con la melodía infinita de Wagner como sustento del drama de la hechicera y el héroe griego. Escuchando la feroz y tremolante tormenta que da inicio al primer acto nos sumergimos por momentos en el buque de El holandés errante o en el universo épico de la Tetralogía

En ese continuo musical con enorme preponderancia de metales y otros instrumentos que nos remiten a lo idílico, como los solos de violonchelo, los arpegios del arpa o el empleo de una caracola afinada, Chapí hace asomar por doquier su propio lenguaje, como en el coro de ninfas en el segundo acto que entonan canciones de clara raigambre popular y que remiten por supuesto a la zarzuela, tan cultivada por el compositor. En los encendidos dúos de Circe y Ulises, Chapí lleva aún más lejos en expresión y apasionamiento lo que había dejado intuir en páginas como el extenso dúo de Blanca y Leonardo de La bruja, ya revestido de un fuerte ropaje operístico que aquí en Circe desarrolla a mayores niveles dando rienda suelta a su imaginación musical, repleta de hallazgos con el wagnerismo, el verismo y la ópera romántica francesa como estéticas amalgamadas en la expresión musical y canora, pero revestidas de detalles de su familiar estilo.

Para llevar a buen término esta empresa audaz, sin lugar a dudas hacía falta un buen equipo artístico, y el resultado obtenido con esta exhumación no representada de Circe ha sido más que satisfactorio. El responsable musical del coliseo, Guillermo García Calvo, se introduce en los entresijos de la partitura con rigor y un conocimiento del estilo como pocos, sacando a relucir su experiencia de director wagneriano a la hora de conseguir un rendimiento notable de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, moldeando el discurso musical y nivelando con mano experta las oleadas de la poderosa orquestación, pero sobre todo, teniendo siempre en cuenta a las voces. Porque en una obra de tanta exigencia vocal, se hace necesario que la batuta facilite la labor de los cantantes, pese a los momentos de clímax dramático que Circe posee en gran abundancia.

Saioa Hernández. © 2021 by Javier del Real.Saioa Hernández. © 2021 by Javier del Real.

Podemos asegurar que la soprano Saioa Hernández, gracias a la asistencia y atención de García Calvo, hace uno de los grandes papeles de su carrera artística en la interpretación de la seductora maga, tal es su nivel expresivo, su magnífica dicción y elocuencia del texto, a lo que suma sus poderosas facultades musicales en una voz de una morbidez y sensualidad genuinas. Su monólogo final fue toda una declaración de intenciones teatrales, pasando por todos los estados emocionales, en una especie de Salomé de Strauss a la española. 

Con esas bazas también juega el tenor Alejandro Roy, un cantante de aguerrida emisión y vigorosos medios vocales que le acercan a tintes de spinto y que explota por doquier en un papel que le presta situaciones para ello, exhibiendo un volumen y una proyección con las que demuestra que no tiene problemas para enfrentarse a la orquesta. Escuchar cantar a ambos artistas desde sus respectivas atalayas expresivas fue uno de los mejores espectáculos de la noche, al lado de la brillante exhibición orquestal del director madrileño.

El bajo Rubén Amoretti, por medio de su oscura y timbrada voz, brindó con el papel de Arsidas episódicas intervenciones de gran efecto teatral siendo parte integrante de los momentos de conjunto, y resultó llamativa el tratamiento vocal de un cuarto personaje, en la prestación de la mezzosoprano Marina Pinchuk –cuya pronunciación revela su origen eslavo- como la voz de Juno y la sombra de Aquiles, dotando en especial a su segunda intervención de profundo misterio apoyándose en su registro grave. 

A destacar asimismo el magnífico trabajo de los diferentes grupos de voces femeninas del bien entrenado Coro del Teatro de la Zarzuela como ninfas y sirenas, todo un deleite de refinamiento y afinación. Bienvenidas sean por tanto estos rescates de nuestra ópera nacional servidos con todas las credenciales y estándares de calidad como el cometido merecía.

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