España - Valencia

Contemporáneo, sí; moderno...

Rafael Díaz Gómez
viernes, 1 de octubre de 2021
Andrés Valero-Castells © 2021 by Contra Vent i Fusta Andrés Valero-Castells © 2021 by Contra Vent i Fusta
Valencia, domingo, 19 de septiembre de 2021. Les Arts (Auditori). Orquesta ADDA Simfònica. Andrés Valero-Castells, director. David Mora: Universo (2019). Andrés Valero-Castells: Fluor, Coure, Urani, Vanadi (2020, estreno absoluto). David Mora: Lvcis Lavs (2008, rev. 2016). Andrés Valero-Castells: Polifemo y Galatea (2006). Concierto del 43 Festival de música Ensems 2021.
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David Mora Manresa y Andrés Valero-Castells comparten, como poco, año de nacimiento (1973), dedicación a la docencia (conservatorios superiores de Murcia y Valencia, respectivamente) y una vocación compositiva que resuelven con oficio, sin duda, y beneficio supongo que desigual y a favor del segundo. 

De estilo ecléctico, bien fundamentado en el conocimiento del pasado, disolviendo fronteras entre aquello que se consideró culto y aquello popular, tímbricamente muy competente, con una solidez enraizada en el despliegue rítmico y una eufonía de corte muy resultón, las cuatro obras suyas que integraban el programa de este concierto de la segunda fase del 43 Festival Ensems (la primera se desarrolló antes del verano) tuvieron una cálida acogida entre el público que medio llenaba la sala sinfónica de Les Arts. 

Impagable e inocentemente aguzada, en este sentido de la ocupación, la pregunta del hijo de David Mora, que la casualidad quiso dejarme escuchar antes de que todo comenzara a sonar: “Papá, ¿a cuántas de estas personas has invitado tú?” La respuesta, esa sí, me la guardaré, pero, en fin, que tampoco se trata de una cifra desorbitada para una velada de asistencia gratuita.

Mora y Valero-Castells son dos compositores que se han forjado como músicos en el mundo de las bandas. No solo ahí, evidentemente. Pero también ahí. Lo hicieron en un momento de renovación del repertorio y de lucha contra una tradición en la que pesaba mucho aún el poso de las adaptaciones de obras orquestales. Esa búsqueda de una entidad propia y moderna de la banda de música ha tenido sus efectos fructuosos en el ámbito valenciano. Hizo soltar muchos lastres. 

Alguien podrá señalar que también entonces se adquirieron otros. Pues sí, es difícil que sea de otra manera. Si entre ellos se encuentra un cierto espíritu lúdico comercial no seré yo quien lo denuncie como algo intrínsecamente negativo. Y tampoco me atrevo a asegurar al cien por cien que ese impulso se traslada a las obras de estos compositores cuando escriben para orquesta.

Lo que sí me parece es que el compositor Valero-Castells es a la música lo que sería un buen escritor de best sellers a la literatura. Concibe obras ágiles, de una estructura bien hilada, muy sensitivas, sugerentes cuando no sensuales (vuelvo a incidir aquí en la importancia del impulso rítmico) y con una suficiente dosis de citas cultas como para quien lo escuche se sienta integrado en una tradición artística y científica arraigada. Dejándose llevar, claro que sí, uno se lo puede pasar pipa. 

Eso es lo que me ocurrió con Fluor, Coure, Urani, Vanadi, obra para conmemorar el 125 aniversario de la Facultad de Química de la Universitat de València y que se estrenó en esta sesión. Si ustedes tienen interés en una explicación más amplia de las intenciones de la obra (y de las otras tres del programa), pueden encontrarla en este enlace. Valero-Castells no es solo un compositor inteligente; es también un compositor listo. Y si cree conveniente incluir una batería en una obra que va a contar, en teoría, con un público universitario, encontrará la manera de justificarlo (tampoco le ha de costar mucho) y de hacer que funcione bien. Y esto es lo que ocurre en este caso.

Harina de otro costal, según mi opinión, es Polifemo y Galatea. Por muy virtuosístico que sea el tratamiento instrumental en la descripción de la fábula gongorina, los derroteros del poema sinfónico están suficientemente hollados como para encontrar en nuevas creaciones algo que resulte atrayente. Si la música programática del siglo XIX pudo encontrar en el cine un cierto modo de perpetuarse en el XX, a estas alturas, ni incluso mezclando ambos mundos, el cinematográfico y el sinfónico decimonónico, al menos a mí se me despierta un mínimo interés. Y esta mezcla, globalizada, es lo que se me figura que sucede, por ejemplo, en el final de esta obra (se repitió luego a modo de propina), con la conversión de Acis en río, que no sabe uno si está en Sicilia o dejándose caer, cabalgando, por todo el oeste americano (de ambos continentes americanos).

Tampoco elude de algún modo lo programático (ni el recurso a la cita) David Mora en las dos obras interpretadas, ahora bien, con una ambición más, si se quiere, filosófica que detallista. Aún así no faltan estilemas (palabra esta, por cierto, que por lo que se ve no le agrada a la RAE) de la tradición musical descriptiva. Sea como fuere, Universo se construye no sé si con humilde grandeza o con ambición respetuosamente contenida a partir de un ostinato rítmico. Me temo que la obra tiene más matices y garra que la que Valero-Castells, que era quien estaba a la batuta, con una técnica quizás algo tosca, supo extraer. Mejor estuvo el director en el desempeño de Lvcis Lavs, seguramente porque es más afín a su espíritu, sobre todo cuando el elogio a la luz se disloca, ¡otra vez!, en un vitalista juego rítmico.

No conocía a la orquesta del Auditorio de la Diputación de Alicante. Bajo la dirección titular de Josep Vicent, fue creada en 2018. Por lo tanto, es aún una formación en crecimiento, pero ya cuenta con una base firme. Logró un sonido bastante compacto, no exento de brillo, pese a las condiciones acústicas de la sala y a los paneles que aún separan los atriles de viento. 

Convenientemente reforzada para la ocasión, mención especial para la sección de percusión, que tuvo mucho y acertado trabajo, aunque el público aplaudió largamente, con más naturalidad que deferencia a todas las secciones. Quien sabe si también agradecía haber salido sin quebranto físico ni intelectual de un concierto, además de apenas un hora, de música seguro que contemporánea y, en el sentido de contrapuesto a lo establecido, más dudosamente moderna.

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