Alemania

Klavier-Festival Ruhr 2021

Cuando el tiempo se convierte en espacio

Juan Carlos Tellechea
lunes, 11 de octubre de 2021
Dame Imogen Cooper © 2021 by Sven Lorenz Dame Imogen Cooper © 2021 by Sven Lorenz
Düsseldorf, martes, 28 de septiembre de 2021. Sala Robert Schumann, del Kunstpalast de Düsseldorf. Dame Imoge Cooper. Arnold Schönberg, Sechs kleine Stücke op. 19. Franz Schubert, 11 Écossaises D 781. Ludwig van Beethoven, 33 Variaciones sobre un vals de Anton Diabelli en do mayor op. 120. Klavier-Festival Ruhr 2021. Ciclo de conciertos en homenaje al pianista Alfred Brendel en su 90º aniversario. 50% del aforo, reducido por las medidas de prevención e higiene contra la pandemia de coronavirus.
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Para la consagrada pianista británica Dame Imogen Cooper no hay nada como la inmediatez de un concierto en directo, el volver a estar juntos, compartir la música en un espacio, sentir esa sinergía entre intérprete y público, como lo puso magistralmente de manifiesto este martes en el Klavier-Festival Ruhr durante el ciclo de recitales en homenaje al 90º aniversario de Alfred Brendel, presente en cuerpo y alma en la Sala Robert Schumann, de Düsseldorf.

Cooper, quien participa por tercera vez en este festival, es una intérprete seria, sin pretensiones y apasionada que procura siempre que el público comparta sus emociones, su energía, sus esperanzas y el renovado amor por la música. El programa, su felicitación musical a su maestro Alfred Brendel, está integrado por Seis miniaturas de Arnold Schönberg, las Once Escocesas de Franz Schubert y las 33 Variaciones sobre un vals de Anton Diabelli de Ludwig van Beethoven. ¡Todo, literalmente, un gran maratón!

Las Sechs kleine Strücke op. 19 de Arnold Schönberg, son entregadas por Dame Imogen con una consagración casi devocional. En la sala suenan tonalidades que flotan y encantan por igual. La pianista transmite la sensación de que está concentrando las notas, las sensaciones que despiertan estas piezas y deja que esta energía fluya directamente de sus delicadas, diestras y mágicas manos.

Que Cooper es también una gran maestra nos lo hace saber a más tardar en estas Once Escocesas de Schubert en las que el compositor expresa la nostalgia romántica de forma concisa y sociable, que ella interpreta con extraordinario desenfado y entrega, transmitiendo de un plumazo una alegría incontenible e impetuosa bailando traviesamente ante la platea.

Así pues, la maratónica labor de amor de Imogen Cooper no era exactamente lo que se esperaba de una consumada intérprete de las expresiones más tiernas de Schubert o del ingenio lleno de luz de Wolfgang Amadé Mozart. Cooper (al igual que la también pianista Anne Queffélec) intervino bajo la dirección musical de Sir Neville Marriner en la banda sonora del filme Amadeus (1984) de Miloš Forman.

Este fue el Beethoven más salvaje, más imprevisible que haya escuchado en un concierto; se sintió sobre todo feroz de cerca (sexta fila de butacas), a menudo improvisado, al menos en las primeras variaciones y, por supuesto, en las bellezas bachianas (como pequeñas arias) del Largo en do menor de la Variación XXXI (Largo, molto espressivo).

A partir de los estruendos de la mano izquierda en la segunda mitad de la Variación III (L'istesso tempo) estábamos sin embargo preparados para lo inesperado; nunca fueron más bienvenidas todas esas dos series de repeticiones, a veces ociosas, dada la larga visión de Cooper. El humor, por supuesto, también está aquí -se lo podía ver en el expresivo rostro de Cooper en los rejuntados fuertes y suaves de la Variación XIII (Vivace)- pero había una brusca aspereza incluso en la ingeniosa introducción del gambito inicial del Leporello de Don Giovanni, de Mozart.

La pura fisicidad de gran parte de la interpretación nos recuerda que esta graciosa dama, tan suave en su elocuente discurso, es increíblemente fuerte y dura. Aún así, el sello de Cooper de expansión aparentemente sin esfuerzo se hizo presente en todos los momentos más profundos. Las aventuras acordes de la Variación XX (Andante) nos dieron una extraña sensación de que el tiempo se convertía en espacio dentro de la sala Robert Schumann, enriqueciendo aún más esta experiencia musical.

Finalmente, tras la gigantesca fuga de la Variación XXXII (Fuga: Allegro), magistralmente ejecutada con enorme resonancia, llegamos a los Campos Elíseos del sublime minueto final (Variación XXXIII: Tempo di Menuetto moderato), momento en que nos parecía haber recorrido en 45 minutos una enorme distancia armónica cuando en realidad estábamos de vuelta en la clave de origen. El universo de Beethoven no se parece al de nadie, pero todos podemos compartir la enorme gama de experiencias humanas que abarca. No hay mejor alimento que el maná beethoveniano para los tiempos que vivimos y los que se avecinan todavía. 

Las aclamaciones y ovaciones de los espectadores fueron estruendosas. Ella las agradeció profundamente, de todo corazón, pero como era de esperar no hubo ningún bis al término de esta esplendorosa velada del Festival de piano de la cuenca del Ruhr.

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