España - Galicia

Buenas costumbres

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 15 de octubre de 2021
Juan Durán © RFG Juan Durán © RFG
Santiago de Compostela, jueves, 7 de octubre de 2021. Auditorio de Galicia. Real Filharmonía de Galicia. Paul Daniel, director. Juan Durán: Hildegart, ballet sinfónico; Sergei Prokofiev (arr. D. Griffith): Cenicienta (selección).
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Inauguración de la temporada de la Real Filharmonía de Galicia, y recuperación de casi todas las buenas costumbres de antaño: a estas alturas prefiero no saber el aforo que las autoridades permiten para este tipo de espectáculos, aunque sí puedo decir que la sala del Auditorio estaba ocupada en casi tres cuartos de su capacidad; los abonados hemos sido rehabilitados en nuestro título y localidad; cada oveja puede sentarse al lado de su pareja y cuchichearle al oído sin descoyuntarse; y felizmente –para los analógicos numantinos como un servidor- han vuelto los programas de mano que se pueden coger con la mano.

Tras la bienvenida de Paul Daniel, proclamando que la música nueva está en el corazón de la Real Filharmonía, había que predicar con el ejemplo: estreno de Hildegart, ballet del compositor Juan Durán (Vigo, 1960). El argumento ya fue publicado en Mundoclasico.com, así que no me extenderé: se trata de la historia de Hildegart Rodríguez Carballeira (Madrid, 1914-1933), una muchacha hija de Aurora, una ferrolana deliberadamente soltera y de un sacerdote (quien por su condición nunca podría reclamar la paternidad), educada por su madre para descollar en la reivindicación de los derechos de la mujer; la madre tuvo tal éxito en su empresa que un buen día Hildegart quiso hacer uso de su propia libertad y se enamoró de un hombre; Aurora la asesinó a balazos mientras dormía, y seguidamente se entregó a la justicia, terminando sus días en un manicomio de Ciempozuelos.

De la misma manera que quien quiera escribir óperas hoy debe fijarse en lo que hicieron Strauss, Britten y Janáček, el autor que pretenda hacer un ballet ha de tener en cuenta a Shostakovich, Prokofiev y Ravel. Durán no sólo ha aprendido sus enseñanzas con aprovechamiento, sino que las ha aplicado a su ya consolidada forma de componer. Las piezas que he escuchado de este autor –también Hildegart- revelan a un orquestador que conoce los entresijos de la orquesta, que nunca va más allá de lo que es físicamente posible, y que presenta el resultado con gran transparencia: el espectador ve los instrumentos que tocan en cada momento y el oyente percibe el sonido de todos y cada uno de ellos. Además, siendo la obra un encargo de la Real Filharmonía, Durán –habida cuenta de su plantilla- ha sido inteligente al emplear como refuerzo armónico un piano y un arpa.

Durán se expresa con un lenguaje que, siendo prácticamente tonal, sigue sonando moderno. Como se trata de un ballet, en la obra domina el elemento rítmico –casi siempre uniforme en cada escena-, facilitando la labor de un eventual coreógrafo; y, dada la truculencia de la trama, ese elemento rítmico –encargado a cuatro percusionistas pluriempleados en una gran variedad de instrumentos- resulta contundente, incluso en la breve escena de amor entre Hildegart y su novio. Con razón Daniel y la Real Filharmonía se sintieron cómodos tocando esta música tan visual; y con razón el público ovacionó al autor, presente en el escenario todo el rato (fueron tres cuartos de hora cumplidos) para leer el argumento antes de cada uno de los siete números de la pieza.

Cenicienta no es, en mi opinión, el mejor ballet de Prokofiev, al menos para darlo en concierto: sus números son casi siempre muy breves y ello provoca que se eche en falta la danza para la necesaria continuidad de la historia. Por eso me pareció acertado elegir para este concierto sólo unos pocos –en concreto trece, con una duración total de veinte minutos-; acertado asimismo fue sustituir el baile por el relato del cuento, intercalado entre algunas de las escenas; pero sobre todo me quedé maravillado con la reducción de la orquestación que en 1997 hizo Daryl Griffith (a la sazón pianista principal del English National Ballet): con la cuerda, apenas media docena de maderas, cinco metales y un par de percusionistas, nada de lo que se escucha hace añorar la orquesta completa; de hecho, es de esas ocasiones en las que la vista no da crédito a los oídos, de tan fidedigno que es el sonido a la partitura original.

Ni que decir tiene que Daniel y la Real Filharmonía también se sintieron a gusto tocando esto: si en Hildegart destacó el afilado (con ele) de la cuerda para describir la opresión que sufrió la protagonista, así como los solos de flauta, clarinete y corno inglés (bravos los tres) para ilustrar sus tribulaciones, en Cenicienta Daniel atinó en el contraste de las tesituras y en el arrebato que distingue a los valses rusos. Porque, tras temporada y media de pandemia, la orquesta no ha perdido la buena costumbre de trabajar; porque Daniel retomó para esta noche el uso de la batuta, y eso siempre redunda en claridad (el hábito no hace al monje, pero ayuda); y porque todos, a uno y otro lado del escenario, teníamos ganas de reencontrarnos.

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